Vientos que se llevan fusiles y traen esperanza

El 27 de junio de 2017 fue un día histórico en Colombia, las Farc-Ep dejaron las armas. Las armas, el fusil, el amor en la montaña, ponerse las botas, hicieron parte del lenguaje de la historia de Colombia y mentiría sino reconozco que la revolución fue una opción en un país empobrecido, de campesinos expropiados.

Adriana Benjumea Rúa
Adriana Benjumea Rúa
Directora de la Corporación Humanas Colombia
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30 de Junio de 2017

El 27 de junio de 2017 se registrará en la historia de Colombia como un día histórico, las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia – Farc- entregaron más de 7.000 armas, cumpliendo así con lo comprometido en el Acuerdo para la terminación del conflicto y la construcción de una paz estable y duradera firmado por esta guerrilla y el gobierno de Colombia el 24 de noviembre de 2016. 

Las armas, el fusil, el amor en la montaña, ponerse las botas, hicieron parte del lenguaje de la historia de Colombia y mentiría si no reconozco que la revolución fue una opción en un país empobrecido, en poblaciones perseguidas por pensar distinto, aquellas a quienes se robó la tierra, un campesinado expropiado. Factores como estos motivaron a compañeros del barrio, de estudio y de vida a la búsqueda de la justicia a través de la lucha armada, mientras otros y otras, quizás menos aguerridas nos quedamos escuchando las canciones de Ana y Jaime y soñando con una trasformación justa, posible: “Yo pregunto a los presentes, si  no se han puesto a pensar, que esta tierra es de nosotros y no del que tenga más”.

En la década de los 70 Ana y Jaime emocionaban a hombres y mujeres con sus letras, Ricardo Semillas y Este Viento Amor ganaban premios internacionales, mientras en las universidades públicas se repetía el estribillo: “Tu fusil amor es la música más libre bajo el sol, es sangre y es futuro del amor, tu fusil amor…”.

Hago parte de la generación que nació en esa década y que tuvo el privilegio, que solo tuvimos pocos hombres y poquísimas mujeres, de acceder a la universidad pública, donde esas canciones acompañaron las fiestas con fogata y caja de vino barato, mientras soñábamos con “desalambrar” y repetíamos una y otra vez, con la voz un poco afectada por el trago “…porque si ya se unieron el fusil y el evangelio en las manos de Camilo…”

Todo parecía la ilusión de un puñado de hombres y mujeres pobres, jóvenes, que llegamos a la universidad pública como única posibilidad de ascender en la escala social, porque como decían las mamás y papás llegados del campo por violencia o por pobreza “mija, estudie para salir adelante, porque es la única herencia que le podemos dejar”. 

Pero la Universidad se turbó, la guerra de los campos llegó a las ciudades y cobró muchas vidas dentro y fuera del claustro, vimos morir sin tregua, profesores, estudiantes, defensores y defensoras de derechos humanos. El paramilitarismo avanzó a pasos agigantados y ahora las canciones de Ana y Jaime, de Víctor Heredia, Silvio, Pablo y Violeta Parra que manifestaba sin vergüenza “Que vivan los estudiantes, jardín de las alegrías. Son aves que no se asustan de animal ni policía” terminaron siendo subversivas.

Hoy, cuatro décadas después, mi generación presencia un momento histórico. La emoción de lo vivido en Mesetas, Meta es inocultable, la guerra perdió la última batalla, serán las palabras y los argumentos políticos lo que nos confronte. Es irrefutable que menos armas circulando, son más vidas creando y soñando.

Soplan vientos de democracia, tendremos derecho a emprender nuevas luchas sin armas, a soñar, a crear, tendremos derecho a componer nuevas canciones “Este viento amor que conmigo en la montaña está…silbando siempre esta nueva canción”.