¿Y de la paridad qué?

En Colombia, las mujeres representan el 20% en el Congreso, menos del 10% en las gobernaciones y, peor aún, menos del 15% en alcaldías y concejos. Cobran vigencia las palabras de la Primera Secretaria del Estado de USA, quien en el 2000 afirmaba en la OEA : “el techo de cristal en la Política es de acero y se ve”.

Rocio Pineda-García
Rocio Pineda-García
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07 de Noviembre de 2017

Parodiando al Ministro Rivera, será un “suicidio para la igualdad de género”, que la reforma político-electoral posponga 10 años la vigencia de la paridad (50% mujeres / 50% hombres) y la alternancia (cremallera) en las listas a cargos de elección popular.

Poco queda de la propuesta presentada al país por la Misión Electoral Especial el 24 de marzo en Cartagena, en cumplimiento del numeral 2.3.4 del Segundo Punto del Acuerdo Final, Participación Política: apertura política para construir la paz.

Integrada por el Centro Carter, la Misión de Observación Electoral (MOE), el Instituto Holandés para la Democracia Multipartidaria y los Departamentos de Ciencias Políticas de la Universidad Nacional y la Universidad de los Andes, llevó a cabo una amplia consulta con todos los partidos políticos, la revisión de los sistemas electorales de la región, amén de estudios académicos con el fin de formular una sólida propuesta de reforma a la arquitectura institucional electoral, la democracia interna de los partidos, la financiación de los mismos y una serie de medidas de equidad de género.

Todo se fue a pique. Desde su presentación inicial hasta la fecha, la dirigencia política tradicional se ha dado a la tarea de entorpecer la mejor oportunidad para propiciar una real apertura democrática en el país.

Empezando por el Gobierno Nacional que presentó un proyecto de ley, lejos de las recomendaciones de la Misión Electoral Especial, seguido del debate político en la Cámara de Representantes, una vergüenza nacional. La actuación de su presidente al engavetar el proyecto casi un mes y las maniobras dilatorias utilizadas, dan cuenta del pírrico interés de una clase política anclada en el siglo XIX, opuesta a la transformación y modernización del sistema electoral y las costumbres políticas.

Estamos igual que hace 60 años. Un país político incapaz de ampliar la representación de los intereses políticos (muchos de ellos antagónicos) de una sociedad diversa. De ahí su oposición a la reforma electoral emanada del acuerdo de paz y su negación a aceptar la paridad y la alternancia a partir del 2018.

De nada sirve saber que este año se cumplirán los primeros 60 años del voto femenino, cuando el 41% de mujeres votó por primera vez en el Plebiscito del 1º de diciembre de 1957, que dio vía libre al Frente Nacional entre liberales y conservadores. Este frente infortunadamente dejó, al parecer, la impronta de que solo ellos en sus múltiples vertientes electoreras, pueden gobernar los destinos del país.

Paradójicamente un régimen militar reconoció a las mujeres el derecho a elegir y ser elegidas el 25 de agosto de 1954. En vano buscaron las sufragistas colombianas durante la primera mitad del siglo XX que el Congreso de la República, les reconociera este legítimo derecho. Hay que leer los atrabiliarios y retrógrados argumentos utilizados por liberales y conservadores para oponerse al voto femenino.  

Y hoy, con argumentos igualmente atrasados, el Congreso se niega a aprobar la paridad y la alternancia entre hombres y mujeres en listas a cargos de elección popular a partir del 2018. ¿Por qué en el 2026 sí se puede?

Ni siquiera la Bancada de Mujeres Parlamentarias ha podido quebrar el techo de cristal de la política. El avance que significó la aprobación de Ley 1475/2011 es neutralizado por las prácticas sexistas y machistas de los partidos políticos : se niegan a invertir en el empoderamiento político de sus militantes y simpatizantes, mucho menos en sus campañas ; las ponen “en últimos lugares de las listas” y, llaman a última hora a mujeres conocidas para cumplir el requisito de la cuota del 30%. A las electas les ha tocado abrirse el paso a codazos.   

La Bancada tuvo que consolarse con un proyecto “progresivo” hasta el 2026, para lograr la aprobación.

Las consecuencias están a la vista : las mujeres representan el 20% en el Congreso, menos del 10% en las gobernaciones y, peor aún, menos del 15% en alcaldías y concejos. Cobran vigencia las palabras de la Primera Secretaria del Estado de USA, quien en el 2000 afirmaba en la OEA : “el techo de cristal en la Política es de acero y se ve”. Una verdad de Perogrullo.

El último informe del Foro Económico Mundial (2017) ubica a Colombia en el puesto 80 entre 134 países en términos de participación política, mientras los países escandinavos ocupan los primeros puestos en igualdad de género en todas las dimensiones. Por “coincidencia” encabezan también la lista de países con los mayores índices de desarrollo humano.   

Si se sigue obstaculizando la paridad y la alternancia entre mujeres y hombres en listas a cargos de elección popular y candidaturas uninominales a partir del 2018, la participación política de las mujeres será un canto a la bandera. Afirma el FEM que al paso que vamos habrá que esperar 170 años para lograrlo la igualdad de género en todas sus dimensiones.

Pero los congresistas saldrán en las próximas campañas a buscar a las mujeres, a “echarles flores” y repetir lo importantes que son para la familia y la sociedad.

Les diremos que el poder femenino se expresará en las urnas. Vamos a poner la lupa y decidir por quien votar. Podrán preocuparse quienes se oponen o les importa un rábano la paridad y la alternancia, lo mismo quienes se dedican a obstaculizar la normatividad indispensable para la implementación del Acuerdo Final.

La democracia, el desarrollo y la paz, exigen la plena participación de las mujeres. Concretar los principios de paridad, alternancia y universalidad a partir del 2018, es el reto.