El Juego del Estado, tercera parte: los jugadores y la necesidad recuperar la identidad cultural

En esta nueva partida del juego del Estado, las poblaciones étnicas y los campesinos con derechos territoriales en las regiones deseadas por del gran capital son los objetos de intervención.

Harrinson Cuero
Harrinson Cuero
Investigador asociado al CIDER Universidad de los Andes
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21 de Marzo de 2018

Cada cuatro años hay una nueva partida/campeonato en el juego del Estado Colombiano, y cada cuanto una liga de los grandes poderes regionales o global. Ahora estamos viviendo un campeonato de ligas mayores y menores, y es prudente analizar su desarrollo y su relación con la muerte de más de 200 líderes sociales.

La desaceleración de la economía como consecuencia de la gran concentración de capitales por una minoría y el creciente malestar social ligado al surgimiento de gobiernos progresistas, de izquierdas son los elementos que nos traen el nuevo gran juego de poder al que asistimos en la actualidad.

Oxfam en su informe “Gobernar para las élites” enero de 2014, en otro sobre la concentración de la tierra en Colombia y la evasión de impuesto por parte del poder económico en España le da contexto a este nuevo escenario.

En esta nueva partida del juego del Estado, las poblaciones étnicas y los campesinos con derechos territoriales en las regiones deseadas por del gran capital son los objetos de intervención. Los grandes equipos harán uso de las instituciones estatales, de sicarios o grupos armados ilegales o informales y de la influencia corruptora del dinero para volver a ganar. Esto significa eliminar propuesta alternativas de gobierno como ya lo han hecho en Brasil, Ecuador, Argentina y Paraguay, así como también lo están intentando con fuerza en Venezuela y Honduras y de paso ampliar su control económico y político en el planeta.

 

La necesidad de identidad política: clave en el juego del Estado

Como señalé en el primer artículo de esta serie, el Estado no es un juego individual, es colectivo, y solo lo ganan equipos con jugadores expertos. Sin buenos jugadores, aquellos con el conocimiento de las reglas, de las funciones de cada una de las fichas y de la lógica que lo determina, las mayorías, es imposible ganar.

Pareciera un asunto menor, pero la falta de este conocimiento podría estar detrás del fenómeno en el que muchas mujeres jueguen a favor de grupos machistas (en la actualidad con argumentos refinados y absurdos), limitando así las posibilidades de desarrollo personal al interior de la sociedad. También se aprecia con la población LGBTI en donde muchos de sus miembros apoyan partidos políticos, grupos económicos e inclusos sectas religiosas abiertamente homofóbicas, y que muchos campesinos, afrodescendientes e indígenas apoyen desde el nivel local hasta el nacional a jugadores de otros equipos en detrimento de sus propios intereses.

En el juego del Estado los buenos jugadores y, por ende, los equipos exitosos son pocos. Esto es entendible si consideramos el hecho que desde los tiempos egipcios (que legaron a Grecia gran parte de su conocimiento) hasta la actualidad, el mantener el conocimiento de los asuntos del Estado lejos del alcance de las masas parece ser la estrategia más común de los regímenes conocidos.

Solo un selecto grupo designado por Dios, por su género y la propiedad podía acceder a la información que le permitiera participar en la definición y operación de las relaciones sociales, siempre a favor de estos y usualmente en detrimento de las mayorías. Estos últimos; siervos, súbditos, esclavos, feudos y en la actualidad votantes, debía y deben resignarse a las condiciones de vida desigual sin preguntarse el por qué de tal situación.

Ser consciente del equipo al que pertenece significa conocer su propia identidad política personal y colectiva, lo que el historiador, antropólogo, físico nuclear y político panafricanista senegalés, Cheihk Anta Diop, denomina personalidad cultural o colectiva. Esta personalidad le permite a un pueblo avanzar hacia la civilización o hundirse en la barbarie. Plantea Diop que la personalidad cultural puede potenciarse haciendo caminar al colectivo hacia el desarrollo pleno de su potencial (máximo nivel de civilización) o, por el contrario, debilitarse tanto expresándose en actos de barbarie en sus individuos. Según Diop, la personalidad colectiva esta compuesta de tres factores: el histórico, el lingüístico y el sicológico, y que el estado de presencia y/o conciencia de estos al interior del colectivo define personalidad colectiva.

En Colombia, como en otros países del globo, muchos grupos humanos padecen de personalidades culturales débiles lo que podría explicar el nivel de degradación cultural o barbarie alcanzado en el largo conflicto entre los perdedores eternos del juego del Estado.

Los grupos marginales y excluidos en Colombia son la materia prima de los grupos guerrilleros, militares y paramilitares. Los hijos de los campesinos, de los afrodescendientes y de los pueblos indígenas son en mayor medida los que alimentan las filas de todos los grupos en confrontación incluyendo a la fuerza pública. En consecuencia son los hijos de los marginales los que desarrollan actos de barbarie contra su propio grupo o contra otro de los grupos marginales del poder en beneficio de un pequeña élite que nunca entra al campo de batalla.

Solo la falta de identidad cultural podría explicar esto. Un breve vistazo por la clasificación socioeconómica de los combatientes, guerrilleros, militares y paramilitares, nos permitiría ver que pertenecen al mismo grupo social, económico y en algunos casos hasta cultural.

Imagen: El Espectador a partir de investigación de la Universidad Nacional.

Pero pese a lo anterior son precisamente estos quienes en el actual debate político defiende como propio los intereses de las clases privilegiadas que se lucran de la guerra y el dolor de los otros.

 

¿Qué hay de la personalidad colectiva de los colombianos?

