Convocar, cantar y resistir

En los pueblos afrodescendientes el canto no es sólo canto. El canto es siempre un grito de libertad. Es la máxima expresión de resistencia y memoria de un pueblo esclavizado, estigmatizado y explotado. La Red de Cantaoras del Pacífico Sur une voces que intentan, desde esta tradición ancestral, superar el miedo.

Ana María Arango
Ana María Arango
Antropóloga directora Corp- Oraloteca UTCH
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15 de Diciembre de 2017

Desde que los europeos trajeron a América a los africanos en condición de esclavizados, la únicas pertenencias que los recién llegados mantuvieron se albergaron en sus mentes. No había más lugar. Sólo los recuerdos de sonidos, sensaciones, sabores, paisajes, olores o movimientos les permitieron soñar que podían “seguir siendo”.

En los pueblos afrodescendientes el canto no es sólo canto. No es un conjunto de sonidos que armonizan con voces humanas e instrumentos. El canto a la vida o el canto a la muerte, siempre, siempre, es un grito de libertad. Es la máxima expresión de resistencia y memoria de un pueblo esclavizado, estigmatizado y explotado. Por eso, pensar en canto es pensar en espiritualidad, y la espiritualidad de las poblaciones afro del Pacífico colombiano está en su cuerpo como primer territorio y en la vivencia colectiva de ese cuerpo a través del baile, el canto responsorial y la sabiduría ancestral que se manifiesta en el uso de las plantas y la gastronomía. Cantar es por lo tanto, ligarse a un territorio. Pero no un territorio materializado en lo que los ojos ven; un territorio espiritual en el que también conviven los ancestros.

El canto es la defensa del territorio porque el cuerpo, como primer territorio, es el instrumento del canto. Para cantar hay que vencer el miedo, esa es la primera condición. Y el miedo, en las comunidades afrodescendientes de este continente, no ha sido fácil de vencer. Las expresiones que trajeron los africanos a esta región fueron censuradas y satanizadas: su lengua, su religión, sus conocimientos, su cuerpo, su música, fueron sinónimo de vulgaridad, animalidad, ignorancia y dejadez.

Todavía hoy, después de tres siglos, somos testigos del estigma y la expropiación que día a día enfrentan las comunidades afrodescendientes e indígenas en el Pacífico colombiano. Si antes eran los colonos y los misioneros, ahora es el estado, los proyectos capitalistas y los actores del conflicto armado (fuerza pública, guerrilleros, paramilitares y neoparamilitares), quienes se han encargado de volver a hacer de estas poblaciones las más vulnerables y contribuir a su marginalización. El territorio de las comunidades está roto, resquebrajado: sus bosques han sido talados, sus aguas han sido contaminadas; el territorio literalmente se desangra en medio de la guerra por el control del oro, la coca y los senderos de la ilegalidad. En este contexto, nace la , un proceso en medio de una difícil realidad, en el que las voces que han superado el miedo son convocadas a seguir resistiendo y a fortalecerse en la toma de conciencia y el reconocimiento de su labor.

Mujeres que resisten

Canto Pazcífico, proyecto de la y Poder Sonoro, con ONU Mujeres y OIM, son proyectos que he venido acompañado en 2016 y 2017, y que nacieron de la necesidad de fortalecer la Red de Cantadoras del Pacífico Sur que lideran las hermanas Paola y Kelly Navia en la Organización Canapavi. Cantadoras de Timbiquí, Iscuandé, El Charco, Olaya Herrera, Mosquera, y Tumaco hacen parte de este colectivo que desde 2008 se viene fortaleciendo para visibilizar una de las manifestaciones más poderosas y a la vez más humildes en el panorama del patrimonio cultural del país. Pensar en el Canto del Pacífico Sur es pensar en mujeres, aislamiento geográfico y espiritualidad.

