Plan para demoler un establecimiento corrupto

Si la indignación es deseable como iniciadora de cambios históricos, bienvenida sea la indignación. El plebiscito y Odebrecht,  han llevado a un desprestigio de la clase política, a la rebelión contra un establecimiento basado en mentiras y corrupción. Tenemos que hacer algo, como en Moscú o Nueva Delhi se hizo en su momento, para acabar con un orden oprobioso...¿pero qué? 

José Germán Zarama de la Espriella
José Germán Zarama de la Espriella
Consejero del SENA, periodista y ejecutivo gremial
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13 de Febrero de 2017

Han pasado casi dos meses desde que las noticias internacionales dieron a conocer el ‘escándalo Odebrecht’, que involucraba a doce países, entre ellos Colombia. Desde entonces, la rabia contra el establecimiento nacional, que ya se había fermentado mucho en los últimos años, empezó a crecer como la espuma. Quizás la opinión pública se aterró al ver con toda claridad esta otra infamia social, tras desaparecer la sombra oscura de una larga pesadilla subversiva.

El tema ha trascendido tanto que todos los medios, alineados y ‘no alineados’ (no vinculados a una determinada tendencia política) lo tocan casi a diario. La Silla Vacía no ha escapado, como corresponde, a esta tendencia y hace solo 15 días propició con la Universidad Javeriana un interesante debate académico.

Los invitados del debate: un líder de izquierda respetado por su intelectualidad e integridad, Jorge Enrique Robledo, y un admirado ‘historiador colombianista’, Malcolm Deas. Cada cual, desde su punto de vista, respondió esta pregunta: “¿Conviene al país la rabia contra el Establecimiento?”. Mientras Robledo, con una visión hegeliana, avaló la indignación como motor del cambio social, Malcom Deas descartó la eficacia de la rabia para generar cambios.

En una encuesta efectuada al final del debate, la audiencia se mostró mayoritariamente favorable a las tesis del historiador Malcom Deas. Debo confesar que sentí cierto alivio por estos resultados del debate. En mi concepto la historia ha demostrado con creces los contradictorios resultados de los cambios políticos nacidos de la indignación. A manera de argumento me atrevo a comparar dos naciones en un mismo punto de partida, hace cien años, con revoluciones manejadas de manera antagónica.

En noviembre de 1917, la indignada Rusia de los bolcheviques culminó una revolución sangrienta, para acabar con el oprobio popular. Nada más justificable, coincido con la mayoría, que salvar al pueblo de la guerra y la inanición. Mientras tanto, la colonia británica de la India, también oprimida por los reales primos de los zares rusos, estaba impulsada por explicables vientos de rebelión. Casi treinta años después de los soviéticos, la revolución triunfó también en la India, con el menor derramamiento de sangre posible, liderada por Mahatma Gandhi.

Si avanzamos setenta años en la historia, encontramos que la justísima pero imprudente revolución bolchevique había colapsado, tras generar millones de muertes y de sufrimiento. Mientras tanto, hoy, setenta años después de su triunfo, la revolución pacífica de Gandhi es todavía venerada en la milenaria historia de la India. Sí, hay mucha tela por cortar en esta esquemática afirmación. Pero podríamos comparar las diferencias en calidad de vida de ambos pueblos, desde 1917 hasta esta fecha. Que entren los investigadores históricos y los estadísticos a sustentar o no esta verdad.

Lo cierto, es que la modesta colonia de esos días (la India), ha cerrado la brecha con Rusia, que desde aquel 1917 era una  potencia europea. Y, para no extendernos en el análisis, mientras India es la 7ª. economía del mundo, Rusia es la 15ª. También, en lo proclive, India, que no tenía importancia militar alguna en 1917, es  potencia atómica, como lo es Rusia. Pero, resalto por encima de todo su mayor logro comparativo: India aún con sus problemas, se considera una verdadera democracia.       

