La naturalización del poder masculino

Nuevamente el poder y la voz de las mujeres brillaron por su ausencia, en la instalación de la Mesa de Diálogos para la Paz en Colombia, en la ciudad de Quito el 7 de febrero, y en los discursos que dieron inicio a la Mesa.

Olga Amparo Sánchez
Olga Amparo Sánchez
Feminista activista e investigadora colombiana
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15 de Febrero de 2017

En las sociedades patriarcales, históricamente, se ha construido un sistema de asignación de identidades diferenciales para los varones y para las mujeres. Para los varones el referente  es el poder, la fuerza, la racionalidad, y  para las  mujeres el opuesto de ello. Ellas presentan  una serie de  rasgos que se consideran inferiores a los de los varones y son valorados negativamente.

Hay quienes pueden afirmar que estas valoraciones se han transformado, por supuesto que sí.  Y gracias a las vindicaciones del feminismo, a sus teorías y prácticas las mujeres hemos generado una revolución cultural sin precedentes en la humanidad y ganado autonomía y  mayor control sobre nuestras vidas.

Reconociendo los avances de las mujeres en las sociedades patriarcales, persisten obstáculos y resistencias de la sociedad y de los varones para otorgarnos legitimidad y reconocernos autoridad como sujetos políticos, individuales y colectivos. Y en este campo la cultura es una clave de primer orden. Porque al contrario de lo que se piensa, se continúa viendo como natural el poder masculino y aceptando sin mayor cuestionamiento la ausencia de las mujeres de los centros de poder y de toma de decisiones. 

Nuevamente el poder y la voz de las mujeres brillaron por su ausencia, en la instalación de la Mesa de Diálogos para la Paz en Colombia, en la ciudad de Quito el 7 de febrero, y en los discursos que dieron inicio a la Mesa. Pero también, la preeminencia del poder masculino estuvo presente en el proceso de diálogo entre el gobierno y las FARC-EP.

Lo que se resalta como natural es el poder de los varones, y la presencia de las mujeres es vista como lo diferente, lo excepcional y como un gran logro. Por supuesto, nuestra presencia en ambos procesos y en la sociedad, es un avance en la ardua tarea de desnaturalizar el poder masculino. No ha sido un regalo, por el contrario es producto de largos años de vindicaciones, exigencias, propuestas, organización y resistencias.  

Estoy segura que algunos/as dirán: nuevamente las quejas de “esas feministas a las que nadie  tiene contentas”, y qué vamos hacer sí los varones son mayoritariamente lo jefes, los ministros, los presidentes, los que tienen la riqueza, los directores de cine, los científicos, los escritores. Y las mujeres las reinas, las madres, las modelos, las enfermeras, las maestras, las cuidadoras, las secretarias. No me importa que me tachen de feminista “cansona”, si con ello contribuyo a desnaturalizar eso que no vemos, que no cuestionamos, que damos como algo dado que siempre ha existido: el poder masculino.

No estoy vindicando para las mujeres, ni para ninguna persona, grupo o colectivo, un poder que destruye, que avasalle lo diverso, que controle la naturaleza, que utilice la violencia para disciplinar, imponer el orden, colonizar, invadir y destruir. No deseo un poder que cercene la autonomía. Por el contrario, creo es necesario remover los cimientos de la cultura patriarcal y darnos la oportunidad de construir poderes colectivos, autonomías, legitimidades y otorgar autoridad a quienes se les ha despojado de ella.  En el horizonte de construcción de paz una tarea inaplazable es la desnaturalización del poder masculino para generar transformaciones en la cultura, en las prácticas políticas y en la democracia.  

Adenda. Pido excusas a mi seguidoras/es por el largo período de ausencia en la Red de las Mujeres.

 

 

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