La mano negra de La Guajira: ese otro país que ‘no pasará’ jamás

Nunca podremos permitir que triunfe este enemigo, que ha matado a tantos niños, que desde hace 68 años ha asesinado hasta los sueños de un país con equidad y en paz. En este propósito democrático deberíamos jugarnos hasta nuestras propias vidas. 

José Germán Zarama de la Espriella
José Germán Zarama de la Espriella
Consejero del SENA, periodista y ejecutivo gremial
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18 de Octubre de 2016

¿Todos somos Colombia? Por supuesto que no, o por lo menos no deberíamos permitirlo. Y lo digo así, sin ambages, aunque confunda de entrada a algunos, quienes pensarán que invoco la ideología de la legendaria comunista Dolores Ibárruri Gómez, ‘la Pasionaria’... 

En realidad hay colombianos a quienes no podemos hacer conseciones, que sí hemos hecho a los guerrilleros o a los paramilitares, para lograr una endeble paz. Cuando invoco la división excluyente, no me refiero propiamente a valores fundamentales que se discutieron en el histórico ‘plebiscito de octubre’. No tendría sentido. En realidad, mirado desde una perspectiva diferente, ese plebiscito demostró en el fondo la unidad de Colombia.

Hoy por hoy, ciertamente diría uno que casi toda Colombia votó por la paz. Al menos eso es lo que uno infiere de la mayoría de opiniones de quienes votaron sí o no. Y la mayoría dice apoyar la paz. De otra parte, incluso esa gran mayoría abstencionista, podría presumirse que es pacifista por delegación, cuando no por deducción estadística. 

Ciertamente, la consulta democrática de octubre, tal como insistían muchos, no era un dilema sobre ‘la paz’. Los colombianos en eso somos más conscientes que nuestros caudillos. El plebiscito solo buscaba decidir cuál camino era el mejor para alcanzar la paz, pero la paz no se custionaba. Por supuesto que unos colombianos decidimos con este criterio del SÍ, asegurar de una vez la paz, y otros decidieron que valía la pena esperar un poco más, y ganaron. Pero, aunque no estemos de acuerdo debemos creer cuando nos dicen de uno y otro bando: "que sí quieren la paz". Démonos la oportunidad de demostrarlo.

No sembremos entonces la duda, ni nos desgastemos más en dividir el país entre amigos y enemigos de la paz, entre bobos e inteligentes, entre manipuladores confesos y adalides de la propaganda limpia. Para erradicar la violencia lo mejor que podríamos hacer en adelante es identificar el verdadero enemigo de la paz. Este enemigo común fue uno de los principales causantes de esta guerra cruel, que empezó con las Farc hace 52 años y con otros grupos armados poco después. Tal vez podamos desarmar a los combatientes y ser generosos con ellos, pero con este enemigo no podemos reconciliarnos los colombianos de bien, la inmensa mayoría de nosotros, ni establecer consensos para que siga vivo.

Este es ese enemigo de los colombianos del SÍ, del NO, y de los abstencionistas, que de manera impúdica se ha exhibido últimamente en medios de comunicación. Y me parece importante que en dichas entrevistas se hayan quitados la máscara. El diputado Idelfonso Medina y todos los políticos de la Guajira que cuestionan con argumentos inaceptables el estado mental del Gobernador encargado, no se sonrojan al defender lo indefendible con las más cínicas estratagemas. Si esto ocurriera en países como la China, donde se castiga con pena de muerte la corrupción, la parte corrupta de la política guajira se habría extinguido hace rato. Esa, la política corrupta, es la verdadera enemiga de la democracia, que ha robado sistemáticamente los inmensos recursos de regalías de ese departamento, que debía tener uno de los mejores niveles de vida de Colombia.  

Menciono a la Guajira, aunque la corrupción no tiene color político ni banderas regionales, porque ese parece ser un epicentro claro, para iniciar la lucha. Un funcionario como Jorge Enrique Vélez y su batalla ejemplar por derrotar la corrupción en ese departamento, merece acompañarse con nuestro “sudor, sangre y lágrimas, hasta la victoria final”.     

No puede uno aceptar a una casta de políticos, que desde hace muchos años hace y deshace con las vidas de colombianos tan pobres como los de La Guajira o el Chocó. No podemos aceptar los sofismas seudodemocráticos con los cuales ahora combinan todas las formas de lucha para deshacerse del Gobernador Vélez, vivo o muerto. 

Así como hemos sido capaces de librar heroicas batallas contra el narcotráfico, los paramilitares o la guerrilla, es el momento de que iniciemos una cruzada de opinión para liberar a La Guajira de la amenaza mortal de la corrupción. Sigamos después con el Chocó u otras regiones del país que ponen las mayores víctimas en esta guerra de la sociedad contra el crimen político organizado. Después, uno a uno, desde la Guajira hasta Nariño, desde el Chocó hasta el Amazonas, habremos establecido las bases de una paz verdadera. En esta cruzada debemos unirnos los colombianos de todos los partidos. 

Aplaudo que en su cuenta de Twitter la directora del ICBF, Cristina Plazas, haya comunicado:"Celebro nuevas capturas en La Guajira por corrupción! Nuestra lucha ha valido la pena! Seguimos trabajando de la mano con la Fiscalía!". Bien por Cristina Plazas y por todos los valientes funcionarios públicos que se atreven a dar la batalla. 

Mientras tanto, quitemos nuestra visión de los alucinantes filtros multicolores, que nos vienen distrayendo desde antes del plebiscito. La corrupción encarna a ese otro país, a ese pequeño pero poderosísimo núcleo de intereses políticos y delincuenciales que no pasará jamás. Es el país al cual debemos someter por la fuerza de la democracia, sin 'conseciones' de ninguna clase, si queremos de verdad construir un país libre y en paz.