Como nos recuerda Paola Navia, antropóloga y coordinadora de esta red, el canto de las mujeres ha sido invisibilizado por el gran protagonismo que en los últimos años ha asumido la marimba como instrumento emblemático en estos paisajes sonoros. Sin embargo, sin la marimba los repertorios siguen vivos, pero sin el canto y sin las guardianas de la memoria, esta supervivencia es imposible. Son ellas por lo tanto las portadoras de los arrullos, los bundes, las jugas, los bambucos viejos, los patacorés, los alabaos y los repertorios de chigualos -ritual que despide a los niños o “angelitos” cuando se van de este mundo-. Son las cantadoras las que además de portar en su memoria las letras de estas canciones, poderosas y sanadoras, mantienen los saberes y oficios sin los cuales no tendría sentido la tradición musical: comidas, bebidas, siembras, pesca, minería artesanal, rezos y arreglos de tumbas, son mucho más que el telón de fondo de una manifestación que lucha por permanecer viva no solamente en las tarimas de teatros y festivales, sino en la defensa de los contextos tradicionales que las dotan de significado.

Las mujeres de las zonas rurales del Pacífico colombiano desafían una triple discriminación: son mujeres, son negras o indígenas y la mayoría de ellas se enfrentan a situaciones de pobreza y exclusión. Todas estas condiciones han sido durante siglos objeto de sometimiento por parte de la estructura social y económica regida por el patriarcado y el sistema de castas que desde la colonia ha marcado las jerarquías y pautas de valoración en Colombia. Además, la intensificación del conflicto en la región durante los últimos veinte años ha hecho de las mujeres el botín de guerra de los actores, y la violencia sexual se ha convertido en un arma privilegiada para  ellos. Ser una mujer sin marido en contextos de guerra, es muchas veces estar a disposición de cualquiera; el cuerpo de la mujer es entendido como un objeto, un territorio que se coloniza para demostrar estatus y poder.

Milay Mosquera, con apenas dieciséis años, hace parte de la Red de Cantadoras. Sin duda una de las mejores voces; canta todos los repertorios tradicionales e interpreta cada uno de los instrumentos del conjunto instrumental tradicional: marimba, cununo, bombo y, por supuesto, guasá. Llegó de Mosquera (Nariño) a Timbiquí para participar en nuestro segundo encuentro de Canto Pazcífico, y entre risas me cuenta que sus compañeras se burlan de ella porque hace parte de los grupos musicales tradicionales en su municipio. Pero a ella no le importa. Dice que se siente muy orgullosa de ser negra y cantadora. Cuando le pregunté qué quería hacer al graduarse del colegio se quedó pensando; rápidamente otra cantadora que escuchaba la conversación se apresuró para contestar: “pues cogé su marido!, ¿qué más va a hacer?... o meterse de monja”. Me impactó que ese fuera el futuro que su compañera vaticinara para ella, pero entiendo que se trata de un contexto que ofrece pocas oportunidades. A Milay simplemente le dio risa. Es consciente de su talento, pero sabe también que las opciones en el lugar donde vive no son muchas. Por eso mismo entiende que sus amigas la critiquen por andar al lado de las mayores interpretando alabaos, jugas y arrullos, cuando debería estar preparándose para ser la mujer de un minero o de un policía que la lleve a vivir a otra parte.  

Milay resiste a las críticas y la presión social de sus compañeras. Creen que debería estar buscando novio y cantando reggaetones en lugar de andar rodeada de “viejos” aprendiendo una tradición. Pero, como Milay, cada una de las cantadoras tiene tras de sí su propia victoria. Han hecho del canto su espacio de resistencia al machismo de sus maridos, a la precariedad y al hambre, al destierro, al dolor  por tener que enterrar a sus propios hijos o sobrinos. Han hecho del canto su lugar de resistencia al miedo y la desesperanza.

En la Red de Cantadoras, las que no vienen de los ríos, generalmente viven en los centros urbanos en situación de desplazamiento, y tienen una historia de hostigamiento y violencia. Pero nada más lejano a ellas que la queja y la victimización. Es como si no supiesen su significado. La risa, los chistes, los abrazos, la danza y el canto son los códigos permanentes en las reuniones de la red. Ellas saben que sus territorios han cambiado. Muchas resisten y siguen en ellos a pesar del miedo, a pesar de que ya la minería ha dejado poco para comer y a pesar del acceso restringido a los mínimos servicios de salud y educación. La mayoría sigue en su territorio porque saben que sin cantadora no hay baile, sin cantadora no hay arrullo, sin cantadora es difícil mantener las tradiciones que fortalecen en estos contextos los lazos sociales y la espiritualidad. 

