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La jauría que persigue a caperucita Parody

El lobo de Caperucita Roja ha exacerbado la paranoia de los aldeanos con unos falsos cuentos. La heroína es ahora la mala del cuento y la furia desatada, que se expresa con pancartas crueles e injuriosas, recuerda  los más tristes episodios de la historia de Colombia, aquellos que sembraron la violencia. Pero hay aldeanos que saben distinguir.   

José Germán Zarama de la Espriella
José Germán Zarama de la Espriella
Consejero del SENA, periodista y ejecutivo gremial
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11 de Agosto de 2016

¿A qué hora se metió esta niñita, de figura tan menuda como inocente de sonrisa, a lidiar con las fieras de la política?. Eso me pregunté cuando la conocí por allá en 2002, gracias a un amigo cercano que trabajaba con los Parody, haciendo sus primeros pinitos políticos. Aunque aprecié de inmediato su inteligencia, su ingenuidad y dulzura me causaron la impresión de ser un personaje salido de los cuentos infantiles: Caperucita Roja. Nunca imaginé que pronto sería una de las congresistas más mimadas por Uribe, ni que pocos años después sería la Directora del SENA y luego ministra.   

Ciertamente, años después, en el Consejo del SENA, tuve oportunidad de trabajar con una ejecutiva con gafas bien puestas para reconocer las orejas del lobo.  Fue cuando tuve la certeza de que, a diferencia de la protagonista del cuento infantil, Gina no terminaría en las fauces de nadie.  En realidad, Gina demostró entonces tener carácter y excelente formación jurídica, que le permitieron manejar sin tropiezos una institución tan compleja como respetada por todos.

Pocos años atrás se había conocido públicamente su orientación sexual y me pareció que el hecho de salir del clóset demostraba su carácter y su integridad moral.  Precisamente estas son las cualidades que deberían gobernar un país que ha sido más victimizado por la corrupción y el cinismo, que por la guerrilla. Luego, como Ministra de Educación Gina se ha destacado, entre otras cosas, por su valentía para enfrentar a las mafias que manejan la alimentación escolar. La vida privada de Gina, su identidad de género, no tenía que ser entonces igual a la mía para merecer mi respeto e incluso admiración.

Pero, a pesar de sus cualidades, Gina está en el ojo del huracán, precisamente por cumplir la ley, una orden de la Corte Constitucional. Independientemente del tacto político con el cual  ha manejado el tema, la Ministra debía revisar los manuales de convivencia estudiantiles y preparar una propuesta. Y fue precisamente cuando el Ministerio estaba en esta labor, que reapareció el lobo feroz de la política, disfrazado de abuelita que ama los niños.    

Pero esta vez, el lobo, que había aprendido la lección del leñador que llenó su barriga de piedras, urdió una treta bien diferente. Escondido en los árboles del bosque turbulento convenció con unas falsas cartillas a los buenos aldeanos de que el libro de Caperucita es tan perverso como su protagonista.  

Quién iba a pensar que el lobo de la infamia, que tantos niños ha devorado, que tanta comida les ha robado, que tantos suicidios ha generado con su matoneo, tendría la menor posibilidad de que le crean la sucia historia. Pero, contra toda previsión, así fue y los aldeanos han sido capaces de convertirse en seres peores que los lobos en su crueldad. Para ello bastó solo una cartilla y el exitoso matoneo de siempre, el del lobo infame que despierta la paranoia en su jauría contra la víctima.

Las pancartas que el lobo no podría mostrar personalmente en la plaza pública a Gina, sin correr el riesgo de ir a la cárcel, las de las injurias y el irrespeto de los derechos a la familia de la Ministra, son portadas ahora por aldeanos mal educados, que hacen las veces de lobos feroces.

Afortunadamente, no todos los aldeanos piensan lo mismo. Aunque el lobo como lobo terminará, la mayoría de los aldeanos tienen bien puestas las gafas esta vez. Estos aldeanos conscientes no van a permitir que triunfen los seguidores del lobo feroz, el villano que inspiró las grotescas pancartas de las marchas contra Caperucita.