El último viaje

Ella tenía 12 años, vivió buena parte de su vida en los hospitales, entre niños enfermos de cáncer, era una paciente con leucemia linfoblástica aguda en recaída, refractaria, o al menos eso me dijo su médico. El último deseo de sus padres era ver morir a su hija en Tasco, Boyacá, de donde habían salido buscando remedio para una vida inviable.

Alejandro Alvarado Bedoya
Alejandro Alvarado Bedoya
Abogado e Historiador
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08 de Mayo de 2017

Ella tenía 12 años, vivió buena parte de su vida en los hospitales, entre niños enfermos de cáncer, era una paciente con leucemia linfoblástica aguda en recaída, refractaria, o al menos eso me dijo su médico. El último deseo de sus padres era ver morir a su hija en Tasco, Boyacá, de donde habían salido buscando remedio para una vida inviable. Quien haya vivido con un familiar una enfermedad así logra entender que la agonía es dolorosa, lenta y llena de preguntas: ¿Cuándo sucederá?, ¿Sentirá dolor?, ¿Es mejor dejar ir al ser amado ante lo incontrovertible?.

Tantas angustias resumidas en un acto, y sin embargo parece que todo el sistema se confabula para hacerlo más dramático, la EPS a la que Jessica estaba afiliada negó el traslado a su pueblo alegando falta de ambulancias para llevarla con garantías, sus padres sabían que la batalla estaba perdida, también sus médicos, y sin embargo, los dueños de la chequera decidieron que el límite ético del derecho a la salud no incluía un viaje sin retorno al pueblo donde vivió los pocos años que pudo disfrutar.

La solidaridad no se hizo esperar, apenas su médico me contó la historia llamé a varios amigos rogando su compañía, su esfuerzo, su apoyo, todos me acompañaron, las conversaciones iban y venían, ¿será mejor en avión?, ¿cuánto vale el traslado?, ¿qué han dicho los papás?, hasta que llegamos a la conclusión: será mejor hasta el lunes, el lunes decidimos lo que suceda, ella no puede morir en el camino, debe llegar con vida.  Jessica no nos espero, se fue como se mueren los grandes, atrapada en el laberinto de su enfermedad que le correspondió en suerte se ha despedido sin mayores protocolos, se marchó cuando sus fuerzas lo permitieron, ahora en algún lugar del cosmos descansa en la tranquilidad del universo.

En últimas, a la pregunta que el ministro Alejandro Gaviria hizo en algún momento sobre el límite ético del derecho a la salud, lo único que puedo responder es que no existe un límite ético a la dignidad humana, todos tenemos derecho a vivir, y a morir con dignidad, y la sociedad debe estar en capacidad de asumir el costo de cumplir los sueños de aquellos que se despiden, no es un asunto del sistema, es un asunto de humanidad.