Robots sexuales y feminismo

¿Cómo podemos pensar desde una perspectiva realmente feminista el mercado emergente de los robots sexuales? Reflexión preliminar.

Lina Céspedes
Lina Céspedes
Abogada
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23 de Julio de 2017

La semana pasada una amiga publicó en su Facebook una noticia del . Después de leerla varias veces, yo solo pude volverla a publicar con un comentario en el que expresaba mi confusión al respecto, la cual se puede resumir en que no hay una manera fácil de identificar y resolver los dilemas éticos y morales del asunto. Hoy escribo de eso, no porque tenga más claro el panorama, sino para poder avanzar algunas sugerencias preliminares de cómo pensar en este tema.

La columnista, Laura Bates, expresa el peligro que representa un robot sexual diseñado para parecerse a una mujer de carne y hueso en una sociedad atravesada por la violencia en contra de la mujer. Específicamente, su preocupación gira en torno a la idea de que estos artefactos no pueden prestar consentimiento, lo que conduce a que los encuentros sexuales con el mismo sean más bien actos de violencia sexual que eróticos.

Comparto con Bates sus inquietudes respecto de esta cuestión, en especial en lo que respecta al impacto que puede tener un robot que se asemeje lo más posible a las mujeres para cumplir fines sexuales. Sin embargo, no estoy de acuerdo en poner únicamente el énfasis en la violencia sexual y el consentimiento en aras de poder siquiera digerir una idea de este estilo.

Creo que una manera más interesante de abordar este tema es comenzar con preguntas obvias para ver si tenemos la habilidad de darles respuestas plausibles. Por ejemplo, yo comenzaría por preguntarme si en esta industria los robots que solo se dedican a la limpieza tienen apariencias sexuadas y, si este es el caso, si la apariencia femenina es la preferida de los productores y compradores. Después, cuestionaría si el hecho de que estos robots en general caigan tan fácilmente en clichés sexuales que van desde la vestimenta (ejecutiva, enfermera, geisha, etc.) hasta la personalidad (recatada, madura, lanzada, etc.) implica que estamos reproduciendo un orden de los sexos y la sexualidad afincado en los binarios y en la jerarquía o si estamos ante una realidad más compleja que aquello que ya creemos conocer.

Solo tratar de resolver estas dos preguntas me daría algunos elementos para determinar si lo que en realidad sucede entre un robot y una persona es sexo o trabajo o si necesitamos de otros conceptos para aprehender a qué nos estamos enfrentando.

Mi sugerencia de comenzar por esas preguntas simples de respuestas complejas tiene como objetivo no saltar a conclusiones como las de Bates, que humanizan, creo yo, más de lo debido a un robot planteando el dilema desde el punto de vista del consentimiento. Lo que tenemos aquí es un problema nuevo que se parece a lo que siempre hemos conocido, de ahí que el gran peligro para mí sea utilizar los marcos teóricos y prácticos inadecuados.

Ahora, esto no niega que ese parecido precisamente pueda tener implicaciones en los problemas de siempre, tales como la discriminación y violencia en contra de las mujeres. No es descabellado pensar que pueda haber correlación entre la manera en que nos relacionamos con un robot y en el cómo nos tratamos los humanos. No obstante, esa relación que viene y va debe ser estudiada con más detenimiento para estar en la posición de proteger efectivamente la dignidad humana con un conocimiento que no caiga en el pánico ni en la indiferencia.

Las opiniones expresadas en este medio son personales y no reflejan posturas institucionales.