Lucio y la moral cristiana en referendo

El debate por el referendo en la Comisión Primera de la Cámara estuvo plagado de argumentos moralistas. Pero quien esgrime este tipo de razones, más aún con claros intereses políticos, generalmente da pie para que los periodistas indaguen soble la coherencia moral de su vida. Lucio, con tantas contradicciones morales en su vida, no resistió los cuestionamientos de 'La W'.  

José Germán Zarama de la Espriella
José Germán Zarama de la Espriella
Consejero del SENA, periodista y ejecutivo gremial
227 Seguidores165 Siguiendo

0 Debates

37 Columnas

Columna

2227

0

11 de Mayo de 2017

El debate de viabilidad política del referendo sobre adopción, adelantado ayer en la Comisión Primera de la Cámara, reviste un enorme valor democrático.  Ciertamente, en una acalorada sesión de más de nueve horas, caracterizada por el fervor de uno y otro bando, se discutieron sólidos argumentos académicos. Pero también abundaron fervorosas creencias religiosas y por ende morales, como correspondía a un debate de esta naturaleza.

No puedo afirmar ni mucho menos negar la buena fe de ninguno de los bandos participantes. Pero, sí es claro que la discusión de ayer confrontaba precisamente el artículo 19, de nuestra constitución, sobre libertad de cultos. Y el artículo 19 sucede a uno de los artículos más progresistas de la carta magna, el artículo 18, que consagra el estado laico. Lo cierto es que, si el artículo 19 permite que los colombianos profesen la religión qué quieran, subordina este derecho al respeto del estado laico.

Creo que todos aquellos parlamentarios que invocaron preceptos morales, de tinte religioso, con la Biblia en la mano, conocían esto perfectamente. Pero como se dijo, este no era un debate en la Corte Constitucional. Era un debate político, que tenían derecho a defender con argumentos morales que, de haber ganado, llevarían a una paradoja democrática. La paradoja estaría entre la libertad de cultos y de expresión y la prevalencia de un estado laico que no debería permitir estos debates moralistas. No, al menos, al discutir la naturaleza y conveniencia de las leyes que reglamentan la vida de los colombianos.    

Lo cierto es que, por fortuna, nadie impidió que los defensores de la doctrina cristiana recurrieran a argumentos teológicos y morales. A cambio de este respeto democrático, que algunos han calificado de anticonstitucional (solo la Corte correspondiente tiene la última palabra) deben pagar un precio político. Y ese precio mínimo que deben pagar es aceptar convertirse en sujetos mismos de debate moral en boca de todos los colombianos. Pero Carlos Alonso Lucio, promotor del referendo aludido, se negó a pagar del todo ese precio hipotético cuando lo entrevistó el periodista Juan Pablo Calvás.

Calvás, en un ejercicio periodístico, indagó sobre la coherencia moral de la trayectoria vital del entrevistado con sus argumentos morales a favor del referendo.  Quizás no había manera mejor de establecer esta realidad sin entrar en terrenos personales, por cierto ineludibles para quienes argumentan posiciones políticas con explicaciones morales. Si Lucio salía triunfante en sus explicaciones, ganaría muchos puntos de favorabilidad entre sus correligionarios. Y de ser así, sus cristianos seguidores podrían ‘evangelizar’ más fácilmente al país ‘ateo’ y poner en entredicho la laicidad de la constitución colombiana. Y, si los cristianos lograran re-evangelizar a la mayoría de Colombia, podrían incluso justificar un retorno constitucional al modelo confesional.   

Calvás podría haber tocado muchos puntos de la vida y de las acciones pasadas de Lucio, para cuestionar o para aclarar la coherencia moral de Lucio. Sin embargo, el periodista inició su proceso mayéutico, de hacer que el entrevistado ‘pariera’ la verdad, averiguando su  propio pasado como padre.

