¡San Pacho, hacenos el milagrito!

Los desfiles barriales en las Fiestas Patronales de “San Pacho” son una metáfora de Quibdó. Una ciudad que necesita pensarse, sanarse e integrarse para superar la violencia, la desigualdad, las tensiones y barreras invisibles del territorio. 

Ana María Arango
Ana María Arango
Antropóloga
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02 de Octubre de 2017

Los desfiles barriales en las Fiestas Patronales de San Francisco de Asís, “San Pacho”, son una metáfora de Quibdó. En el San Pacho, después del desfile del 20 de septiembre que abre las festividades; es decir, del 21 de septiembre al 2 de octubre, salen los “barrios franciscanos” a desfilar con su bastón de mando enarbolado por su presidente, su bandera, su disfraz (carroza temática que hace un tipo de denuncia frente a las situaciones sociales y políticas del territorio), y decenas de comparsas que se caracterizan por llevar un traje colorido llamado “caché”.

Estas comparsas a su vez son acompañadas por “chirimías”: pequeños grupos musicales que con bombardinos, clarinete, platillos, tambora o bombo, saxofón y redoblante, acompañan el deleite de las danzas y sincronizan  los cuerpos en un solo compás.

Al finalizar las comparsas, otras chirimías, con sonoridades más estridentes en sus vientos y golpes fuertes en la percusión, acompañan grandes vehículos en donde algún personaje con picardía y humor local va inventando dichos y melodías que interpretan el sentir del momento.

Cerca de éste, mujeres esbeltas bailan seductoramente para la multitud en trance y promocionan un aguardiente que alguna vez fue chocoano. A esta multitud salida de los lugares más recónditos de la ciudad, se le llama “revolú”.

Hay, sin embargo, diferentes revolús. Al final de las comparsas con cachés, algunos espontáneos se unen a la danza. Son personas que no pudieron engalanarse pero quieren hacer parte del desfile, damas “divinamente” que en lugar de ir al gimnasio deciden bailar la mayor cantidad de barrios posibles y así  perder unos kilitos.

O “gotereros” que no pueden participar en las elegantes comparsas de adelante y  esperan que alguno de los espontáneos de atrás se compadezca y les regalen algo de beber. De ahí para adelante el estrato social del desfile va bajando y los trajes, conductas, olores y sudores, evidencian otra realidad.

El último revolú es el que contiene toda la fuerza, es la democratización real de la fiesta. Es muchas veces también la cara oculta de la ciudad que una vez al año decide salir y mostrarse en todo su esplendor. Ese es el desfile de cada uno de los barrios, pero es también la fotografía de una ciudad que necesita expresarse.

Es Quibdó. El Quibdó en donde las clases altas van adelante dando la espalda a la muchedumbre enardecida: la que sale de los barrios excluidos, la que tiene hambre, la que suda, la que tiene mal olor. El Quibdó en el que salir en varias comparsas es símbolo de poder; demostrar capital económico, político y social. El Quibdó en donde en los últimos años los revolús se han convertido en el campo de batalla de las bandas criminales  y donde se evidencian las tensiones y barreras invisibles del territorio.

El Quibdó que está recogiendo los frutos de años enteros de exclusión, en donde el campesino señalado de “chocha”, “cajulo” o “coralibe” ha sido estigmatizado y marginalizado a pesar de haber sufrido las vicisitudes de una guerra ajena, a pesar de cargar el dolor de la muerte, la desmembración de su tejido social y el despojo. El Quibdó que revictimiza a las víctimas; en donde madres que tuvieron que llorar la muerte o las desapariciones de esposos y hermanos en ríos que se tiñeron de sangre, ahora entierran a sus hijos en funerarias de ciudad que ya no entonan alabaos sino rap o reggaetón.

El año pasado el San Pacho dejó decenas de heridos y cuatro muertos. Este año la gente está más tranquila. La policía hace presencia significativa y se ha dedicado a requisar e incautar cientos de armas en su mayoría corto punzantes. La noticia del momento es, entonces, que no ha habido muertos. Pero algo más tuvo que pasar.

Días antes de que comenzara la fiesta, líderes de las bandas delincuenciales, después de una de las semanas más sangrientas del año, firmaron con el Alcalde Isaías Chalá un acuerdo de paz en el que se comprometieron a acompañar las fiestas en sana convivencia. Incluso muchos de ellos han sido quienes en medio de los revolús o “bundes” han decomisado armas y han evitando así que se reviva el conflicto en estos escenarios.

Muchos miran con escepticismo este acuerdo, los procedimientos y la tensa calma que se vive en el momento. Otros más optimistas creen que ha llegado la hora de creer que otra ciudad es posible y que este pacto es sólo el comienzo de una nueva era, más incluyente y equitativa.

El domingo terminó la verbena del barrio Yescagrande, y el lunes terminarán las festividades en la Alameda. Quedan todavía el martes 3 y jueves 4 de octubre. El martes salen las balsadas, los disfraces de todos los barrios y habrá un espectáculo de pólvora.

El jueves 4, día de San Francisco de Asís, saldremos a las tres de la madrugada y a las dos de la tarde (en los gozos y luego la procesión) a acompañar al Santo por toda la ciudad. En nuestro caminar le pediremos que esta tregua permanezca. Que no sigamos enterrando a nuestros jóvenes, que cese la inseguridad, que la corrupción deje de ser el status quo que rige las lógicas de las instituciones y que arrebata a los niños y jóvenes las condición es mínimas para vivir… simplemente eso, vivir.

Ojalá algún día esas comparsas se den la vuelta, miren hacia atrás: vean esa ciudad que dejó de ser “el pueblito sabroso” y es ahora otro lugar que necesita pensarse, reinventarse, sanarse, integrarse. ¡Ojalá San Pacho nos haga el milagrito!

 
Fotos: Ana María Arango.