Preservar las Reservas Naturales no basta

En momentos en que el Gobierno Nacional y la Administración Distrital hacen todo lo posible para transformar la legislación ambiental y así maximizar las  llamadas áreas productivas y minimizar las reservas naturales, hay que debatir la lógica del modelo de desarrollo que contribuye a desaparecer toda reserva natural. 

Fredy Cante
Fredy Cante
Profesor de la Facultad de Ciencia Política, Gobierno y Relaciones Internacionales de la Universidad del Rosario
34 Seguidores94 Siguiendo

0 Debates

12 Columnas

Columna

323

0

15 de Enero de 2018

La división entre lo productivo y lo “improductivo”

Existen desarrollistas extremos (atados a indicadores de opulencia como crecimiento, bienestar material, productividad, etc.), otros con sesgos humanistas (que usan indicadores de desarrollo humano y democratización), y otros más estilan retórica verde (negocios verdes y crecimiento verde). Para todos ellos, en su propio lenguaje, Colombia (como cualquier otro país del mundo) está dividida, a grandes rasgos, en dos territorios: un territorio de vorágine, agreste jungla tropical, o vergonzosamente improductivos terrenos baldíos y tierras vírgenes; otro territorio de orden; de tierra útil y productiva para actividades que generan crecimiento como la agricultura, la infraestructura, el turismo y la urbanización.

Desde una perspectiva de ambientalismo honesto, podríamos afirmar una parte de la tierra es reserva natural, y la otra es terreno alterado, transformado y, finalmente, explotado y destruido para la producción de mercancías (minería, agricultura, industria, urbes y reproducción de gente).

De los 114.2 millones de hectáreas de superficie del territorio colombiano hay un total de 28.920.832 hectáreas, de áreas protegidas (que incluyen, reservas forestales, parques nacionales, distritos de conservación de suelos, reservas naturales de la sociedad civil, etc.). Esto no incluye una medición de las fuentes hídricas.

Bogotá tiene una superficie de 158.700 hectáreas, con muy pocos parches verdes (entre los que podríamos destacar el Parque Nacional Olaya Herrera, el Parque Simón Bolívar, y otros más pequeños como el Tunal y el Bosque de San Carlos). La Reserva Forestal Thomas van der Hammen tiene una superficie de 1.395 hectáreas (el equivalente a unos 16 parques Simón Bolívar).

 

Reservas versus desarrollo económico

En la perspectiva de la bioeconomía (y de la economía ecológica), se comprueba que la actividad económica (trabajo, intercambio, consumo, etc.) no produce y no genera un valor agregado; simplemente altera y transforma la naturaleza con un agravante: acelera el proceso entrópico natural, al transformar recursos naturales de baja entropía en productos transformados de alta entropía y en nocivos desperdicios. Esto significa que las actividades económicas generan un agotamiento y una degradación en los recursos energéticos y en la materia.

Los economistas convencionales son mecanicistas y se rigen sólo por la primer ley de la termodinámica: la materia y la energía no se crean ni destruyen, sólo se transforman incesantemente como un motor de movimiento perpetuo. Los bioeconomistas (y los economistas ecológicos) entienden que la economía está contenida en la naturaleza y que el mundo es entrópico: la segunda ley de la termodinámica muestra que la materia y la energía se transforman de estados ordenados hacia estados de degeneración, desorden y dispersión. Las implicaciones más importantes son dos: existe una flecha ineluctable del tiempo (no podemos resucitar cadáveres) y el ser humano no puede crear materia, energía o vida y, simplemente, no puede fabricar una naturaleza de la nada.

Las reservas naturales son tierras que contienen enormes recursos de baja entropía, son fábricas naturales de agua y de oxígeno, son nichos de especies vegetales y animales, y también suelen contener acervos de minerales y energías no renovables.

Los territorios descubiertos, colonizados, alterados y transformados para labores agrícolas (para agricultura orgánica, y para la más dañina agroindustria y la perjudicial ganadería), para producción energética (extracción de combustibles fósiles, hidroeléctricas, minería y biocombustibles), para urbanización y transporte (grises urbes y carreteras asfaltadas), y también para el no tan idílico turismo (incluso el llamado turismo ecológico), son tierras degradadas y afectadas por una acelerada entropía. Los casos más extremos de este proceso son las minas explotadas, los ríos contaminados, las tierras erosionadas, las urbes en donde pululan diversas formas de contaminación y, últimamente, el planeta entero debido al calentamiento global.

