Agua: la batalla que pierde la vida

Sin agua, lo escribo porque la Cámara lo olvidó, no hay vida y sin embargo el proyecto no pasó. La omisión de la Cámara pasó, más bien, por encima de los colombianos, suelos, ríos, plantas y animales, por encima de su garantía del acceso al agua.

Andrés Vargas Ferro
Andrés Vargas Ferro
Politólogo y periodista
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14 de Diciembre de 2016

Una derrota. La historia que se cuenta sobre los recursos naturales parece no escapar de un maniqueísmo clásico, una batalla entre el mal y el bien, que no conoce escala de grises y contundentemente, como un golpe a la cara para los verdes, se hunde el proyecto del agua en la Cámara, que esperaba convertirla en un derecho fundamental.

El proyecto fue en marzo de este año por el Senador Jorge Prieto. El representante de la Alianza Verde quería llenar un vacío elemental en nuestra Carta Magna, el agua no aparece como un derecho. Omisión que atenta transversalmente, si las condiciones ambientales siguen como van, al artículo 11 sobre el derecho fundamental a la vida. El proyecto atribuía su prelación al uso en seres humanos obligando al estado a protegerla, para evitar la desaparición de las fuentes hídricas dentro de los distintos territorios.

Sin agua, lo escribo porque la Cámara lo olvidó, no hay vida y sin embargo el proyecto no pasó. Pasó, más bien, por encima de los colombianos, suelos, ríos, plantas y animales, por encima de su garantía del acceso al agua.

Por ejemplo, la protección del Estado es vital, tan sólo en nuestros ríos y suelos se vierten casi 760 toneladas de residuos orgánicos, aproximadamente 1000 toneladas de sustancias químicas y más de 200 toneladas de mercurio. En dicho contexto asombra que se hunda un proyecto que blindaba constitucionalmente la prelación para el consumo humano y su protección socio-ambiental a través de una agenda legislativa que no supo ponderar el valor del acceso para el consumo y prioriza su uso energético, agrícola e industrial.

Además, no hay mucha claridad ni voluntad para entender las necesidades ambientales y energéticas del país, por ejemplo, la industria minero-energética usa aproximadamente un 4% del líquido, según el Estudio Nacional del Agua realizado por el IDEAM en 2014, un porcentaje menor que el doméstico pero su impacto residual alcanza a ser más alto. El éxito es comprender las posturas de ambas, de vida; movilidad y desarrollo para lograr una solución real sobre la visión de país que queremos. Es necesario dejar a un lado los extremos, para ver los recursos de la nación dentro de un balance que se construye a partir de alternativas y puntos de convergencia que apalanquen lo que ha sido durante años  la pugna entre el agua o el aceite, el agua o el petróleo, el agua o la energía y podamos hablar de una manera incluyente.

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