Volvamos al caso de Colombia y del debate académico Robledo-Deas, que debería guiar el nacimiento de la conciencia ciudadana. Aunque admiro el compromiso social de Robledo con buscar una sociedad más justa, no comparto su defensa de una reacción política alimentada básicamente de indignación.  La indignación, en principio motor del cambio, acarrea el gran peligro del populismo, que tango estrago ha causado y puede seguir causando en el mundo.

Ahora, si la indignación es deseable como iniciadora de cambios históricos, bienvenida sea la indignación catalizada tanto por el plebiscito como por Odebrecht. Ambas han llevado a un desprestigio de la clase política, a la rebelión contra un establecimiento basado en la mentira y la corrupción. Tenemos que hacer algo, como en Moscú o en Nueva Delhi se hizo en su momento, para acabar con un orden social oprobioso... ¿pero qué? 

Aunque probablemente el Senador Robledo considerare, no sin razón, que como parte del establecimiento asumimos una posición burguesa contra la indignación, estaría también equivocado. Los colombianos bien informados del siglo XXI debemos actuar con una conciencia humanística, por razones éticas, y este es nuestro caso.  No podemos permitir que la indignación nos lleve a gobiernos dictatoriales, nacidos del populismo.

No podemos permitir, por indignados que estemos, que perdamos lo único que nos ampara. Por débil o defectuosa que sea, la democracia es históricamente mejor para el ‘bien común’, que cualquier experiencia totalitarista de derecha o de izquierda.

Definitivamente no vamos a envejecer como Sartre, por admirable que haya sido, repartiendo panfletos maoístas en París al final de su vida.  Tampoco lo haremos con manifiestos guevaristas ni pinochetistas en Bogotá o en Montería. Y mucho menos con ‘posmodernas’ doctrinas ni chaviztas (mal llamados socialistas del Siglo XXI) ni ‘dutertistas’ (seguidores del actual presidente fascista filipino). Por ello no echaremos más leña al fuego, pero si escucharemos con atención a quienes recojan la indignación, ojalá con propuestas de reingeniería social.

Estamos de acuerdo con que se acabaron los paños de agua tibia, que día tras día nos propone el establecimiento, contra la corrupción. No se trata de más legislación, ni de endurecer las penas. Tenemos un año para meditar en cambios que transformen verticalmente el sistema de transmisión y perpetuación del poder político, verdadera causa raizal de la corrupción. Necesitamos esa reingeniería desde Nariño hasta la Guajira, desde el Chocó hasta el Amazonas, y todos impulsados desde Bogotá, ese inevitable eje del cambio nacional.    

Hoy, de nuevo en La Silla Vacía, disertaron sobre este tema Marcela Restrepo de Transparencia por Colombia y Fernando Cepeda, Ex-ministro de Gobierno y académico. Coherente con lo dicho antes por Malcolm Deas, Cepeda insiste en que la lucha contra la corrupción requiere perseverancia y despertar la ‘conciencia ciudadana’.

Lo cierto es que hoy llaman la atención algunas propuestas radicales de los indignados, como en su momento lo hizo la propuesta ‘inconforme’ de Belisario Betancur (campaña presidencial de 1982). Pero ahora, siguiendo a Cepeda, seremos muy cuidadosos, mucho mejor informados, al entregar nuestras ilusiones al cambio, al ‘sí se puede’ que ganó entonces.  Tampoco posaremos de cínicos defendiendo el ‘no se puede’ de López Michelsen. En mi caso personal, si sirve de algo confesarlo, solo definiré mi voto presidencial por allá en abril de 2018, cuando tenga conciencia de un plan de transformación democrática profunda.

Adheriré entonces a quien mejor desarrolle la constitución del 91, con un plan renovador pero cuidadosamente estructurado. Pero es posible también que las únicas propuestas alternativas de cambio me asusten con la posibilidad de más anarquía, de más dictaduras supuestamente progresistas. En ese caso, tan indeciso como el Mathieu de ‘Los caminos de la libertad’, volveré a votar en blanco como lo hice en 2014.    

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