El “monstruo” de chapinero y la paradoja del chivo expiatorio

La paradoja del chivo expiatorio se comprende en la medida que dicha solución no representa un acto de justicia, más bien simboliza la evasión de la responsabilidad que nos cabe como sociedad, desplazándola hacia un culpable sacrificial, quien debido a la naturaleza de su comportamiento puede ser tipificado bajo la conveniente categoría de monstruo.  

Carlos Duarte
Carlos Duarte
Línea de Investigación en Desarrollo Rural y Ordenamiento Territorial del Instituto de Estudios Interculturales - Universidad Javeriana de Cali.
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09 de Diciembre de 2016

Lo digo de una vez: sin lugar a dudas, el crimen de Yuliana Samboní es a todas luces ¡aborrecible! De igual manera, afirmo sin temor a equivocarme, que la violación de mujeres y de niños no se reducen a casos aislados que emergen atípicamente sobre las aguas de nuestra realidad cotidiana; como tampoco lo son, el asesinato de líderes sociales, el desplazamiento forzado y el despojo material. Tal y como lo muestra el caso de la pequeña Yuliana, pero como también lo evidencia el abigarrado repertorio de formas de matar y re-contramatar en la violencia de los años 50s, o las increíbles teatralidades de la tortura y el horror que instalaron los actores armados de nuestra violencia reciente, estas recurrencias no distinguen entre escenarios rurales o urbanos, y sus victimarios tampoco están determinados por factores de clase, ideología o religión. En cambio, sí parece existir algo en común: la prevalencia de una estructura profunda, enraizada en nuestra historia nacional, que permite a los sujetos ubicados en los más diversos espacios de poder ensañarse contra los sujetos y poblaciones en condiciones de vulnerabilidad. De este modo, nuestras guerras estructurales o los conflictos de todos los días, raramente oponen a partes con capacidad de inflingir un daño recíproco. Por lo general, son violencias colaterales y profundamente asimétricas. Resultado final: los verdugos pueden tener muchas caras (miembros de las altas clases sociales, personajes del común, señores de la guerra, líderes políticos o religiosos), mientras que las víctimas casi siempre pertenecen a las mismas poblaciones. 

Tal y como sucedió con la tragedia aérea del Chapecoense, los colombianos expresaron su duelo y solidaridad de forma masiva ante el caso de Yuliana Samboní. Sin embargo, a diferencia del desastre aéreo del equipo brasilero, el poder performativo del feminicidio, así como sus móviles y sus efectos parecen acomodarse sin problema a la multitud de intereses y facciones ideológicas que componen nuestra sociedad. El asunto parece llegar a un punto en el que es difícil no preguntarse ¿cómo es posible que surjan interpretaciones tan disímiles y contradictorias de una misma tragedia? Por ejemplo, han circulado posiciones que descontextualizan la premeditación del feminicidio, intentando desplazar el peso moral de este crimen hacia el consumo de sustancias psicoactivas. Aún  más increíble, fue la publicación en la sección Salud de El Tiempo de una noticia en el que ofrecen una serie de orientaciones para “” violador y abusador de niños. Tal promesa termina diluyéndose en un conjunto de señales como la “locuacidad” y el “encanto superficial”, las cuales rayan en la trivialidad, y que terminan incrementando el pánico colectivo y la estigmatización delirante. Sin embargo, pienso que es aún más perverso el abuso ideológico de este crimen. En este campo se ubican posiciones que conectan el asesinato y la violación de niñas a uno y otro lado de nuestro espectro político contemporáneo; de modo que la figura del “monstruo de chapinero” aparece bien sea junto a Rodrigo Londoño (Timochenko) o al lado de Álvaro Uribe Vélez. Parece mentira que una desgracia que debía convertirse en una lección para la sociedad en su conjunto, amenaza con transformarse en un nuevo escenario de confrontación para nuestra bipolaridad constitutiva.

Punto aparte merece el trabajo denodado de las organizaciones feministas, quienes luchan porque este feminicidio se convierta en un ejercicio pedagógico, a través del cual nuestra sociedad pueda dimensionar la magnitud del riesgo que significa ser mujer en nuestro país; sobre todo cuando dicha construcción se intersecta con vectores de clase, etnia y edad. Sin embargo, es necesario reconocer que estamos atrapados en una sociedad que le encanta vivir de dramas cotidianos y coyunturales, pero que adolece de responsabilidades compartidas. Bajo el anterior panorama pienso que el poder crítico del paradigma feminista y, por lo tanto, su potencial pedagógico reside -a pesar del dolor y la rabia- en su capacidad de convocatoria amplia y sincera al conjunto de la sociedad, para seguir enseñándonos que este tipo de situaciones nos cuestionan más allá del género en nuestra condición humana.

El desafío anterior significa ser vigilante con los debates y expresiones de odio que tienden a circular emancipados entre la siempre engañosa “opinión pública”. El calado de este crimen ha vuelto a movilizar los deseos más primarios que piden la implantación de la castración química o la Pena de Muerte en nuestro país, así como el linchamiento real del presunto culpable. Una lección que este país se resiste con vehemencia a digerir es que el odio por lo general produce mayor odio. La paradoja del chivo expiatorio se comprende en la medida que dicha solución no representa un acto de justicia, más bien simboliza la evasión de la responsabilidad que nos cabe como sociedad, desplazándola hacia un culpable sacrificial, quien debido a la naturaleza de su comportamiento puede ser tipificado bajo la conveniente categoría de monstruo

La reflexión precedente no exime de presiones al Estado colombiano. Su duelo no puede resumirse a los 140 caracteres de un tweet o a una alocución presidencial, el compromiso efectivo de la Ley es con la Justicia. De ese modo, los y las colombianas exigimos que el proceso judicial que lleve al esclarecimiento del crimen de Yuliana Samboní se cumpla a cabalidad y sin las tradicionales dilaciones de clase a las que nuestro sistema jurídico nos tiene acostumbrados, para que todo el peso de la Ley caiga sobre los responsables directos e indirectos.