“Escenas de la vida cotidiana” en la Oficina de Registro de Instrumentos Públicos

Una oficina desmañada, un trámite engorroso, unos avivatos al acecho, y un público desesperado, son el caldo de cultivo ideal para crear la conciencia del “todo vale”.

Ernesto Lleras
Ernesto Lleras
Profesor
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14 de Julio de 2017

La corrupción empieza por casa. La eficacia en la prestación de un servicio es una forma de respetar a los ciudadanos. Y la ineficacia es tierra abonada para la corrupción.

Tenía que pagar un impuesto de registro y unos derechos. Fui entonces a la Oficina de Registro de Instrumentos Públicos (ORIP), zona centro.

El monto del impuesto y los derechos era elevado. Pregunté si podía pagar con cheque, o con tarjeta. No, tiene que ser en efectivo, me dijeron después de hacer la liquidación. Tiene que volver a comenzar mañana, y traer el monto en efectivo. Eso no me lo habían contado de antemano. Perdí el viaje.

Al otro día, con el dinero en el bolsillo, después de transitar las calles aledañas con el miedo natural a ser asaltado, volví a comenzar los trámites. Una cola no muy larga primero: la liquidación.

Luego, a pagar. Solo se puede en una sucursal del Banco de Colombia, instalada dentro de la ORIP. No entendí por qué no hay mas flexibilidad, como por ejemplo, pagar en otro banco y venir con el recibo. O hacer todo por internet, ¡caramba! No.

Después de pagar, hay que salir de la oficina a un cuchitril en la calle para sacar fotocopias de los recibos. El aparato de fotocopias estaba fagocitando la escritura del cliente anterior. Pregunté que pasaba. “Es que el papel es muy viejo y la máquina se traba”, me dijeron con gran tranquilidad, mientras entregaban los restos de su escritura a una señora bastante alarmada.

Mis recibos resultaron incólumes porque exigí otro método de copia.  Tuve la suerte de aprender de la víctima precedente. Al volver a la oficina principal de la ORIP, me enviaron a una columna donde debía sacar un turno. La máquina de turnos ofrece un menú de posibilidades asombroso. No supe que hacer. Pregunté, y un señor servicial y conocedor, salido de la multitud, estiró una mano muy ágil y digitó lo que sería mi opción. Siempre se encuentra una mano amiga.

Con el turno en la mano, (136) me dirigí a las ventanillas. De diez habilitadas solo funcionaban tres. Iban en el turno 102. Me senté en una silla enfilada en un sistema como de terminal de transporte, lleno de gente. Las personas charlaban animadamente y se reían, con aire de que había que amenizar la espera. Pasaban vendedores de lotería, emboladores.

Me sorprendió un señor que parecía vender turnos. Mi vecina de la izquierda, que tenía el 134, compró el 111. A mi me dio vergüenza, hacer lo propio, y me resigné a mi 136. Otra señora repartía unos volantes para agilizar la entrega vía 4/72, la compañía nacional de correos. Solo costaba 7.500 pesos, y tenían  ventanilla propia y funcionarios uniformados.

Hora y media mas tarde, habiendo comprado el servicio de 4/72 después de que el funcionario de la ventanilla me explicara que viniera en quince días y, si tenía suerte, habría salido el documento finalizado. Terminé con ganas de ir a un baño, hambre y un leve mareo.

Colofón. La corrupción entra por casa. Una oficina desmañada, un trámite engorroso, unos avivatos al acecho, y un público desesperado, son el caldo de cultivo ideal para crear la conciencia del “todo vale”. Si eso es para legalizar una simple compraventa, ¿cómo será la legalización de tierras a gran escala en el llamado posconflicto?