¿Continúan las máquinas de la guerra?

Los crímenes contra líderes sociales han golpeado de manera particular a la comunidad afrocolombiana del Pacífico. El caso más reciente, el asesinato de Luz Jenny Montaño esta semana que termina, debe encender las alarmas. 

Maria Isabel Mena
Maria Isabel Mena
Investigadora independiente
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18 de Noviembre de 2017

Los hechos que suceden cada día en Colombia, reflejan la intensa problemática que lleva al traste la idea que la nación se construye sobre unas bases sólidas que permitan pasar el capítulo del horror de la guerra.

Y estos hechos, por ejemplo, se reflejan en las vergonzantes estadísticas sobre los asesinatos de líderes sociales, masacres que activan viejas sospechas sobre quien está al frente de estos macabros eventos que han azotado, desde hace mucho tiempo, al litoral recóndito de Sofonías Yacup.

Y es que la cifra de casi doscientos líderes y lideresas asesinadas en lo que va corrido del año 2017 no es un dato que pueda esconderse debajo del tapete. Es necesario tomar un poco de aire para revisar el contexto en el que ocurren estos homicidios sobre personas que desde las voces de la sociedad civil demandan al Estado el cumplimiento de los derechos humanos.  

Ayer se publicó el dato de que del total de muertes de líderes en todo el país la gran mayoría sucede en el Pacífico colombiano, región habitada principalmente por la comunidad negra. Las cifras confirman que el 90 por ciento de las muertes las pone el pueblo negro.

Más allá de las cifras, hay que tomar por los cuernos el tema de la máquina de la violencia que se cierne sobre las estas comunidades en estos territorios. No es necesario ser muy agudo para que salte a la vista cómo la geografía del conflicto coincide con los lugares de asentamiento ancestral.

Esa misma imagen nos remite a los indicadores sobre-diagnosticados en donde se pueden encontrar el abandono estatal, el repoblamiento de zonas ricas en recursos naturales, la falsedad ideológica en la mayoría de las herramientas de protección y, en conclusión, el rotundo fracaso de las políticas públicas para esta población.

En este concierto hay varias dudas que se van despejando en el escenario que hoy enfrenta el Pacífico:

1. Existe un Estado incapaz de cumplir con su principal misión: la defensa de la vida en todo el territorio nacional tal como lo establece la constitución política.

2. Los territorios ancestrales que pertenecen a las comunidades negras son inmensamente ricos. Por ello el interés de otros actores para sacarlos de su territorio empleando vías como la esclavitud, el conflicto armado, la apropiación de sus tierras por la violencia o el desplazamiento forzado entre otros muchos.

3. Si la comunidad negra de la costa pacífica sigue poniendo el mayor porcentaje de víctimas de líderes sociales, es necesario, entonces, volver a la categoría de etnocidio. En esa región la violencia es endémica y por tanto no es un tema accidental o coyuntural. Las muertes confirman la sistematicidad de un proyecto asociado a la eliminación física de esas comunidades.

La última víctima de este teatro de la crueldad y de lo absurdo fue la lideresa Luz Jenny Montaño, señalada por su comunidad como una gran líder social que, como otros líderes asesinados de Tumaco, trabajaba por su comunidad, una causa que en Colombia genera un combustible para el odio racial.

La tristeza que embarga a la comunidad negra del Pacífico es el vivo reflejo de las esperanzas incumplidas, de sueños aplazados, de muchos pendientes acumulados que cada día son más delicados siquiera de enunciar en la narración bélica.

Entre tanto, el relato noticioso de este hecho no pasa de un titular -en el mejor de los casos- y los funcionarios centralistas que llegan a hacer informes y a tomarse fotografías para las redes sociales creen que así se resuelve  el drama humanitario que está sucediendo en el más bello rincón de Colombia. Allí donde las comunidades negras han venido defendiendo su derecho al buen vivir y construyendo desde tiempos inmemoriales un proyecto de vida basado en el legado que sus ancestros señalaron al romper las cadenas de la esclavitud.