La élite colombiana padece de un enorme complejo de inferioridad, siempre han intentado negar su herencia mestiza, quiere desesperadamente ser otra cosa, quizás británica, francesa, española o incluso estadounidense, sin haberlo logrado aún. Este es el legado colonial que los “criollos” y sus descendientes en el poder, aún persiguen. Hay que recordar que una de las principales causas de las gestas independentistas fue el trato desigual que el sistema colonial dada a hijos de españoles nacidos en las colonias.

Lo anterior se expresa en la visión homogenizante impuesta por la élite andina que se auto reconoce como blanca euro descendiente, pese a que oficialmente manifieste que este es un país de diversidad fruto de la mezcla de españoles, amerindios y afrodescendientes. Desde este autorretrato la élite andina se ha esforzado por diferenciarse del resto de la población aborigen, afrodescendientes, las mezclas y los derivados de estos y sigue religiosamente las directrices que desde los países coloniales le dictan sus anhelados hermanos mayores.

Este complejo, esta baja autoestima, esta detrás de la virulenta reacción de estas a las dinámicas políticas alternativas que surgieron en el país a principio de este siglo. Este complejo les cuesta construir conjuntamente con la Bolivia del indígena Evo Morales, el Ecuador del mestizo de Rafael Correa, así como con la Venezuela de Hugo Chávez, el Uruguay de Pepe Mojica, la Argentina de Cristina Fernández y la Centroamérica sandinista o del FML.

Esta élite es incapaz de pensarse la construcción de proyectos autonómicos de país o de región pese a la enorme riqueza de la que dispone y al gran potencial del continente. Está tan desesperada por ser aceptados en el club de las viejas potencias que está dispuesta a entregarlo todo y pasar por encima de cualquiera que se interponga en su camino. Temístocles Machado, Jair Cortes, Jonathan Cundumí, Wilmer Hernández y los otros cerca de 205 líderes asesinados en los último 15 meses dan cuenta de ello.

Si para ser parte de la OCDE y jugar un papel “importante” en la Alianza del Pacífico, es decir, congraciarse como servil o aborregado a los equipos de las ligas mayores del juego del Estado, se debe entregar el suelo y el subsuelo al servicio de los capitales trasnacionales la élite lo hace sin ningún pudor. Para ello tiene al congreso, al ejecutivo, a los órganos de control y a las mismas cortes si llegare a necesitarse.

La identidad cultural y colectiva es la necesidad más apremiante y urgente de los campesinos, las comunidades negras y en menor nivel con las comunidades indígenas.

Los indígenas han demostrado un rápido fortalecimiento de su identidad cultural o personalidad colectiva dando así fuerza al planteamiento de Cheihk Anta Diop, en relación con los factores constitutivos de la personalidad cultural, el factor histórico, el lingüístico y el sicológico. Los indígenas son tal vez los únicos que tienen claridad de su historia conservan y están recuperando su lengua y con ello los elementos sicológicos propios de su pueblo.

El caso de las comunidades negras/afrodescendientes es distinta y el de los campesinos aún más. Las comunidades negras conservan muchos elementos de su identidad cultural más allá del color de la piel y de su lamentable situación socioeconómica, pero lo desconocen. Zapata Olivella en Changó el gran putas-, hace una majestuosa descripción de esto.

Negro, afrocolombiano, afrodescendientes, raizal o palenquero no son  etnónimos/diferenciadores y no deben distraer o desgastar los esfuerzos de la diáspora africana en Colombia. Todos hacemos parte del mismo equipo y trabajar a favor de este debe ser lo apremiante si queremos ganar alguna vez en el juego del Estado.

Por su parte los campesinos en medio del mestizaje fenotípico y cultural, no logran encontrar el camino hacia su factor histórico y sicológico. Lo anterior no ha impedido el surgimiento de apuestas como el de territorios agroalimentarios que como variante a las zonas de reserva campesinas advierten el surgimiento de un sujeto político, un nuevo jugador en las siguientes partidas del juego del Estado.

 

Finalmente: Recuperar la personalidad cultural de los colombianos es una necesidad urgente en la búsqueda del camino que nos saque de la barbarie y nos lleve a la civilización, en palabras de Cheihk Anta Diop.

Este camino exige que cada grupo o sector en Colombia haga un serio ejercicio de identificar los tres elementos señalados: el histórico, el lingüístico y el sicológico que lo caracterizan y diferencian de otros grupos al interior de la sociedad colombiana y a partir de allí establecer estrategias de acercamientos con otros en aras de jugar y por primera vez ganar una partida en el juego del Estado.

En la actual partida del juego, las elecciones de este semestre, hay mucho de los mismo pero también hay esperanzas para el Pueblo Negro Afrocolombiano. La lista de la Y; compuesta por Francia Márquez, Ariel Palacios y Leonard Rentería son la expresión de que hay refuerzos en el equipo afrocolombiano para esta temporada electoral.

El grito de Vamos pueblo carajo, de la protección de la pacha mama, de la reivindicación del campo para los campesinos deberá escucharse con más fuerza y requerirá para ello del mayor compromiso posible de actores articulados en la Cumbre Agraria, Campesina, Étnica y Popular -CACEP y en otras expresiones como la Autoridad Nacional Afrocolombiana -ANFRO, el CONPA y la Comisión Étnica para la Paz y los Derechos Territoriales.

Las viejas rencillas entre liderazgos étnicos, indígenas, campesinos y populares deberán ceder ante el nuevo escenario local, regional y nacional. La paz, la defensa de los territorios, la protección del ambiente en crisis global y sobre todo la vida deberá llamar a la cordura.