La corriente que se llevó a los desplazados del Bronx

Tras el aguacero del jueves, es urgente redimir a los más pobres de Bogotá. Es una prioridad en la cual hará falta mucho liderazgo político. Es necesario que desde los barrios más cómodos, más seguros y bonitos de Bogotá, nos involucremos de alguna manera en la solución. La pregunta es: ¿tendrá Peñalosa y su equipo el liderazgo y la sensatez requerida para semejante desafío?

José Germán Zarama de la Espriella
José Germán Zarama de la Espriella
Consejero del SENA, periodista y ejecutivo gremial
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19 de Agosto de 2016

El fuerte aguacero del amanecer del jueves en Bogotá, produjo varias emergencias, pero ninguna tan significativa socialmente como la de la Calle Sexta con 30. En este sitio las lluvias torrenciales generaron una creciente de la quebrada Comuneros, que arrastró a los habitantes de calle desplazados del Bronx refugiados allá.

Los desplazados habían llegado al caño de la Sexta, después de ser expulsados por la policía de los barrios la Estanzuela, Mártires y Santa Fe. Y la policía no hacía otra cosa que cumplir con el deber de proteger a unos comerciantes que exigían seguridad. Por su parte, estos empresarios sencillamente se defendían de las amenazas de esos incomprendidos o incomprensibles seres, que luchan por sus vidas cuales fieras heridas.

Sentimientos encontrados han surgido en los bogotanos, al conocer esta noticia. En muchas personas, uno esperaría que fueran mayoría, ha aflorado la compasión humana ante todo. Pero pocas veces la compasión es tal que lleve a sacrificar la seguridad propia o de la familia, o de desprenderse de algo para facilitar la vida a otro. Una parte de este grupo es proclive, entonces, a descargar en el gobierno la responsabilidad de ayudar al desvalido. Al fin y al cabo, para ellos el gobierno representa derechos para todos y responsabilidades para nadie. En consecuencia, como es inevitable en una sociedad malsanamente politizada, surgen los juicios políticos carentes de racionalidad.

Según el sesgo político, se levantan quejas y se exigen soluciones a la administración distrital. Desde la izquierda, que durante varios años gobernó la ciudad sin poder resolver nunca el problema, se culpa a Peñalosa, por haber intervenido al Bronx. Y algunos actúan así con interés propio y otros con gran miopía o fingida ceguera. Tal parece para estos ciudadanos, socialmente sensibles, que el statu-quo anterior al 7 de junio fuera admisible en una sociedad que pretende anidar la paz.

Pero también desde la derecha, mucha gente que aplaudió inicialmente la toma policial, se resiste a ver rondar cerca de sus casas a desplazados del Bronx. Incluso en barrios tan alejados como Teusaquillo y otros más distantes, no soportan ahora su presencia antiestética, amenazante, que afecta sus negocios y sus vidas. La mayoría de esta gente compasiva y los egoístas de siempre que defienden solo su comodidad, unos y otros, desean que se pudiera volver atrás. Y las encuestas de popularidad del Alcalde Peñalosa tienden a empeorar.

Y bueno, uno se resiste a pensar que un gobierno sensato no haya medido el impacto de dispersar por la ciudad a dos mil marginados sociales. Marginados y además esclavos del vicio y del terrorismo de los llamados ‘sayayines’. Las declaraciones de la Secretaria de Integración Social, María Consuelo Araújo, alientan por ello alguna esperanza de que la administración tiene claras alternativas de solución sin violar la constitución. Lo cierto es que, mirado en perspectiva, si Peñalosa logra estabilizar las vidas de los desplazados y de los vecindarios donde se reubiquen, habrá triunfado su modelo político. Y tras de este modelo político, de corte desarrollista pero que demuestre clara y eficaz conciencia social, se movería la política nacional. En fin, para aportar mayores elementos de juicio, repasemos sucintamente la historia del Bronx, que es apenas una muestra de la problemática nacional.     

La historia del Bronx de Bogotá

Desde hace más de cuatrocientos años la plaza de San Victorino, cercana al actual ‘Bronx’ era un sitio de llegada de carruajes y caballos con los jinetes que arribaban a Santafé. Allí, se cambiaban las herraduras de los caballos y había alojamientos para los turistas. Eran los extramuros de la pequeña ciudad capital de la colonia española, que se extendieron poco entre los siglos XVII y XVIII, e incluso en la época de la independencia.

