La inútil guerra contra la fe

El respeto a la diferencia, la tolerancia, el pluralismo son elementos esenciales para vivir en sociedad, eso implica la defensa de la laicidad, sin la persecución a los creyentes. 

Alejandro Alvarado Bedoya
Alejandro Alvarado Bedoya
Abogado e Historiador
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09 de Julio de 2017

En la defensa de la separación entre religión y Estado es innecesario hacer guerra a la fe, ni al sistema de creencias de las personas.  A esta conclusión ha llegado un teórico de relevancia para el tema como lo es Jünger Habermas, quien además llega a afirmar que las religiones aportan a la sociedad cuando se da un estímulo positivo a los sujetos de asumir una buena conducta en su comportamiento.

El papel del Estado es el regular las manifestaciones de las religiones cuando pretenden inmiscuirse en asuntos públicos, prohibiendo su incidencia en el Estado, y garantizando a través del pluralismo el libre ejercicio de aquellas creencias que no son religiosas, incluso, aquellas que son antirreligiosas.

Fortalecer las garantías religiosas lejos del Estado, también ayuda a mejorar el pluralismo y la diversidad, el desafío de los estados es generar consensos sociales donde el respeto y la dignidad sean los límites que no se pueden franquear. Mientras tanto, toda aquella manifestación que atente contra las creencias de las personas debe ser transformada.

Aquellos que creen, deben respetar a las personas que no cuentan con una religión en sus vidas, ni un culto en el cual refugiarse. Así mismo, a modo de ejemplo, aquellos que han decidido transformar su identidad sexual deben ser respetados, tanto como aquellos que mantienen su heterosexualidad. El límite a la diferencia en este último caso es la homofobia.

La base del pluralismo es la tolerancia, el respeto por el otro, y es una de las tareas más difíciles. Incluso para personas que hemos considerado académicamente este tema, el motivo de esta columna es ofrecer excusas públicas por mis comentarios desafortunados, ruego perdón a las personas que en concreto ofendí, debo dar las gracias por enseñarme con humildad, a fuerza de su ausencia.