Pontificando

El club del Papa.

Ana Cristina González Vélez
Ana Cristina González Vélez
Médica e investigadora feminista. Consultora internacional.
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10 de Septiembre de 2017

Que intelectuales y políticos de todo cuño se esfuercen en demostrar por qué el Papa, su presencia y su discurso, son tan importantes hoy en Colombia, tiene que ver mucho con la facilidad de los hombres –incluso los más liberales- para encontrar  siempre una idea allá, un detallito aquí, un trocito de Encíclica por este lado, aquél   fragmento de la declaración tal, para ensamblar una bisagra, un puentecito que les permita ser parte de un gran pacto entre varones.  

No dudo que el discurso del Papa es un discurso moral. Un discurso moral que fundado en valores judeo-cristianos obliga a pensar en el otro en abstracto para conmiserarse con él, para respetarle, para entrar en su conciencia y amoldarla y para perdonarle. Y me parece muy bien si la presencia del líder religioso ayuda a una Nación a perdonarse, a allanar el camino para la difícil tarea de construir la paz.  Pero lo que me asombra es la facilidad con la que tantos hombres escriben plenos de admiración resaltando al Francisco subversivo, al adalid medio ambiental, al reformador de la Iglesia, al de los zapatos viejos, mientras prefieren ignorar la  estructura que representa y simboliza como doble mandatario de la religión católica apostólica y romana, y del Estado Vaticano. Y esa religión, política y no espiritualmente hablando, y ese Estado, son profundamente autoritarios, misóginos, discriminadores y autocomplacientes. 

El Estado Vaticano es una aberración en el marco de las democracias modernas: sin ciudadanos iguales ante la ley, con sólo una treintena de mujeres que lo habitan (alguien tiene que limpiar!), con discriminación “oficial”, con prohibiciones moralistas y sin haber firmado importantes convenciones internacionales como la de los derechos civiles y políticos o las relativas al trabajo digno, (sin ir más lejos porque no ha firmado casi ninguna) pero con un lobby poderoso dedicado a aplastar todos los derechos que en los foros regionales y en los de las Naciones Unidas y aquí mismo, en casa, defendemos quienes luchamos por la justicia, la igualdad, la democracia. 

Durante más de 20 años el movimiento feminista latinoamericano y caribeño ha acompañado los debates intergubernamentales en materia de derechos de las mujeres, igualdad de género, salud y derechos sexuales y reproductivos en las Naciones Unidas sin que hasta hoy hubiésemos visto el día en que el Vaticano no se hubiera opuesto ferozmente a que las mujeres fuésemos reconocidas como dueñas de nuestros cuerpos y nuestra autonomía, el día en que no se hubiera opuesto a que todas las personas fueran iguales en derechos. El día en que hubieran defendido una ética en la que cada persona sea su propio agente, una ética que permita tener el dominio pleno de la propia conciencia para poder tomar, basado en ella, las decisiones más íntimas. Una ética guiada por la razón, por el respeto de la intimidad, la no discriminación, la igualdad sustantiva, la no corrupción y el cuidado de los bienes públicos. Una ética que no olvide que lo personal, también es político. 

Es difícil ignorar que el Papa es sobretodo una figura política que representa justamente aquél Estado. Tan difícil como resulta no pensar que la admiración que tantos de tan diverso cuño le profesan –de izquierdas y derechas, católicos o no católicos- sólo es posible porque todos ellos son parte de los pactos que se tejen desde hace siglos entre varones poderosos manteniendo una hegemonía en la que las injusticias y las desigualdades que atañen a la vida de las mujeres y la diversidad  sexual se ven siempre postergadas. Es como si el Papa fuera el líder del Club de Toby (mejor dicho como si el Papa fuera Toby) y entonces todos se vieran obligados a olvidar que Colombia es un Estado Laico según la Constitución, que hubo un Siglo de las luces, que hubo ilustración, , y que les guste o no a los retrógrados, estamos en la modernidad. 

No se si indigna más –y no sólo por los costos- enterarse de los policías acostados que fueron retirados de la ciudad para que a su Majestad no le doliera la espalda al paso de su carroza, o la liviandad con que los hombres de todo cuño se han engolosinado con su visita. Si indignarse por lo que esto cuesta, por lo que simboliza o por lo que ignora. Alguien pensó alguna vez como le queda la espalda a quienes deben perder horas y horas en el transporte público mientras circulan por calles destrozadas?

Es de esto que tratan esos pactos entre varones. De un sistema de relaciones de poder donde subyacen nociones sobre lo justo, lo bueno, lo esperable, lo legítimo y lo legal, y que en su versión moderna funciona como bien lo han dicho Pateman, MacKinnon y Segato, a la manera de pactos fraternos entre los hombres que dominan lo público. Hombres que van desde el Papa hasta el Presidente, ex presidentes, columnistas e intelectuales. Sin que sea posible encontrar ninguna diferencia entre aquellos que le defienden y le tienden puentes desde la izquierda o desde la derecha, y si, en cambio, una similitud demoledora: la del discurso que refuerza una hegemonía y un dominio masculino de toda nuestra vida pública.

Me parece muy bien si la visita del Papa ayuda a nuestra difícil tarea por la reconciliación. Pero que lastima que tantos varones le hayan tomado el gusto a pontificar con él, en la cresta de la ola, olvidando no sólo lo que ese estado simboliza si no también, lo que esos oropeles representan.