Según la información de Calvás Lucio, defensor del concepto cristiano de familia, habría fallado con la crianza de sus dos hijos. En el caso particular de su segunda hija, en contravía del referendo revocatorio de adoptantes monoparentales, Lucio no se habría responsabilizado de su crianza. Habría dejado a su segunda hija bajo la custodia solo de la madre en sus primeros años de vida.

Con estas inquietudes, Juan Pablo Calvas cuestionó a Lucio su autoridad para esgrimir argumentos morales. El periodista opinó que su vida no era ejemplo de lo que supuestamente pregonaba su referendo: que los niños crezcan bajo un entorno familiar con un padre y una madre. Lucio habría podido defenderse, si hubiera podido. Pero, en ese momento, Lucio colgó y no quiso seguir pagando el propuesto costo democrático de sustentar su moralidad ante un investigador periodístico.

El grave obstáculo que afrontan los evangelizadores del mundo moderno, como Lucio, es la imposibilidad de callar las opiniones de los llamados infieles. Si alguna vez el Papa Borgia y su corte reinaron en medio de la desinformación popular, eso ya no es posible.  Para conservar la fe de unos seguidores religiosos que se vuelven activistas políticos, la vida de sus ‘pastores’ es expuesta ante la luz pública. Esa es la prueba de fuego, para avivar la fe en ‘el maestro’, o para empezar a alejarse de su “clientelismo” moral. Así lo hizo Lutero, hace exactamente 500 años.  

Si Calvás no tuvo tiempo, por la deserción del entrevistado, vale la pena ayudarle. Recordemos entonces la historia de nuestro político de turno, especialmente empoderados en esto por sus propuestas moralistas.  La vida de Carlos Alonso Lucio ha sido de enormes discrepancias morales y con los principios cristianos que quiere convertir en ley para los colombianos. Nacido en una familia cristiana, hace más de medio siglo, Carlos Alonso Lucio, perteneció al grupo guerrillero M-19. Nadie olvida, y por ello han pedido perdón varios de sus compañeros más connotados, que esta organización recurrió al secuestro, la tortura y el asesinato. El giro del hijo de familia cristiana a militante político del M-19, tan alejado de los preceptos cristianos fue, en efecto, radical.

Gracias a la moral constitucional naciente, el guerrillero Lucio fue indultado por el Congreso en el período 1986-1990. Hasta aquí todo bien y concordante con la Constitución de 1991. En esa condición, de ex-guerrillero indultado, fue parlamentario, y se constituyó sorpresivamente en defensor político de Ernesto Samper. Sorpresivamente porque se trataba de un juicio por la infiltración de dineros de la mafia en la política. Esta era otra contradicción grande de su talante moral de una guerrilla que buscaba acabar con la corrupción y el capitalismo salvaje. Y luego, de manera desconcertante, fue “asesor de paz” de las autodefensas,  en el proceso de negociación entre el gobierno y las AUC. En verdad sorprende la evolución moral de Lucio: católico de nacimiento, guerrillero seguramente agnóstico y quizá ateo, pero luego político cercano al más cuestionable establecimiento.  

Pero Lucio continuó impávido su evolución en su manera de ser y de concebir la moral. En los siguientes años se volvió un fanático cristiano. Así se mostró en una entrevista reciente con otro exponente de la política colombiana, Roy Barreras, ‘Lucio modelo 2017’ defendió la propuesta refrendaria cristiana. Fue cuando manifestó:  "No vamos a permitir que la democracia colombiana se venezolanice…Doctor Roy, no fueron 2 millones 300 mil imbéciles los que firmaron el referendo". 

Nadie tiene derecho de cuestionar las creencias y por ende la moral de nadie. Así lo establece la Constitución garantista de 1991 que protege incluso a sus detractores de facto, como Lucio o Viviane. Pero quizás, si no quieren caer en juicios morales tan 'incómodos' como los que los periodistas acostumbramos, deban suprimir la tentación de guiar a la sociedad con argumentos morales. Esto sería lo más 'cómodo' para todos.