Mujer y pobreza

Sin modificar los patrones de reproducción las mujeres pobres seguirán siendo víctimas de toda forma de violencia en su contra, hoy día tan solo tenemos un puñado de procedimientos administrativos altamente ineficientes para garantizar una real y efectiva protección.

Alejandro Alvarado Bedoya
Alejandro Alvarado Bedoya
Abogado e Historiador
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20 de Marzo de 2018

Las mujeres en condición de pobreza tienen mayores riesgos de ser víctimas de toda forma de violencia en su contra, la solución no es únicamente crear procedimientos legales que sancionan la agresión, ni tampoco albergues para acoger mujeres agredidas, la solución pasa por restringir la natalidad como única forma realmente viable de reducir hombres agresores, y mujeres agredidas.

A simple vista parece un argumento que entraña discriminación y etiquetamiento social, relacionando pobreza con violencia, lo cierto es que ser pobre es la forma más inhumana de vivir, pues condena a quienes la sufren a lidiar con todo tipo de dificultades y humillaciones, y nada puede justificar algún tipo de dignidad en la pobreza.

Los estudios de la profesora Virginia Gutiérrez de Pineda señalaban hace más de 30 años que “(…) el nivel educativo de la mujer es la variable más determinante para explicar la aceptación de los métodos modernos de control natal”, y el número de años mínimos de estudio va directamente relacionado con la capacidad económica del contexto social de la mujer. Nosotros en Bucaramanga tenemos sectores como el Norte de la ciudad con una estadística de tiempo promedio de escolaridad de 7.7 años, muy por debajo de la media nacional que se sitúa en 9 años.

En términos muy francos, a las mujeres pobres que tienen que parir hijos pobres les cuesta mucho más sacarlos adelante, son expuestas a toda forma de violencia partiendo en sus edades jóvenes, con violencias sexuales en muchos casos causadas por familiares cercanos, y en su edad adulta, violencias intrafamiliares generadas por sus parejas.

Se hace necesario entonces separar dos nociones, la sexualidad de la procreación, interviniendo en comunidades pobres con mecanismos de planificación familiar y educación sexual. En Colombia ya se probó que “(…) la píldora anticonceptiva abrió el campo a nuevos valores y conductas sociales que atenían que ver con las relaciones entre los géneros, la educación de los afectos, la formación y la vida de las parejas, la preferencia sobre el número de hijos”.

Retrasar o inhibir la maternidad en mujeres pobres aumenta las posibilidades de ingresar a educación básica y profesional, y a mercados laborales formales e informales. Mejora las condiciones de cuidado y manutención de los niños, y reduce el tamaño de las familias. Si quieren reducir la violencia contra la mujer, debemos atender la pobreza primero, y una de las bases del problema es la reproducción sin ningún control de nuevas generaciones sin futuro, de lo contrario, seguiremos en la eterna revisitación de los lugares comunes.