En el siglo XX, cuando la Bogotá republicana se volvió el centro de la nación, este mismo lugar se convirtió en un enclave del transporte. Por esos mismos días se reforzó la vocación del sector de recibir y despedir viajeros, cuando se construyó el Ferrocarril de Cundinamarca. Los historiadores afirman que era un paso obligado para encontrar servicios de transporte.

Ya en los años 20 del siglo pasado, San Victorino se había convertido en una especie de terminal viajero, donde confluían vendedores de aguardientes, contrabandistas y traficantes de oro y de armas. Fue cuando aparecieron los primeros cambuches, alentados por la prosperidad del comercio informal. 

En los años 40, Bogotá se había convertido en una olla a presión, que recibía a una gran masa de la población nacional deseosa de las comodidades de la ciudad. Eran los días de Jorge Eliécer Gaitán, que veía como convivían muy cerca los barrios residenciales de la clase dirigente y la creciente precariedad de la vida de San Victorino, tan inseguro por entonces que ni la policía se atrevía a rondar por esos lados.

Tras el asesinato de Gaitán, con la destrucción del centro histórico, San Victorino se volvió aún más marginal y la ‘gente decente’ se trasladó a barrios como el Park-Way y luego más al norte. En los años 50, se incrementó además el consumo y tráfico de estupefacientes, que degradaron tanto ciertas partes del barrio. Seguramente fue en esos años o en los 60, cuando algún ocurrente bogotano decidió llamar al sector el Bronx, nombre de uno de los barrios más decadentes del Nueva York de la posguerra. En realidad ambos barrios, el bogotano y el neoyorquino, tenían algunas coincidencias en su historia.

Lo cierto es que, a principios de los años 60, el alcalde Jorge Gaitán Cortés buscó una solución urbanística. En esos días permitió que los vendedores ambulantes se asentaran en la plaza de San Victorino, con intención de legalizar su trabajo. Las cosas no funcionaron como se había planeado y la falta de poder coercitivo del Estado permitió que la informalidad se agravara con el florecimiento de todo tipo de negocios ilegales.

En los 80, San Victorino era ya un sitio reconocido de delincuentes comunes, traficantes y jíbaros. Desde entonces se conocía, y se toleraba por la sociedad, como un reducto impenetrable por la ley, donde ocurrían  asesinatos y crímenes violentos de todo tipo.

A finales de los 90 el gobierno de Enrique Peñalosa intentó solucionar la problemática del sector, cuando construyó en ese lugar el Parque Tercer Milenio. Pero la solución de San Victorino no fue integral y todo el antro del crimen y la degradación humana se extendió dos cuadras más al occidente, al llamado ‘Bronx’. Tuvimos que esperar casi dieciséis años para que, al regreso de Peñalosa a la alcaldía, se intente terminar de dar una solución integral al sector.

En esas estamos, cuando dudamos en medio de la turbulencia de las aguas de 2016, si damos un tiempo de confianza a la sensatez del segundo gobierno de Peñalosa o hacemos caso a las voces de alerta de sus opositores. Para hacerlo, quizás nos convenga analizar antes el ‘alter-ego’ del Bronx vecino a Manhattan.

Historia paralela y lecciones del Bronx neoyorquino

La Compañía Holandesa de las Indias Occidentales compró estos terrenos por allá en 1639. Muy pronto el sector recibió el nombre de un sueco llamado Jonas Bronck, quien inició una explotación agrícola.

Transcurrieron dos siglos y por allá en 1840, empezaron a llegar al Bronx inmigrantes europeos. Un siglo después, llegaron muchas personas de Puerto Rico y República Dominicana (hoy el 52.0% de la población del Bronx son latinos o hispanos). Terminada la II Guerra Mundial el sector entró en una profunda decadencia, con altos índices de criminalidad y deterioro urbanístico.  La gente de clase media evitaba ir a este barrio de NY, habitado en su mayoría por afroamericanos y latinos. Era un sitio de llegada y tránsito de e inmigrantes empobrecidos. Los negocios ilegales, incluyendo el tráfico de drogas pululaban en el sector.

Aparte de paralelismos históricos, existen algunas semejanzas evidentes del barrio neoyorquino con su homónimo sector de Bogotá. Por ejemplo, ambos cercanos geográficamente a la opulencia del poder, al palacio presidencial y los ministerios colombianos o la Manhattan del jet-set neoyorquino. Pero  en realidad hay enormes diferencias. El Bronx neoyorquino, para empezar, es un enorme barrio, mientras el colombiano son apenas algunas calles del antiguo San Victorino.

