El golero

El racismo debe ser denunciado y ponerse en los radares sociales, académicos, pedagógicos y desde luego jurídicos, y más cuando se trata de racismo contra los niños. No puede pasarse la página del horror de la guerra en Colombia si estos hechos continúan siendo el pan de cada día.

Maria Isabel Mena
Maria Isabel Mena
Profesora en la UNAB
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29 de Octubre de 2017

Imagen de internet, adaptada por Andrés Mena

 

“La señora que trabaja en el oficio doméstico me contó que su hijo no quería ir más a su escuela. Al preguntarle que pasó, ella le relata que el chico contó que su profesor le llamaba ‘golero’ y a su vez, sus compañeritos de clase, empezaron a llamarle a sí, por eso se sentía desmotivado, avergonzado y atormentado porque su piel era igual a la de esta ave carroñera” (el “golero” es también conocido como chulo, gallinazo, o buitre pequeño en algunas regiones del país).

Esta vergonzosa anécdota fue contada en un taller de sensibilización sobre temas afrocolombianos, en el que participé como invitada de para presentar mi libro sobre Racismo e infancia. Allí se nos compartió este comentario  que me parce importante sea divulgado, atendido y sancionado con todos los recursos que la sociedad tiene para ello.

Lo primero que me vino a la mente con este relato estremecedor es la imagen de ese animal: carroñero, sucio, que come la carne podrida que  dejan los depredadores, que es despreciado por su aspecto y suciedad. Con lo cual, desde  ningún punto de vista, es  halagador que se compare a un ser humano con este animal.

Sentí estupor, sorpresa y posteriormente rabia. La pregunta que deviene es ¿como un maestro, con estudios en pedagogía y certificado por el Ministerio de Educación Nacional para guiar y formar a la niñez incurre en semejante despropósito? Porque parece que la autorización que tiene este docente para establecer un paralelo entre el niño y el gallinazo está mediado y legitimado por las herencias de una sociedad colonial donde los más claritos tenían la autoridad de definir el lugar del otro y aprovechar ese privilegio para violentar con esta dantesca comparación  a la comunidad negra representada en un infante escolarizado.

Y con este episodio nacen más preguntas que tenemos que responder lo más pronto posible: ¿qué tipo de sociedad permite que un docente de las escuelas contemporáneas haga un símil entre el plumaje de este animal y la piel del niño negro? La misma que celebra el “black face” que, como lo dije en mi , conmina a que las personas blancas se pinten con betún, pintura u otro material con el objetivo de  ridiculizar a las personas negras.

Quiero denunciar este suceso y ponerlo en los radares sociales, académicos, pedagógicos y desde luego jurídicos, porque tal hecho no pude pasar desapercibido en una Colombia que prepara un capitulo de posconflicto. No puede pasarse la página del horror de la guerra si estos hechos continúan siendo el pan de cada día para estos infantes.

Pensando en el reino animal, una primera respuesta al interrogante es que realmente el depredador es el profesor. Es un racista encubierto, un ser que se quita la máscara progresista ante niños vulnerables que no están en posición de defenderse ante la situación de poder que ocupa el docente. La tipología de este docente es aquel sujeto que parece revolucionario, pero que todas sus actuaciones y discusiones dejan ver al racista y casi siempre misógino que está atrapado en el ámbito educativo pero que efectivamente es un ser que aprovecha su hegemonía para hacer daño. Pobres las niñas en manos de este tipo de personaje.

Y ante estos hechos hay que dar respuesta contundentes como la de demandar ante el Estado con carácter urgente las rutas de protección contra el racismo, tal como aparece en el de 2001 y ratificado por el gobierno colombiano. Para combatir estos hechos se requiere urgentemente que esta agresión u otras se les aplique la sanción penal porque así lo establece la , que penaliza los actos de racismo con mayor énfasis cuando la discriminación se comete contra un niño como el caso comentado.

Volviendo al hecho. Cuenta la mamá del niño que logró que el docente pidiera disculpas públicas ante todos los estudiantes del colegio. Esto no es la solución pero probablemente es un avance para el contexto de una sociedad racista. No obstante, las disculpas no pueden generar tranquilidad ante la orfandad de niños y niñas que se ven enfrentados al agobio procedente de algunos profesores, padres y madres de familias y de otros niños que se sienten superiores porque su piel es más clarita.

