¿Qué nos espera en 2018?

Predecir el 2018 es un ejercicio aventurado para cualquier analista y con mayor razón, supongo, para mí. Pero entre los escenarios posibles, está uno que me llena de optimismo, basado en los acontecimientos del último año, que marcan tendencias. Presento tres pinceladas de visión, que podrían ser realidad, sobre el mundo, la política y la justicia en Colombia. 

José Germán Zarama de la Espriella
José Germán Zarama de la Espriella
Consejero del SENA, periodista y ejecutivo gremial
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23 de Noviembre de 2017

A punto de terminar el mes de noviembre, empiezan a aparecer en los medios internacionales más serios las macro proyecciones mundiales para el año entrante .

Inspirado por esta lectura, del editorial de Daniel Franklin en The Economist, me atrevo a hacer una reflexión similar  desde una perspectiva propia, ‘cuasi-utópica’. Me refiero a una visión basada en tendencias fácticas, pero de naturaleza optimista, de nuestra realidad.

¿Y por qué dar rienda suelta a la utopía? Hay tres razones de fondo: la primera es que las utopías, aunque solo siguieran siendo utopías, nos permiten avanzar en la (¿mí?, ¿nuestra?) “dirección correcta”. La segunda, es que toda predicción nace de una visión, y estratégicamente las visiones deben ser optimistas; en términos prospectivos sería el ‘escenario deseable’. La tercera razón, es que durante el año, por razones sicológicas, sociológicas o políticas, hemos sido demasiado bombardeados por analistas sesgadamente pesimistas. Esta visión optimista permite, entonces, que nos equilibremos.       

Pero, una vez explicada la orientación que quiero compartir, quizás utópica, aterrizaré dicha proyección en tendencias de evolución registradas sobre hechos de los temas analizados. Dependientes de qué punto partimos, en cada tema motivo de preocupación hace un año, en noviembre de 2016, concluiremos qué podemos esperar en 2018. Recurro para ello a mi blog de notas de la Silla Vacía.   

 

El  mundo

En noviembre de 2016, los demócratas del mundo estábamos preocupados por la sorpresiva elección de Donald Trump. Su carácter impulsivo y la imagen de xenofobia y prepotencia, generaba tal preocupación, que muchos recordamos en él a ciertos caudillos de la historia. Si la propuesta de Trump era exitosa, corríamos riesgos similares a los de esa Alemania que cayó en manos de nacionalistas tan “triunfantes” como Hitler.  

Lo cierto es que en todo el mundo se preveía un aumento de las amenazas de guerra nuclear, debilitamiento de políticas ambientalistas y confrontación racial en la “unión americana”. Contemplábamos, sí, las posibilidades de un escenario internacional macabro, ‘distópico’.      

Afortunadamente durante este año transcurrido hasta hoy, las instituciones democráticas de EE.UU., con sus contrapesos del poder funcionando bien, han evitado la distopía. La democracia allá parece estar aprendiendo la lección del peligro de que la corrupción política sea la puerta de entrada de regímenes caudillistas.

La proyección para noviembre de 2018 es alentadora en consecuencia. Apenas a mitad de su mandato, el desprestigio de Trump habrá minado sus pretensiones. Influirán temas como: el ‘Russia-gate’, la insurrección de los republicanos que chocan con su manera de ver el mundo y otros aspectos de su gestión. La tendencia que se ve es a que Trump finalmente termine acorralado en un impeachment, como el de Nixon. 

Todo esto habrá posicionado a una renovada fuerza demócrata, que deberá enterrar la era Clinton y retomaría el estilo discreto y humanista de los Obama:  . Uno esperaría, en estas condiciones, que la opinión pública mundial se sienta más tranquila. Que la posible confrontación nuclear de Trump y Kim Jong-un no pase de los ladridos durante los días de Trump que estarán ya contados.  

 

La política en Colombia

En noviembre de 2016, los colombianos nos encontrábamos tan desconcertados como en la paradoja del gato de Schrödinger tras los resultados del plebiscito. Solo sabíamos que estábamos divididos en dos mitades casi iguales. Por ello no teníamos seguridad de si “el gato” (la paz) estaba vivo o muerto al abrir la caja de la Registraduría.

