La engañosa sobrevaloración de la objetividad y la independencia periodística

En las facultades de comunicación se ha tendido a satanizar a los medios, paradójicamente, por estar vinculados a un grupo económico o estar identificados con una ideología específica. Es a partir de allí que el discurso en defensa del periodismo independiente se genera...

Santiago Gómez
Santiago Gómez
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13 de Agosto de 2015

En las facultades de comunicación se ha tendido a satanizar a los medios, paradójicamente, por estar vinculados a un grupo económico o estar identificados con una ideología específica. Es a partir de allí que el discurso en defensa del periodismo independiente se genera entonces, casi de manera exclusiva,  suponiendo que cualquier interés político o económico que se transmita desde las posiciones editoriales enrarece su ejercicio y manipula deliberadamente a la ciudadanía.

En esa afirmación hay tanto de cierto como de falso. El periodismo independiente no necesariamente es la panacea y puede no siempre ser creíble, adecuado y responsable, así como el que es declaradamente defensor de intereses no siempre es el paradigma de un mal ejercicio informativo en sociedades tan altamente interconectadas como las actuales.

Lo positivo: la tecnología favorece la independencia y acerca lo político al ciudadano

El periodismo independiente es aquel que está por definición y de manera demostrable desligado de cualquier interés económico o de cualquier poder político. Ni más ni menos. Agregarle responsabilidades que elevan al periodista independiente a poseedor de la verdad y representante de la objetividad, es tan peligroso como pretender que toda noticia ligada a un interés empresarial es mentirosa.

Hoy el periodismo independiente, entendido así, se ve favorecido por el actual torrente informativo al que nos autoexponemos conscientemente, que se deriva, por una parte, de la omnipresencia mediática, producto del vertiginoso desarrollo tecnológico, pero por otra, de un apetito desmedido de los ciudadanos conectados por sensaciones como el deseo de orientación, representación,  creación, cercanía,  conexión, inmediatez, conocimiento o, incluso, de velocidad, constatable en los consumidores tanto ocasionales como frecuentes de información.

El advenimiento de las nuevas tecnologías y la masificación de su uso pusieron en manos de ciudadanos, no necesariamente conectados a los circuitos económicos y políticos, el poder de la producción y difusión de contenidos informativos. Hoy no solo somos consumidores de información sino que cada vez, con creciente facilidad, somos prosumidores, tal como afirmó Toffler. El periodismo surgido de dicha realidad aumentó la capacidad y facilidad de producir y publicar masivamente información políticamente relevante y ejerció, en principio, un impacto altamente democrático, distribuyendo el poder de la información y la información del poder, desplazándola hacia los ciudadanos independientes, promoviendo un modelo de participación cada vez más horizontal e incluyente; hizo cotidiano lo político.  Así, participar en discusiones públicas con cientos de interlocutores hiperconectados a la ‘blogosfera’ o a las redes sociales reintegró lo político a la cultura popular.

Los nuevos medios están en su esencia, libres de limitaciones derivadas de un soporte técnico concreto o de intenciones deliberadas de terceros, proponiendo contenidos organizados por temas, a la carta, de manera selectiva e individual. La Red, entonces, se fortaleció como medio multilingüístico, multimedial, multidisciplinario y promotor de la transmisión de heterogeneidades que, paradójicamente, terminan moldeando la opinión pública conectada.

El contacto con los más diversos portavoces, el quiebre de dichas barreras de acceso a lo público, promueven la libertad de expresión y eliminan intermediaciones tradicionales, creando, en algunos casos, otras nuevas. El ciberespacio se convierte así en un ámbito inclusivo e incluyente, permitiendo la expresión pública a los conectados, revelándolos como ciudadanos mejor informados, políticamente más beligerantes y socialmente más conscientes y activos que los ciudadanos offline.

Gracias a la tecnología y al buen uso que de ella se haga, se quiebra el monopolio de la información de quienes tienen poder. Por eso, dejan de existir emisores que ostenten la autoridad incuestionable de la verdad. Y eso promueve el debate, fortalece el pensamiento crítico, pero a la vez y de manera incuestionable, exige el consumo consciente de contenidos periodísticos.

Lo negativo: la independencia no garantiza calidad

Erróneamente se ha identificado la independencia periodística con objetividad.

Filosóficamente, la objetividad tiene relación con el hecho de que la realidad se representa y se transmite tal y como es. Los hechos que la representan y la constituyen son, en ese sentido, independientes de los sujetos que establecen con ellos la relación que permite el conocimiento. Es decir, el sujeto cognoscente no interfiere en el proceso cognitivo.

Pero el periodismo es esencialmente el ejercicio de interpretación de una realidad social intersubjetiva y por ello, como dijo Kapuscinsky, “el verdadero periodismo es intencional…no hay otro posible.

Por eso, facultades de periodismo que continúen formando para la objetividad, favoreciendo la desaparición del sujeto, privilegiarán la mecanización del desarrollo disciplinar en desmedro de un profesional activo, comprometido y participativo con lo social. Lo objetivo es una cualidad de los objetos, lo subjetivo de los sujetos. Por ello, es necesario formar para un post-periodismo militante que asuma un nuevo concepto de objetividad y supere el dilema tradicional que la asocia con la neutralidad. Formar para un periodismo bien hecho, riguroso, para la producción de contenidos pertinentes y socialmente significativos.

Y lo anterior se logra con o sin independencia. Se puede ser independiente y mal periodista, así como estar comprometido con intereses editoriales específicos y definidos, y ser el mejor de los comunicadores.

La independencia cobra valor si los contenidos difundidos responden a un proceso investigativo serio y responsable, cuidadoso y profundo. A una selección crítica de las fuentes y a contrastarlas para dar posiciones diversas frente a un mismo objeto de observación periodística. Lo verdaderamente independiente será mejor si aparece cuando se confirma y se soporta lo dicho con pruebas legítimas y fehacientes. En última instancia, lo que hace al periodismo útil para la sociedad, es el proceso a través del cual se ha producido y difundido la información, no necesariamente el que su emisor esté desligado de líneas editoriales y financiación de terceros. Lo que hace bueno al periodismo no es su independencia, es la rigurosidad con que se ejerce.

Los retos éticos del periodismo en la era digital

Internet y las redes sociales son reflejo y espejo de lo social, constituyen el sustrato material de la sociedad y de las ciudadanías online, y soportan las nuevas relaciones derivadas del avasallante desarrollo tecnológico y del cambio social en la actualidad. La transparencia y las nuevas aristas democráticas que promueven nos imponen el reto de construir e interiorizar en nuestros comportamientos cotidianos, por una parte, una éticaque termine haciéndonos productores responsables, no solo respondiendo por lo que decimos, escribimos, trinamos, sino por las variadísimas interpretaciones que de ello se hagan, y por otra, una ética como consumidores que nos haga adoptar posiciones críticas frente a la fiabilidad de la información que recibimos, minuto a minuto, de unos medios que vertiginosamente, y con el paso del tiempo, serán indispensables para entender el mundo que nos rodea.