Niñas menos indefensas, niños menos machitos

El caso de Yuliana Samboní es un llamado para que la sociedad asuma su responsabilidad a la hora de inculcar los roles de género, los mismos que impiden que las niñas se enfrenten a sus miedos y puedan así combatir la violencia a la que son sometidas día tras día.

Rocio Pineda-García
Rocio Pineda-García
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19 de Diciembre de 2016

Alarmada una parte de la sociedad colombiana, por la noticia del secuestro, tortura, violación sexual y asesinato de la niña Yuliana Andrea Samboní (domingo 4 de diciembre), presuntamente por un arquitecto famoso de 38 años, Rafael Uribe Noguera, se rasgan las vestiduras los noticieros, autoridades, hombres y mujeres de todas las clases sociales y durante más de una semana nos invaden con detalles innecesarios, sobre la vida, honra y bienes del asesino.

Por una parte, me llena de esperanza la indignación ciudadana y el creciente rechazo social y, por otra, lamento la persistente tolerancia social e institucional a una endemia social de violencias contra niñas y mujeres, denunciada y puesta en el debate público por las feministas desde la década de los 80.

Y mientras nos indignamos, olvidamos que en el diario vivir estamos criando, formando y educando niñas, fácilmente víctimas de un delito ya documentado por entidades públicas y organizaciones defensoras de derechos de las mujeres, que señalan a familiares, vecinos y conocidos como el 75% de los agresores. 

Es en el hogar, la familia (esa familia defendida por los promotores del referendo que promueve la adopción solo por cónyuges heterosexuales), la escuela, el consultorio, el entorno residencial, tal como en el reciente caso, donde los victimarios encuentran el espacio perfecto para sus actos violatorios de la dignidad de niñas y mujeres.

Es esta, la primera realidad sobre la que hay que tomar conciencia. Por más que nos parezca imposible, son padrastros, padres, hermanos, tíos, abuelos, vecinos, maestros, curas, médicos, entrenadores deportivos, amigos, quienes osan violentar el cuerpo y la vida de las niñas para saciar sus ansias sexuales y de dominación. Y es infortunadamente de ellos, de quienes las niñas tienen que aprender a defenderse y estar alertas, aunque nos suene exagerado o alarmista.

La primera tarea empieza por dejar de enseñarles a ser princesas, conquistadas por príncipes de todos los colores; empieza por dedicar esfuerzos y creatividad a formar y educar niñas seguras, capaces de identificar peligros para su integridad personal; enseñarles alertas, alarmas; invertir recursos en actividades que las vayan convirtiendo en niñas capaces de enfrentar los riesgos.

Niñas sin miedo a hablar, a señalar, a actuar. Hay que dejar de legitimar el miedo como una condición de las niñas y las mujeres. Mientras a los niños les entrenamos para ser fuertes, poderosos, a dejar los miedos, a las niñas se los inculcamos. En ambos casos está quid del problema: a ellos les enseñamos a ser machitos y a ellas a ser indefensas.

Este proceso complejo de construcción de subjetividades femeninas y masculinas, rechazado con tanta vehemencia por quienes, atacando la ideología de género, se niegan a aceptar que mujeres y hombres aprendemos dichas conductas, desde la más temprana infancia, en el contexto familiar y sociocultural donde crecemos.

Cuando observen en la cabecita de una niña recién nacida, un flamante moño nunca pedido por ella, ni de su interés, adviertan una de las primeras improntas de feminidad puesta en ese ser femenino; agréguenle el juego de muñecas y su implícito entrenamiento para la maternidad y súmele el trato de reinita, muñequita y princesita y verán conductas todas ellas fragilizantes de un ser humano lleno de potencialidades, pero perdidas en la intangibilidad de dispositivos culturales repletos de estereotipos de género, en un continuum del que hoy lamentamos sus efectos.

Las ciencias sociales nos explican los sutiles hilos de la socialización humana y el papel de las pautas culturales en la constitución de los sujetos mujeres y hombres y la manera de relacionarse. Está en nuestras manos acabar con el flagelo de la violencia sexual de las niñas y mujeres, si decidimos cambiar los patrones sexistas y misóginos en la crianza, formación y educación de las niñas y los niños.

Por ejemplo; si los medios de comunicación, los financiadores de publicidad, diseñadores y diseñadoras, facultades de comunicación, toman conciencia del papel que cumplen en la reproducción de estereotipos de género y roles sexistas que denigran de las mujeres, podrían comprometerse a erradicar la producción y difusión de imágenes de mujeres, especialmente jóvenes, puestas como objetos sexuales dispuestas a ser tomadas y dejadas.

“Ni machitos, ni princesas” tal como lo dicen Helen Sotillo y María Marnau. (Observatorio de Género de Chile. Noviembre 2016). ¿Qué tal, si en vez de spas y salones de belleza, invertimos en clases de karate o actividades similares para que las niñas, se apropien de su cuerpo y de sí mismas, reconozcan sus potencialidades y se empoderen, en vez de prepararlas como objetos al servicio, uso y apetitos de otros?