La población del barrio neoyorquino asciende a 1.397.287 personas (para entender la dimensión de esta cifra recordemos que la famosa Manhattan, tiene 1.626.000 habitantes; si el Bronx fuera considerado como ciudad tendría la 21ª población de EE.UU.). La población de indigentes del Bronx bogotano, antes de la intervención de junio de 2016, era de unas dos mil personas.

Pero lo que más diferencia a los dos Bronx, el colombiano y el ‘americano’, es su divergente tendencia económica en los últimos veinticinco años. Mientras el original porteño se recuperaba, el sabanero caía al abismo. De hecho, el ensayo An Economic Snapshot of the Bronx, de Thomas P. DiNapoli, Kenneth B. Bleiwas, New York State Comptroller, afirma que el Bronx se ha transformado enormemente desde los años 70. El número de delitos graves en este barrio ha descendido en 75 por ciento desde 1990, y el número de homicidios ha caído un 78 por ciento en 20 años.

La inversión pública y privada en el Bronx NY, ha ayudado a crear nuevas empresas, que han generado miles de empleos nuevos. A medida que el ambiente económico mejora, la inversión del sector sigue ascendiendo. El número de empleos en el Bronx ha crecido sin interrupción desde 2007.

Los residentes del sector prefieren ahora permanecer en el Bronx y criar a sus familias allí. El otrora barrio estigmatizado es ahora un sitio apetecido por inmigrantes que desean iniciar una nueva vida. En los últimos 25 años, afirma el informe citado, el gobierno de la ciudad ha rehabilitado 100.000 viviendas, y el sector privado ha construido miles más.

Aunque todavía alberga muchos pobres el Bronx neoyorquino ha mejorado sensiblemente la calidad de vida y las expectativas socioeconómicas de sus residentes.  

Perspectivas del Bronx en Bogotá

Si uno cree en las palabras de María Consuelo Araújo, actual secretaria de Integración Social del Distrito, hay un proceso serio de rehabilitación no solo del Bronx, sino de los desplazados.

Según la anterior funcionaria del Distrito, Teresa Muñoz, se pretende “una estrategia jurídica que respete el derecho a la libertad y a la autonomía de los habitantes de la calle, sin dejar que sus actuaciones perjudiquen el bienestar colectivo”. La Alcaldía entiende que las órdenes de la Corte Constitucional, que impiden rehabilitar por la fuerza a los llamados ‘habitantes de la calle’ merecen acatarse. Esta sentencia, que algunos consideran un obstáculo, busca  defender los derechos humanos, entre ellos, el de la libertad y la autonomía.

Se requiere imaginación, compromiso y perseverancia, entonces, para rehabilitar  al habitante de calle que está drogado y manipulado por las mafias, y que atenta en contra de los ciudadanos que propenden por la formalidad del sector, como los comerciantes. Y es que solo el principio de respeto a la ley, sea quien sea, rico o pobre, poderoso o vasallo, y la lucha contra la informalidad garantiza que fenómenos de decadencia social como los ocurridos en Bogotá o Nueva York, no se repliquen.  

Las fórmulas asistencialistas, que con buenos sentimientos de humanidad, pero poco acierto sociológico, implementaron administraciones anteriores solo fueron calmantes sociales de un cáncer creciente. “Según el último censo, en Bogotá hay más de 10.000 habitantes de la calle, muchos de ellos venidos de ciudades distintas a Bogotá y cuyo común denominador es el tema del consumo y la instrumentalización de las mafias”.  Todos empezaron a mirar el experimento de los centros de suministro controlado de estupefacientes, cercanos al sector, como un paraíso para el inframundo.

La atención de los dos mil desplazados del Bronx, que se regaron por Bogotá, es un trabajo de gestión casi individual. Cada persona presenta un problema distinto. Por ejemplo, hay enfermos mentales, que son muchos de ellos, quienes requieren tratamiento por parte de la Secretaría de Salud. Por cuestiones de humanidad se debería atender primero a los niños y mujeres, presas apetecidas por los más viles depredadores sexuales,  que los convierten en vectores y multiplicadores sociales de una cultura perversa.

Pero también está el doloroso infierno de las adicciones. La prioridad entonces es buscar el tratamiento de ansiedades, del síndrome de abstinencia, con la ayudad de expertos en el tema.

En todo caso, para no extendernos más en este medio, la tarea de redimir a los más pobres de los más pobres e indefensos de Bogotá, es una prioridad social en la cual hará falta mucho liderazgo social. Es necesario que desde los barrios más cómodos, más seguros y bonitos de Bogotá, nos involucremos de alguna manera en la solución.

La pregunta es: ¿tendrá Peñalosa y su equipo el liderazgo y la sensatez requerida para semejante desafío?