Cantar es sanar

Los momentos más importantes de celebración comunal en las poblaciones afrodescendientes del Pacífico Colombiano son el nacimiento, la muerte y la conmemoración a los santos. En medio de estos acontecimientos de arraigo comunitario, el canto se convierte en un eficaz instrumento de unión y expresión y, en estos sucesos, se recrean versiones tradicionales de las manifestaciones vocales más antiguas. Los arrullos de santos, alabaos y romances hacen parte de esta tradición oral en la que se refundan permanentemente los sentidos y se reviven nuevas sonoridades habitando los espacios de celebración del nacimiento, la conmemoración de una herencia africana enmascarada en el santoral católico y la evocación de los “ancestros” en cada ritual.  Algunos de estos antiguos repertorios, que se cantan en la colectividad, son también a veces recreados en la intimidad de los hogares: en el tarareo de las matronas, en las noches de luna de los gritos del nuevo mundo, o en el canturreo de una madre que busca dormir a su bebé. 

Para las comunidades negras del Pacífico colombiano, independientemente del carácter de la celebración -si es para reír, para llorar o simplemente para recordar que estamos vivos y hacemos parte de un entramado social-, la música es eje central de referencia y pensamiento. Sonido, cuerpo y movimiento son elementos inseparables que hilan tanto las cotidianidades, como los hitos históricos y los ritos temporales de los pueblos. Música y baile trascienden el sentimiento de júbilo y alegría; se danza y se canta no sólo para reír y festejar, se danza y se canta para expresar dolor, para llorar con el cuerpo y convertirlo en un símbolo de las ansias de vivir en libertad. Se canta en la vida y en la muerte, para profundizar el duelo, para sentirlo más, para en medio de una catarsis colectiva, superar la opresión de los corazones que necesitan sentirse acompañados.

Nuestro segundo día en Timbiquí nos recibió con una noticia: había muerto Lucho, un personaje muy reconocido en el pueblo que siempre andaba con los músicos tocando cununo. Todas las cantadoras de Timbiquí supieron enseguida que nuestra agenda del taller pasaría a un segundo plano en el momento en que su cuerpo llegara por el río procedente de Buenaventura: a Lucho había que recibirlo con su canción favorita, “La pepa del tangaré”, y acompañarlo hasta su casa en donde su familia tenía dispuesto el altar. Luego, velarlo con alabaos, tinto, aromáticas y dominó, como dicta la tradición.  Así fue. La tarde del sábado pudimos poner en práctica lo que tantas veces habíamos hablado con nuestras cantadoras: las músicas del Pacífico son poderosas porque tienen un sentido en cada acontecimiento de la comunidad. No son músicas de escenario. Son músicas que tienen un contexto específico, una función; y acompañar a una familia que acaba de perder a un ser querido es una de ellas.

“Seguir siendo”

El Canto Pazcífico es por lo tanto un canto con sentido. Una vibración única, colectiva y sanadora. Así como el jaibaná, el chamán de la comunidad indígena embera, limpia las energías con su canto de jai y así despeja el ambiente de las enfermedades y energías que llegan con los malos espíritus, de la misma manera, el canto que se entona en los alabaos y arrullos, va sanando… va sanando los corazones a partir del trance comunitario que permite la repetición de estas tonadas. El canto del Pacífico sana, libera, despeja y teje… el canto genera sentido de unidad. Un cantador entona y quienes responden, una y otra vez, una y otra vez, van entrando poco a poco en otra dimensión. Es un viaje al territorio ancestral, al territorio que se quiso negar y prohibir pero que sigue vivo, sigue latente, vibra y se revitaliza en la voz de cada una de estas mujeres.

Para Paula Moreno, presidente de la Corporación Manos Visibles, las cantadoras del Pacífico colombiano son “un muro de contención” frente al dolor de la guerra y la exclusión en el territorio. “No importa donde estemos. Ese canto espiritual vive en los corazones”, dice la cantadora Nidia Góngora. “Lo que importa es el sentido con el que cantamos”. Cuenta Nidia que en sus giras por Europa, cuando toca con Dj Quantic, su canto es capaz de transportarla a Timbiquí; es capaz de sentir que canta con su mamá y sus hermanas. Y en medio de ese canto mágico y reparador, le cuenta al mundo que hay un pedacito de tierra en Colombia en donde los descendientes de esclavizados resistieron y aun resisten para “seguir siendo” en medio de la inequidad, la violencia y el olvido.