Las mujeres "fuertes" también nos silenciamos

El acoso ha creado estereotipos sobre cómo deben responder las mujeres. Ser feminista y ser percibida como fuerte imponen que debo saber qué hacer ante el acoso, incluso cuando no me lo espero. Así reaccioné cuando me acosaron este fin de semana. 

Linda Patiño
Linda Patiño
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04 de Mayo de 2017

El feminismo nos vuelve diferentes, cambia la forma en la que éramos mujeres antes y en la que nos consideramos las mujeres a nosotras mismas, nuestras obligaciones, las relaciones que entablamos y las decisiones que tomamos ahora. Esta independencia nos vuelve en mayor o menor medida mujeres “diferentes” para los ojos de cientos de personas que nos rodean. Algunas alagan nuestra independencia, nos llaman fuertes y admiran el valor de tomar decisiones por encima del qué dirán; otras nos descarnan las espaldas, critican nuestra ropa, lenguaje y falta de recato.

Pero las "fuertes", seguimos enfrentando el mismo entorno agreste contra las mujeres. Nos subimos a los mismos medios de transporte, aceleramos el paso cuando hay un grupo de hombres trabajando en una construcción, soportamos el sexismo en el trabajo, en los lugares públicos y somos amenazadas por nuestra falta de sumisión. Pero, las fuertes también podemos quedar pasmadas cuando nos acosan.

El fin de semana pasado, salí a beber unas cervezas con un círculo de personas cercanas en un lugar reconocido de la capital. Después de unas rondas, y con ganas de ir al baño, me levanté de la mesa para encontrarme con una fila de chicas en mi misma situación. Me apoyé en la pared mirando hacia el suelo y de repente una mano recorrió toda mi cintura. Fueron 2 segundos eternos. Para cuando giré a ver quién era, una silueta masculina se alejaba del lugar. “Tal vez se apoyó porque iba muy borracho” pensé, aunque casi inmediatamente me pregunté “¿y me agarra por la cintura?”. Pues sí. No se sintió como un borracho que incidentalmente tropieza y se apoya en otra persona. Fui la siguiente en la fila, entré al baño y luego regresé a la mesa.

Me senté e hice el comentario mientras hablábamos con un primo y su pareja sobre los piropos y el acoso. – El espacio público no es para mujeres. Los hombres disponen de nuestro cuerpo y creen tener el derecho de decir y hacer lo que quieren. Hace unos minutos un hombre manoseó mi cintura.

Hubo un silencio incómodo. Primero algo de incredulidad –“¿Qué? ¿Aquí? ¿Cuándo fuiste al baño? ¿Cómo así?" –. El tema que estuviera en la mesa quedó olvidado y se centraron en lo que pasó. La primera pregunta fue –¿Y quién fue el man?– pienso un momento y me doy cuenta que no tengo ni idea. –Como que ni idea, ¿cómo era, no recuerdas su cara?– vuelvo a pensar y creo recordar que llevaba una camisa roja como con azul. 

¿Pero por qué no le dijiste nada?

Sí, debiste voltearte e insultarlo al menos ¡qué tal!

Me doy cuenta que estoy hablando bajo. Me recompongo y digo con más volumen –¿Y cómo si casi ni me di cuenta de qué pasó?  Simplemente no sé… no pude –.

“Uno siente” “Si, hay que voltearse y gritarle” “le hubieras dado un golpe”.

¿Por qué no gritaste? ¡Si hubieras gritado nosotros hubiéramos ido a ayudarte!

Y la misma sensación de molestia que tenía, la sigo teniendo ahora. Si regreso a estos recuerdos, veo varias cosas. Las preguntas no son sobre lo que el hombre hizo y cómo puedo estar, sino sobre qué debí hacer, cómo debí hacerlo. En el fondo, las preguntas me dicen que la culpa es mía por no verle el rostro, por no haberme dado cuenta de qué pasaba, por no girarme e insultarle, por no reaccionar con un golpe, y finalmente por no gritar pidiendo socorro. Si, así de descarado es el momento. Por 2 segundos largos, yo debí tener reflejos ninja y actuar como feminista robot (o el estereotipo valiente, irreverente y casi brutal que consideran soy).

La pregunta que me quedó desde allí es ¿para poder ser mujer, estar libre de violencias y discriminación, y salir a la calle, además debo ser una maestra ninja, cargar gas pimienta y andar al baño con tres hombres de escolta? No. Ser fuerte no puede ser una excusa para el acosador. La culpa no puede ser de nosotras que tardamos un segundo de más en reaccionar. ¿Quién pregunta por qué el hombre decidió “acariciar” mi cintura? ¿Quién habla de su falta de respeto?

Las mujeres que son víctimas de violación, abuso, violencia intrafamiliar, todas las mujeres que enfrentan dolorosamente el camino de la violencia, son victimizadas porque no les creen. Les preguntan si estaban borrachas, cómo iban vestidas, si ellas lo provocaron o por qué simplemente no gritaron, corrieron, golpearon y buscaron ayuda para vencer a sus agresores. Lo mío, sólo fue un imbécil en un bar, una falta de respeto y una lección para mí sobre nuestro entorno, fuera de nuestra burbuja progresista, humanista y promotora de los derechos humanos. Lo de ellas, es una historia que puede contarse cada 30 minutos en nuestro país, con un rostro diferente.