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Avifauna para proteger y disfrutar, o para despreciar y olvidar

La diversidad en aves sigue siendo un importante patrimonio natural en la Sabana de Bogotá y sus alrededores. Sin embargo, si no mejora la relación entre desarrollo y naturaleza, podemos perder muchas de las especies focales que fomentan esta actividad.

Mauricio Castaño
Mauricio Castaño
Diseñador Gráfico y líder ambiental.
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23 de Enero de 2018

La Sabana de Bogotá cuenta con más de 260 especies de aves, entre residentes, endémicas (restringidas a una región geográfica) y migratorias, las cuales todavía encuentran en muchos ecosistemas de la región las condiciones necesarias para alimentarse, reproducirse y habitar. Así lo certifica la en su libro Aves de la Sabana de Bogotá, y a través de los censos realizados desde inicios de 1990 y hasta la fecha, en bosques, humedales, ríos, quebradas, parques urbanos y páramos.

El patrimonio natural referente a las aves es muy diverso y puede ser observado en los parques bien arborizados y humedales de Bogotá; así como en los cerros orientales y occidentales; en el río Bogotá, ríos y quebradas; y en los páramos de Chingaza y Sumapaz, entre otros.

La lista de especies de aves da cuenta de atrapamoscas, semilleras (copetones, chizgas, el babauy, el degollado, etc), carpinteros, patos, garzas, pollas de agua (Tinguas), colibríes, golondrinas, tucanes, trogones, turpiales, tangaras (azulejo, verdecejo o el cardenal), cucos, chotacabras, mirlas, playeros (chorlitos, caica, alcaravan), cucaracheros, pinchaflores, carpinteros, trepactroncos, carroñeras, y muchas más. A lo largo del año es posible observarlas, algunas sólo en época de migración altitudinal (entre pisos térmicos) y otras en migración boreal (provenientes de Norteamérica), y una gran mayoría, las residentes, están allí en todo momento, para un encuentro con quienes disfrutan de la observación de aves en su entorno natural.

Fotos archivo personal: Tingua de pico rojo, Gavilán campestre y Chorlito patiamarillo menor.

Este potencial hace que Cundinamarca sea parte de los corredores escogidos por el Ministerio de Comercio Industria y Turismo para promover el turismo de naturaleza (turismo de aves), sin embargo, si no mejora la conciencia ciudadana e institucional con relación a la conservación de los ecosistemas y su conectividad ecológica, corremos el riesgo de perder en el mediano plazo está gran posibilidad tan cerca del Distrito Capital.

Los malos ejemplos sobran: los cerros orientales a pesar de estar protegidos por sentencia del Concejo de Estado, todavía sufren de una fuerte presión y deterioro. Como corredor ecológico están apunto de ser fragmentados gravemente al norte, si no se controla, de parte de las autoridades ambientales el crecimiento desordenado de los barrios populares ubicados en la localidad de Usaquen, los cuales están a punto de conectares con el municipio de la Calera y su desarrollo descontrolado de condominios.

Los humedales, siendo los espacios de mayor facilidad para la observación de aves, están sin excepción contaminados por aguas servidas (residenciales e industriales), condición que deteriora el hábitat de las especies acuáticas, en especial las endémicas y amenazadas, que son las que más atraen la visita de turistas extranjeros. La tingua Bogotana (Rallus semiplumbeus), el Cucarachero de pantano (Cistothorus apolinari), la Tingua moteada (Gallinula melanops bogotensis), el pato Turrio (Oxyura jamaicensis andina) y la Monjita de pantano (Chrysomus icterocephalus bogotensis), son la evidencia de ello. En el era posible encontrarlas a todas ellas, pero entre el año 2010 y 2017 se perdieron por completo por la inacción, la incoherencia y las acciones equivocadas de la Secretaria Distrital de Ambiente, la Empresa de Acueducto de Bogotá y las Alcaldías de Bosa y Soacha.

Fotos archivo personal: Tingua moteada, Monjita de pantano y Pato turrio.

Bosques, quebradas y humedales están en riesgo de perderse: en los municipios de Subachoque y San Francisco por cuenta de la minería legal, pero a la que no se le exigen acciones de mitigación y cuidado ambiental contundentes; así como en Mosquera, Funza, Sopo, Chía y Cajica, por el desarrollo de condominios, sin la condición a los constructores de desarrollar sistemas de alcantarillado y de conservar las áreas de importancia ecológica (humedales, ríos, quebradas, bosques, etc).

Así mismo sucede en el río Bogotá que recibe la contaminación de todos los pueblos cercanos a su trayecto y de la ciudad de Bogotá, pero ademas, por acción de la ganadería y cultivos intensivos que eliminaron el bosque protector de las orillas, en casi toda su cuenca, y no implementan todavía prácticas silvopastoriles (mezcla de bosque y potreros) y agricultura con mejores prácticas ambientales que ayuden en su recuperación.

Tenemos una joya alada en las manos y está en peligro, parece que lo único que interesa es el “desarrollo”, pero el irresponsable, el que es facilista, el que genera más impuestos y dividendos, no importa el como para que las cifras gubernamentales y privadas cuadren. Esta es una oportunidad inmensa para que la ciudad-región replantee la forma como se ha relacionado por décadas con la naturaleza y le devuelva parte del equilibrio perdido, las aves y los turistas de naturaleza lo reconocerán con creces.