Desde esos confusos días para acá, noviembre de 2017, la paz empezó a dar muestras de vida y cada día se ha fortalecido más. La comunidad internacional ha sido influyente: concedió el Premio Nobel a Santos, ha verificado la destrucción de armas y ha seguido los acuerdos. De otra parte, los guerrilleros han empezado a hacer política, con todo y tropiezos de la JEP, sin resultados notables.

Las instituciones, como el Parlamento o la Corte Constitucional, han cerrado la puerta a los ex-guerrilleros en sus narices. La sociedad, que mayoritariamente los rechaza, ha perdido el miedo a confrontarlos democráticamente. Por otro lado, pocos políticos se atreven ahora a amenazar con volver ‘trizas’ el acuerdo de paz. Y los que se atreven, no registran mayores posibilidades en las encuestas.   

Para noviembre de 2018 las tendencias señalan que los colombianos habremos elegido una opción democrática no caudillista, ni de extrema derecha ni de extrema izquierda. Todas las encuestas parecen indicar que nos gobernará una alianza de poder dominada por el pensamiento ponderado de centro. El tema de implementación de los acuerdos de paz, con moles y bemoles, habrá estabilizado la paranoia política al respecto.

Las FARC, sin armas, ni Tirofijos, ni Raúl Reyes, ni Alfonso Cano, ni apoyo popular, no van a volver al monte devorador de vidas. Tampoco pasarán de tener unas cuantas curules, que servirán por cierto para fiscalizar políticamente al establecimiento. En estas condiciones, derrotar a la Farc política, la siguiente etapa de la paz, requerirá depurar la democracia.  

En este escenario previsible, el Presidente de Colombia habrá sido elegido más que por su posición de apoyo o rechazo al plebiscito por la paz, por su credibilidad moral. No bastará la fuerza de las maquinarias ni de coaliciones políticas de dudoso entendimiento ante los electores. Y esta credibilidad pasará por el filtro de la coherencia de sus propuestas económicas con una garantía de compromiso contra la corrupción.

2018 podrá ser la cuota inicial para las transformaciones de fondo en las estructuras políticas del país. Por lo menos se habrá dado el primer paso.      

 

La justicia

En 2016, hace casi un año el país vivía el mayor horror en cuestiones de justicia. El asesinato de Yuliana Samboni revelaba nuestra demencia social, el sinsentido de lo que había hecho un ciudadano de condición social privilegiada. De otra parte, la corrupción ambulante (nuestro ‘’), parecía agrandarse cada vez más con escándalos nacientes, como Odebrecht.  

Entre asesinos y corruptos, como sociedad tuvimos pesadillas con Harry -el protagonista de la novela ‘El Lobo Estepario’. Harry, el gran depredador, podría ser nuestro vecino o habitar en nosotros mismos, como presentía Hermann Hesse. 

La pesadilla no ha parado. A lo largo de 2017, la sociedad ha destapado innumerables ollas podridas adicionales. Pero quizás la peor de todas ha sido aquella del llamado ‘Cartel de la Toga’. Esta, fue la prueba reina de que estábamos rodeados por una corrupción sistémica, que afecta las tres ramas del poder, a nivel nacional y regional.  

Pero también ha habido signos alentadores que marcan una tendencia hacia un escenario deseable. Los organismos de control y vigilancia del Estado han sido efectivos este año. La fiscalía y los jueces castigaron ejemplarmente al asesino de Yuliana. Algunos responsables de Odebrecht, como el Ñoño Elías, están en la cárcel. Otros presuntos responsables, como Zuluaga y Santos, han recibido severos castigos políticos, con un futuro democrático bastante incierto.  

El ‘cartel de la toga’ está en jaque, y con algunos responsables tras las rejas. Hasta la dudosa Comisión de Acusaciones de la Cámara de Representantes, parecería estar empezando a funcionar en este caso.

En el escenario para noviembre de 2018, estaremos agradeciendo estos escándalos que ha destapado la justicia el último año. Es posible que la democracia haya impulsado una depuración inminente del sistema, con las elecciones presidenciales. Quizás no podamos cantar ‘moñona’, como en los bolos, con las elecciones parlamentarias. Pero, casos ha habido en la historia reciente latinoamericana, en los cuales un presidente inesperado genera una profunda reforma legislativa.

Si el elegido es representante del establecimiento, pero suficientemente fuerte, también podrá pasar a la historia regenerando la política en Colombia.