Seguir dependiendo del petróleo: un error que no podemos volver a cometer

El incremento de los precios del barril de petroleo, producto del anuncio de la OPEP de recortar su producción, ha puesto a empresarios petroleros y el gobierno a hacer cuentas nuevamente. El entusiasmo es generalizado. Sin embargo, es importante que se mantenga la calma y se analicen las consecuencias que dejó para el país la dependencia de la renta petrolera. 

Yessica Prieto Ramos
Yessica Prieto Ramos
Coordinadora de Investigaciones de Crudo Transparente
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15 de Diciembre de 2016

La industria de hidrocarburos se encuentra optimista por el acuerdo al que llegaron los miembros de la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP), a finales de octubre, con el recorte de 1.2 millones de barriles diarios en producción.

La subida en el precio internacional del barril pone a gobiernos y empresas a hacer cuentas y proyecciones, otra vez. Pero más allá del entusiasmo es importante tener presente las enseñanzas que la descolgada de los precios generó en los países, en especial en aquellos que dependen de las rentas petroleras, con el ánimo de no repetir los errores en el futuro con un barril más alto.

Colombia, pese a no ser un país petrolero, fundamentó gran parte de su economía en la explotación de hidrocarburos, el sector le aportó, antes de la crisis de 2014, cerca del 5 por ciento del PIB nacional, 25 por ciento de la inversión extranjera y 40 por ciento de los ingresos por exportaciones.

El monto de las regalías para el año 2013, fue por el orden de 8 billones de pesos; en regiones como Meta y Casanare no paraban de contratar personal para los campos, y con ellos llegaban toda cantidad de bienes y servicios para satisfacer la demanda de un sector que tenía los salarios más altos del mercado.

Pero la crisis llegó, el barril pasó de estar por encima de los 100 dólares en junio del 2014, a estar por debajo de los 30 dólares en enero del 2016; los despidos no se hicieron esperar y como es habitual, los menos calificados fueron los primeros en salir.

Las empresas hicieron reajustes y según cálculos de la Unión Sindical Obrera (USO) y el Ministerio de Trabajo, cerca de 40 mil empleos se perdieron en un poco más de un año.

Los gobiernos locales dejaron de recibir regalías, se pararon proyectos de prioridad para los municipios, familias enteras que se dedicaron a negocios de hoteleria, restaurantes, alquiler de habitaciones y casas, ahoran están sin trabajo y con deudas ante los bancos; los municipios petroleros se fueron quedando solos -Aguazul, Tauramena, Castilla La Nueva, entre muchos otros-;  la inflación se disparó y el Estado dejó de recibir ingresos por este orden.  Y como resultado de todo esto, empezaremos el 2017 con una reforma tributaria que nos golpeará duramente el bolsillo a todos.  

Los representantes de la industria insisten en ser el motor del desarrollo y buscan mejores condiciones del Estado para continuar operando; sin embargo, el debate debe ir más allá, el Estado está en la obligación de diversificar la economía, dinamizar el campo y otras industrias que le generen al país nuevos recursos. Necesitamos desarrollo real, sostenible y sustentable. Seguir dependiendo del petróleo, es un error que no podemos volver a cometer.

 

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