A una mayor eficiencia económica (mayor productividad) existe una menor eficiencia ecológica (más extracción y contaminación). A un mayor nivel de desarrollo (crecimiento, rentabilidad, inversión, opulencia y acumulación), se genera un mayor daño a la naturaleza. Un país insertado en la senda del crecimiento está regido por una inclemente política económica imperialista y expansionista: el mercado se expande a todos los confines de la vida y de la geografía, se minimizan las áreas de reserva natural y se maximizan aquellas de uso económico.

 

Peñalosa (el alcalde) y el pico de botella

Parte de mis vacaciones transcurrieron en algunas playas del Urabá antioqueño. Madrugar a caminar o a trotar en la arena no fue buena idea, al menos en dos playas. En una playa de Arboletes recogí y boté a un cesto de la basura ¾varias veces en la mañana¾ diversos picos de botella y fragmentos de vidrio afilado que de otra manera se habrían clavado en el pie descalzo de decenas de niños o adultos que, desprevenidos, asistían a tomar un baño de sol y de mar. En otra playa de Turbo no me atreví a persistir en mi caminata, lo impidieron montones de pañales cagados y decenas de botellas plásticas arrojadas inclementemente a la playa. Al sufrir los dos incidentes recordé al cuestionado alcalde Peñalosa, el mismo que hace todo lo posible por urbanizar y hacer productiva, funcional y civilizada la silvestremente agreste reserva Thomas van der Hammen.

En una extraordinaria de Juan Esteban Constaín, referida a un muro de antejardín forrado en alambre de púa para impedir que cualquier caminante se pudiese sentar, este autor mostraba que el trasfondo moral de esta y otras infamias es “… el de los millones de seres que pueblan el mundo y cuya pasión más profunda, cuya razón de ser, es mortificar a los demás, hacerles la vida miserable.”

Enrique Peñalosa es uno de esos seres: un líder con férrea mentalidad desarrollista y ciegamente modernizadora, más papista que el papa: si fuese alcalde de Nueva York seguramente habría propuesto la urbanización del Central Park. Su nombre y apellidos están muy buen puestos:  enriquecer tumbando peñas rocosas para pavimentar con losas la urbe, para crear buenos negocios de transporte y de finca raíz. Hay que recordar que su padre, Enrique Peñalosa Camargo fue un líder desarrollista muy relacionado con el tecnócrata Lauchlin Currie (quien fue asesor económico del Presidente Misael Pastrana Borrero) e ideó un modelo de desarrollo económico aceleado basado en la urbanización expansiva.

Lo más grave es que será apoyado por hordas de consumidores e inversionistas cuya razón de ser es la de maximizar su bienestar material y su rentabilidad haciendo miserable la vida de su prójimo … seres muy parecidos a los antisociales que arrojan picos de botella en la playa.

En el enfoque de Currie (tomado de Adam Smith) la expansión urbana (y el crecimiento económico) obedece a un proceso de retroalimentación entre dos fuerzas: por un lado la eficiencia económica (mayor productividad, mayor división social del trabajo) y, por el otro, una creciente expansión del mercado (insomne demanda que, a su vez, obedece a pasiones insaciables de consumidores e inversionistas).

 

Conclusión

Un mayor crecimiento implica una mayor urbanización y, en consecuencia, una creciente demanda de recursos naturales provenientes del campo, lo que implica una presión para expandir la frontera de la civilización y así acabar con las pocas reservas naturales que aún existen.

Autores como el economista William Stanley Jevons, y el biólogo Garret Hardin mostraron que una colectividad humana (como la asentada en una urbe) ocupa directamente el terreno que habita (con el agravante de densificación que es directamente proporcional a la construcción de edificios y rascacielos) e, indirectamente, ocupa terrenos para abastecerla (de bienes de consumo intermedio y final) derivados de la minería, la agricultura y la industria.