Otra cara de la visita del Papa Francisco

Cuatro días de catarsis colectiva. Catarsis para  liberar miedos, desesperanzas  y “purificar el alma”. Cuatro días en los cuales como en el “Sueño de las Escalinatas” de Jorge Zalamea: “Crece, crece la audiencia” de las/os sin esperanzas, de las abandonadas/os por el Estado y excluidas/os de la sociedad.

Olga Amparo Sánchez
Olga Amparo Sánchez
Feminista activista e investigadora colombiana
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20 de Septiembre de 2017

Multitudes de gente en la calle, en plazas públicas y parques, ansiosas de ver, aunque fuera a distancia y por fracciones de minutos, al Papa marcaron la vida cotidiana del país, entre el 6 y 10 de septiembre. Cuatro días de realismo mágico. Los problemas  y las realidades que cotidianamente vivimos se detuvieron en el tiempo, y lo que sucedía en el resto del mundo poco importaba, hechos como el devastador paso del huracán Irma o la masacre por parte del ejército de Myanmar, cuyos soldados dispararon contra civiles y arrojaron a niñas/os al río, pasaron desapercibidos para el país.

Muchas décadas de dolores enquistados, de rabias y venganzas contenidas, de vidas y sueños truncados, de silencios impuestos, de ausencias de Estado, de desidias de políticos/as y empresarios/as, de voces acalladas por las balas, de unos y de otros, de tierras despojadas, de desplazamiento y desapariciones forzadas, y de violencias que marcaron los cuerpos de las mujeres, fueron antesala de la visita papal.

Por supuesto, estas cruentas realidades no podían ser solucionadas con su visita. Para ello se requiere garantizar a las víctimas sus derechos a la verdad, la justicia y la reparación; restituir derechos y distribuir justamente ingresos, recursos, riqueza y servicios. Pero lo que sí mostró su peregrinaje, es que somos una sociedad que necesita mensajes de esperanza, de optimismo y de fe en los/as otros/as, y  que no existe en el país un/a líder con capacidad de enamorar, convocar y mover a  amplios sectores de la sociedad colombiana con mensajes de esperanza y optimismo.

Cuatro días de catarsis colectiva. Catarsis para  liberar miedos, desesperanzas  y “purificar el alma”.

Creo que el país la necesitaba, y solo la podía lograr un líder de la talla y la credibilidad del Papa Francisco. Cuatro días en los cuales como en el “Sueño de las Escalinatas” de Jorge Zalamea: “Crece, crece la audiencia” de las/os sin esperanzas, de las abandonadas/os por el Estado y excluidas/os de la sociedad. En esa audiencia se hicieron presentes la madre que sostiene al  hijo enfermo en sus brazos, que burla la seguridad, para obtener la bendición del Papa, quizás con la esperanza de obtener el milagro de la sanación de su hijo; ademas, la mujer con su cara y cuerpo desfigurado por la brutalidad de la violencia de su expareja, siente que el Papa le devuelve los deseos de vivir, y renuncia a la eutanasia.

El Papa escuchó a la audiencia: “Pues tengo el designio, ¡oh, creyentes!, de abrir audiencia aquí, sobre las escalinatas, de espaldas al Río, frente a los Templos y bajo los Palacios” (El sueño de las Escalinatas, Jorge Zalamea).

Y las niñas en Cartagena y Medellín, víctimas del cruce de las violencias en su contra, depositan en él la esperanza de un presente y un futuro mejor. Las niñas/os y jóvenes con discapacidades, en Bogotá, reclaman frente al Papa la inclusión y el ser tratadas/os como iguales. Las víctimas en Villavicencio, reciben las palabras del pastor de la iglesia como un bálsamo para sus dolores. Las/os afro descendientes en Cartagena, valoran el haber sido reconocidos como parte de la historia de esta nación.

Esas voces atendidas por el Papa, dejaron al descubierto, como herida sangrante, que necesitamos altas dosis de confianza en unos/as y en otras/as, de esperanza, de fe y de conmiseración para hacer frente a la incertidumbre de la vida diaria.  Tercamente precisamos  creer en lo que somos y en nuestras capacidades para lograr un país y una casa en paz.

El peregrinaje del Papa evidenció que las buenas formas cuentan, que política y estética hacen una buena pareja.

Con su sonrisa serena, con voz pausada y con gran autoridad y sin necesidad de gritar, insultar, desconocer a el/la otro/a o considerarse impoluto, envió duros, sentidos  y cálidos mensajes a obispos, víctimas, políticos, actores del conflicto y  a la sociedad colombiana.

“Y estoy aquí no tanto para hablar yo sino para estar cerca de ustedes, mirarlos a los ojos, para escucharlos, abrir mi corazón a vuestro testimonio de vida y de fe. Y si me lo permiten, desearía también abrazarlos y, si Dios me da la gracia, porque es una gracia, quisiera llorar con ustedes, quisiera que recemos juntos y que nos perdonemos ―yo también tengo que pedir perdón― y que así, todos juntos, podamos mirar y caminar hacia delante con fe y esperanza”. “Reconciliarse es abrir una puerta a todas y a cada una de las personas que han vivido la dramática realidad del conflicto. Cuando las víctimas vencen la comprensible tentación de la venganza, se convierten en los protagonistas más creíbles de los procesos de construcción de la paz” (Homilía en Villavicencio). “Muchos pueden contribuir al desafío de esta Nación, pero la misión de ustedes es singular. Ustedes no son técnicos ni políticos, son pastores” (Palabras en la Nunciatura Apostólica, Bogotá), y “el diablo entra por el bolsillo siempre’, pues todos debemos estar atentos a la corrupción ya que  empieza poquito a poquito y luego se enraíza en el corazón acaba desalojando a Dios de la propia vida” (Encuentro privado con los religiosos en Medellín).

Y es muy posible que los mensajes papales, queden solo en la memoria colectiva del país o en los anaqueles de las bibliotecas o en los archivos de los medios de comunicación y que las/os excluidas/os, sin presente y seguramente sin futuro, no vuelvan hacer centro del interés de políticos/as y de los medios de comunicación. Todo volverá a lo mismo, seguramente,  pero tengo la débil esperanza, esperanza al fin y al cabo, de que independientemente de ser creyente o no, nos demos a la tarea de hacer realidad la justicia social, la inclusión, la paz y la reconciliación. Sí esto lo logramos valió la pena la visita del primer prelado de la iglesia católica.