Que no nos pasen conejo por paloma

Un nuevo acuerdo se aprobó en la Habana, se firmó en Colombia, y esperamos, se refrendará en el Congreso. Muchos debatos tuvieron lugar para lograrlo y sigue siendo el género una de las razones de la derecha para rechazarlo. 

Ana Cristina González Vélez
Ana Cristina González Vélez
Médica e investigadora feminista. Consultora internacional.
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29 de Noviembre de 2016

El nuevo acuerdo, como han dicho ya varios análisis, es un "nuevo mejor acuerdo", si bien todavía, el mejor dentro de lo posible. Los estándares y mecanismos de justicia salieron fortalecidos y las FARC, como era lógico y esperable, no renunciaron a hacer política. Para eso se está firmando la paz. Para acabar la guerra, hacer justicia y permitir la integración a la vida política democrática de quienes han estado haciendo la guerra. Pero la paz se está firmando, sobre todo, porque tenemos una esperanza: la de vivir en un país mejor, más justo, incluyente e igualitario. Un país que entienda la paz como una oportunidad para reconstruir la sociedad, proteger los avances alcanzados en materia de derechos humanos y políticas sociales, y abordar los rezagos y las deudas que la democracia tiene sin saldar. Por ejemplo, con las mujeres y la igualdad de género.

 

Colombia se sorprendió cuando al clamor de las voces del NO surgió una demanda para muchos inesperada: la de purgar el enfoque de género del acuerdo. Una demanda que se endilgaron, por igual, las iglesias evangélicas y los sectores más conservadores de la Iglesia católica y el "anulado procurador" que gracias al desespero del gobierno por darles voz, se abrogó el estatus de “representante político”. Ellos y el Centro Democrático, que convenció a parte de la ciudadanía asustando con el fantasma de la "ideología de género". Mucho hizo el gobierno por escuchar e incorporar las voces disidentes, y al final poco hicieron ellos por reconocer los avances, y siguen haciendo mucho por obstaculizar el proceso.

 

En materia de género, por un lado, el vocablo se eliminó en buena parte del texto y por el otro, se transformó en algunos de sus mejores significados. En la mayoría de los casos se sustituyo "enfoque de género" por perspectiva diferencial o por no discriminación, o se nombró como "la igualdad de oportunidades entre hombres y mujeres". El género se decodifica en el nuevo acuerdo, como igualdad, como ciudadanía, como mujeres víctimas, como mujeres con necesidades especiales, y medidas de protección específicas. Se decodifica como no discriminación, como vulnerabilidad, como reconocimiento de exclusiones estructurales y también, muy pocas veces, como población LGBT. Se atenúa en cantidad su mención pero en general podríamos decir que, no se cede en su esencia. En la mayoría del texto se recogen los contenidos del enfoque de género y se advierte que el mismo es transversal al acuerdo. Me alegra que nos hayan cumplido, el gobierno y los equipos negociadores en la Habana: el enfoque de género es un principio transversal en el acuerdo. Más tenue, pero a la vez, más polisémico.

 

Podríamos afirmar que eliminar casi 90 veces la mención al enfoque de género del acuerdo, no significa mucho, diría tal vez que casi nada. Pero es imposible desconocer que el nuevo acuerdo se complace más en reconocer la vulnerabilidad que la ciudadanía. Y entonces preocupa el efecto simbólico que tiene el que se haya buscado alivianar el lenguaje, dejando de nombrar las cosas por su nombre. En el acuerdo quedan claros los momentos en que se cambian las palabras para intentar cambiarles su sentido, reconociendo con ello que existía un lenguaje que propone alterar el orden, un lenguaje que molesta y perturba, y que por tanto, era conveniente desvanecer en el texto. Ceder terreno en el lenguaje para complacer a los fundamentalistas de siempre, a quienes promueven la exclusión y buscan mantener un orden donde privilegiados y dominantes puedan seguir disponiendo de las mujeres, sus vidas, sus cuerpos, sus tiempos y sus roles, habrá simplificado la negociación, pero complicará los próximos pasos.

 

El Presidente y el equipo negociador lo han dicho. Las disputas sobre el sentido de los contenidos del acuerdo, seguirán en la implementación, si es que logramos que se refrende en el Congreso. Y allí podrían ganar con mentiras y post verdades, como estamos viendo a cada segundo en estos días, los conservadores trasnochados que pretenden mantener el mundo binario y la familia única. 

 

En las disputas en torno al enfoque de género hubo y siguen habiendo posiciones que defendieron sus contenidos con tanta timidez que parecían luchar por una causa vergonzante, así como otras que lo atacaron con tanta vehemencia, como si estuvieran en la Edad Media y pudieran encender las hogueras de la inquisición. Y se oyeron también las voces de las feministas que lucharon por mantener el sentido de una de las causas mas justas de la democracia: la igualdad de género. Voces acompañadas por quienes entendieron que en el corazón de esta disputa está la posibilidad de una sociedad más justa. De una sociedad que cuestione las más hondas estructuras de un poder patriarcal que reproduce el sexismo, el racismo, el clasismo, la desigualdad y la exclusión.

 

No es el momento para guardar silencio, ni para defender medias tintas, ni para cambiar el nombre de las cosas. Es el momento para expresarnos abierta y claramente. El  momento para hablar en voz alta y defender sin miedo y de manera activa, la sociedad que queremos. Una Colombia donde la avidez de los unos no se vea alimentada por el temor de los otros.

 

Las palabras con las que Uribe promueve la revocatoria del Congreso, las palabras con las que llama a la  desobediencia civil, el conejo con el que pretende sustituir el poder simbólico de la paloma, están puestas, con todas sus vocales, en la agenda política. La misma en la que tenemos que poner con todas las vocales y sus respectivas consonantes, nuestras demandas y propuestas, el ideario que hemos contribuido a crear para superar todas las formas de discriminación. Porque el género nos señala el ámbito de la cultura y la socialización como lugares para rebatir las ideas esencialistas sobre la identidad y las relaciones de poder que existen y fundan las desigualdades.

 

Las palabras habilitan e instituyen, nos autorizan  o nos niegan.  Hagamos que esas palabras sean las nuestras. Hagamos de la implementación del acuerdo de paz un espacio donde seguir disputando los sentidos, asentar simbólicamente las conquistas y luchar materialmente por los sueños.

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