Las mujeres y otras luchas

Esta subjetivación no permite que se condense un descontento general contra quienes ejercen el poder o su visión de las cosas, sobre todo el económico, y las reivindicaciones terminan por ser neutralizadas e integradas al sistema.

Diego Gallardo
Diego Gallardo
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17 de Noviembre de 2017

La discusión suscitada por la no inclusión de mujeres escritoras en la delegación colombiana que participará en el evento de la Bibliothèque de l’Arsenal 2017, en el marco del Año Colombia – Francia, y cuya escogencia estuvo a cargo del Ministerio de Cultura, ha puesto a escritores, gestores culturales y líderes de opinión, a debatir sobre el ninguneo de la mujer, más aún, en un ámbito como el literario que se supone, debió haber superado estos paradigmas hace mucho tiempo.

El reclamo hecho por las escritoras colombianas, así como las luchas que las mujeres han mantenido durante tantos años, es más que justo, pues no hay duda de que culturalmente han sido desplazadas por una visión masculina del mundo. Estas luchas, junto con las de los grupos “minoritarios”, con el tiempo se han politizado y han tenido un fuerte efecto liberador, logrando cierta reivindicación de los excluidos culturalmente (mujeres, gays, indígenas, minorías étnicas, etc).

Sin embargo, estos reclamos deben superar una cuestión “multicultural” o de género, y empezar a cuestionar las decisiones de fondo que nos afectan a todos. Estas luchas subjetivas terminan, muchas veces, por reducirse a una cuestión cultural que no logra incidir de manera directa sobre los problemas estructurales del ordenamiento político y económico que afectan a todos los ciudadanos. Esta subjetivación no permite que se condense un descontento general contra quienes ejercen el poder o su visión de las cosas, sobre todo el económico, y las reivindicaciones terminan por ser neutralizadas e integradas al sistema.

El mejor ejemplo de esto son las protestas y manifestaciones gremiales. Antes de que estas se condensen en un reclamo global, y que la reivindicación específica revele su dimensión de descontento universal, que es la exclusión, el poder económico y político acepta resolver el reclamo puntual y lo muestra como un avance en cuanto a aceptación y a “multiculturalidad”, anestesiando con esto la intolerancia al poder. Una transacción que impide una reivindicación universal y que retuerce a su favor los descontentos específicos.

No se trata, pues, de restarle valor a las luchas que han dado las mujeres y otros grupos históricamente excluidos. Se trata de condensar estos reclamos en un descontento general que cierre las brechas económicas y sociales que se siguen perpetuando e imponiendo su ideología de mayoría moral, lo cual constituye el verdadero impedimento para que se hagan efectivas las reivindicaciones universales.