Mi recomendación a las madres, a los padres de familia es que estén muy atentos a todos los comentarios, por pequeños que ellos sean, que les hagan sus hijos. La violencia racial siempre escala: del apodo al chiste, a la burla, a la agresión física y psicológica, las separa solo un instante. Sugiero además revisar periódicamente el observador del alumno donde los docentes anotan las alteraciones al ritmo escolar, sean estas de tipo comportamental o académico. Esos apuntes fungen como material probatorio ante procesos jurídicos. Tener acceso a estos documentos es fundamental y es un derecho del acudiente del infante.

Toda esta lucha en la que estamos comprometidos contra el racismo debe ser documentada para cualquier caso, pero es gravísima cuando ella involucra a nuestros infantes. No se puede olvidar que la Constitución Política de Colombia establece que la educación es una responsabilidad de la familia, la sociedad y el estado.

Una segunda respuesta sería imaginarnos lo interesante que podría ser que los estudiantes apoyados por los  docentes de las universidades, cuando hacen sus prácticas en las instituciones educativas, puedan entrar a revisar, con mucha agudeza estos observadores justo porque estos documentos reflejan, como los niños expresan, las agresiones que se cometen sobre ellos, y las medidas que toma la institución cuando de sancionar a los estudiantes conflictivos se trata. Permanentemente se declara que a los niños negros se les fustiga con mayor indolencia que a otros niños y que las autoridades escolares se deciden a llamar a los padres de estos pequeños con mayor frecuencia que a otros niños, independiente de la responsabilidad de estos en los conflictos que alteran el clima escolar.

Una tercera respuesta, quizás la más importante, es considerar la subjetividad del niño. La vergüenza al ser llamado “golero” en su institución educativa, así como las emociones encontradas porque la persona que debía protegerlo es quien lo violenta. Recordemos que lo más virulento de los episodios raciales es que comprometen intersubjetivamente al agredido, incluso haciéndole creer que se merecía la agresión.

Por ello, lo más importante de este caso, es la ruptura del equilibrio emocional del niño. Lo que nos lleva a más preguntas: ¿qué debería hacer el psicólogo u orientador que reciba este caso?, ¿con qué herramientas cuenta?, ¿qué ruta debería implementar el psico-orientador de la institución educativa? y ¿a qué instituciones de salud mental debía remitir una situación de esta naturaleza?. ¿Dónde se encuentran las prácticas significativas de sanación que guíen a estos profesionales?. ¿La terapia incluye a la familia en cuyo seno recae la angustia por su infante?. ¿Con qué universidades se cuenta para el trabajo con víctimas de racismo?. Esta colección de interrogantes son los que debieran estarnos ocupando en la agenda antirracista.

En lo personal, desde hace mucho tiempo he venido rastreando situaciones de este tipo y aún no tengo noticias de que haya compromiso de apoyo psicológico al niño afectado. Lo usual es que no exista ningún tipo de atención en el plantel educativo y en consecuencia es el propio niño quien agencia su dolor emocional. Esto genera que en las comunidades negras, desde la infancia, se batalle con el espinoso tema de la piel y el fenotipo. Aunque han desarrollado múltiples estrategias para resistir esta violencia, esto no exime al sistema educativo por la responsabilidad ante  la protección de estos niños. 

Imagino la rabia y la frustración que siente este pequeño. Las opciones de salida ante el conflicto que puso el profesor aún no constituyen tesis de investigación que permita compilar material empírico para el desarrollo de acciones que mejoren la calidad de vida de estos sujetos.

En todo caso, la acumulación de los eventos de  enojo y estrés por parte de las victimas de racismo hacen urgente tomar medidas compensatorias que permitan analizar las implicaciones de los comportamientos y conductas racistas en niños y niñas de las comunidades negras. 

Puedo concluir tres cosas. Primero: el niño de la anécdota es una víctima del racismo y para dar solución a esto están los avances jurídicos que permiten penalizar estos actos. Segundo, la sociedad civil ya está dispuestas a demandar al estado por el cumplimiento en la protección de esta infancia. Y tercero, es evidente que los protocolos de trabajo con víctimas no son suficientes para atender los casos de racismo.

Los grupos de incidencia están dispuestos a poner en la agenda antirracista los problemas de la infancia de la negritud. Entonces ya estamos alineados para emplazar al estado por la reparación que esta niñez merece. Ese será tema de la próxima columna.