Black face bogotano

La circulación de imágenes masivas cobran un enorme significado en la vida social y, por ello, llegado a este punto rondan algunas preguntas.

Maria Isabel Mena
Maria Isabel Mena
Investigadora independiente
30 Seguidores0 Siguiendo

0 Debates

5 Columnas

Columna

736

0

27 de Septiembre de 2017

Hace poco al pasar por un semáforo en la ciudad de Bogotá, para ser más exactos en la céntrica localidad de Chapinero, encontré a una persona pintada con betún, con una peluca alusiva al pelo afro y contorsionándose en la calle para recaudar dinero.

Esa imagen me hizo recordar que en el mercado de pulgas de Usaquén también encontré, no hace mucho, a una mujer pintada con color negro, hablaba un dialecto vallecaucano, tenía relleno en el trasero y en los senos para hacer una alegoría a nuestras mujeres negras.  

Probablemente en muchos otros sitios de Bogotá pasa lo mismo y quienes lean este artículo recordarán si les es familiar este tipo de eventos en la capital.

En los dos casos me acerqué para manifestar mi molestia por esas imágenes racistas y, a continuación quiero hacer un resumen de los argumentos de esos personajes.

En primer lugar, dejan sentir que no saben que están haciendo algo malo. Es decir, moralmente no existe conciencia que mofarse de la comunidad negra es un acto de racismo que incomoda a las personas objeto de esta burla y que por lo tanto está mal hecho. El tema del  límite entre lo bueno y lo malo, lo correcto y lo incorrecto no parece ser un  problema para estas personas.

Y este explicación constata lo que se viene manifestando hace mucho tiempo; que la gran batalla es por desnaturalizar lo que el racismo ha convertido en hechos cotidianos, naturalizados y en consecuencia terriblemente virulentos contra estas poblaciones, como estos personajes que vimos en los semáforos en Bogotá.

El segundo argumento, en ambos casos, aduce que  con esta forma de burla, se gana plata. También hemos aprendido que el racismo es un hecho rentable para grandes sectores de la sociedad. Personalmente no tengo la menor duda que estas personas probaron un día convertirse en una persona negra y que el asunto fue productivo y se quedaron ejerciendo la burla racial como una especie de profesión.

En un país con niveles de desempleo astronómicos, no debiera sorprender que las personas se rebusquen para levantar su madre de Dios[1]. Pero el punto es que recae de forma nefasta sobre la gente negra ese negocio popular.

La tercera explicación otorgada por estas personas es que la comunidad negra debería agradecer que esto pase. Que se fijen en ella y se emitan mensajes por parte de personas blancas, pintadas de negro.

En realidad estas personas están convencidas que a la población se le hace un favor con este tipo de exposición pública justamente porque hablamos de la calle, del espacio donde transitan miles y miles de personas y las representaciones se vuelven profundamente sensibles, polémicas, agradables o desagradables, representativas o excluyentes, racistas o dignificantes.

La circulación de imágenes masivas cobran un enorme significado en la vida social y, por ello, llegado a este punto rondan algunas preguntas:

¿Quién le pidió a estos personajes que representen a la comunidad negra? ¿Qué tipo de sociedad se ríe y hasta recompensa económicamente este tipo de eventos?

No olvidemos que el chiste obedece a un gran trauma cultural que acontece en la mente de las personas y que mofarse de ciertas personas es sólo la muestra inicial de la violencia moral, normalmente del chiste al golpe hay solo pequeños segundos.

¿Qué sanción ciudadana se despliega para evidenciar los avances penales que en este sentido tiene esta nación? ¿Cuál es la ruta para que el ciudadano de a pie denuncie esta conducta y ampare sus derechos a la vida digna?

Construir colectivamente estas respuestas no es un proceso fácil. Los ejemplos mencionados no son otra cosa que pequeñísimas muestras de la enfermedad racial que padecen los colombianos. Para esta nota, los hechos acontecidos no se pueden analizar aislados del racismo institucionalizado en el ADN de la personalidad colombiana. Las imágenes que se resaltan no se pueden desprender de la historia gráfica del racismo en Colombia.

Sería inocente pensar que la decisión que tomaron estos personajes de pintarse de negro está divorciada de un imaginario histórico construido por las élites, pero también por la población de menos recursos, donde hasta el más menesteroso de los habitantes colombianos pueda burlarse de la comunidad negra debido a que tiene un tono de piel más clarito.

En toda esta temática, vale la pena reconocer a las personas y organizaciones que han colocado en su agenda de vida la lucha contra el racismo. En esa agenda la incidencia contra el black face ha sido protagonista de sendas movilizaciones emprendidas por las comunidades en su afán de desmantelar una tradición visual que se encarnizó desde tiempos inmemoriales con la comunidad negra.

Pero, quizás esos personajes que encontramos en la vía pública aún no saben que soplan nuevos vientos de la agenda antirracista y debemos insistir en ello, hasta que este tipo de prácticas sea desmantelada. Cuando eso pase, se puede plantear que hemos aprendido a vivir con la diferencia racial, ¡antes no!.

Y claro, no podemos epilogar esta nota sin imaginar que sentirían los niños negros cuando ven a estas personas representando a su comunidad de forma ridícula. Probablemente las emociones giran entre la indignación y la vergüenza. Sobre estas consecuencias socioemocionales en la infancia quiero llamar la atención de la sociedad, porque estos acontecimientos no contribuyen al clima de convivencia que se requiere en el  nuevo capitulo de la paz en Colombia.


[1] Expresión ancestral para definir que se trabaja en pos de la consecución de los alimentos