El derecho a no perdonar

No ganó Álvaro Uribe, ni perdió la sociedad colombiana, el presidente Juan Manuel Santos se asesoró mal, nadie le contó de la posibilidad de que amplios sectores del país no estuvieran dispuestos a perdonar. 

Alejandro Alvarado Bedoya
Alejandro Alvarado Bedoya
Abogado e Historiador
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05 de Octubre de 2016

No ganó Álvaro Uribe, ni perdió la sociedad colombiana, el presidente Juan Manuel Santos se asesoró mal, nadie le contó de la posibilidad de que amplios sectores del país no estuvieran dispuestos a perdonar. La democracia es bastante imperfecta porque unos cuantos votos hacen la diferencia, es la forma de elección donde los que más griten tienen más chance de ganar, ahora en un momento de angustia para el gobierno nacional y se tienen más preguntas que respuestas.

Nadie se esperaba una derrota de esta manera, pero el exceso de confianza del gobierno nacional le salió caro, firmar lo acuerdos en Cartagena hacía del plebiscito un simple acto protocolario, ahora con poco margen de negociación se buscan alternativas todas ellas bastante inviables por cuestiones de tiempo en la agenda legislativa y por cuestiones de poder político.

Sin pretender hacer el ejercicio inútil de buscar culpables, es importante recordar que puntos como la participación política y la amnistía eran líneas rojas que tocaban heridas sensibles en la mentalidad colectiva. Ningún experto le contó al presidente que una vez terminada la segunda guerra mundial los principales líderes nazis fueron ejecutados, y aquellos que lograron huir fueron perseguidos y cazados por los judíos, nadie le contó al presidente que Mussolini terminó fusilado y su cuerpo ultrajado en Milán. 

El mundo occidental ha dado muchos más ejemplos donde se necesita socialmente castigar a los responsables, las víctimas siempre quedan en la mitad del debate, ambas posiciones se presentan como los defensores de sus derechos, sin embargo perdonar es una decisión persona, y social, y hasta el momento la mayoría de electores han decidido posponer el fin del conflicto.

No es posible desconocer la importancia del ejercicio del plebiscito, se pretendía que la decisión fuera democrática, y lo fue, ningún defensor del sí puede quejarse por falta de garantías, aún con todo el aparato de propaganda del Estado no lograron convencer a más personas que la competencia. Ahora lo que sigue es incierto, volvieron a confiar en la democracia y perdieron, y el camino que queda solo deja el camino de la constituyente, que al fin de cuentas no tendría ya mucha legitimidad, más de 6 millones de colombianos se oponen a darle el sí a los acuerdos tal cual están.

Si es la legitimidad la que preocupa deberán renegociar lo acordado a un nivel más exigente, será necesario pensar en la cárcel como escenario de castigo, y en limitar la participación política, puntos sensibles que deben cumplir estándares más rigurosos aunque volver a pensar en un escenario de refrendación democrática dejaría al presidente Santos sin capacidad de maniobra, y no hacerlo le daría un toque autoritario que no permitiría consolidar socialmente lo acordado, al fin y al cabo 13 millones de personas participaron en la decisión, hay interés de sobra por el tema.

Mientras se encuentra una solución seguimos en guerra, sin lugar a dudas no podemos imponerle a una sociedad el deber de perdonar, aún así lo que más angustia es que buena parte de los 6 millones de colombianos que fueron por el no en realidad se oponían a los derechos de minorías, el fundamentalismo radical de un país que se debate entre el oscurantismo y las ideas más esenciales de libertad y dignidad humana.