Justamente

La implementación del acuerdo de paz requiere de la participación plena como un elemento de legitimidad. Pero no cualquier participación sino una que asegure la plena presencia de las mujeres, la paridad. Son muchas las mujeres competentes que hay en Colombia para orientar esta etapa fundamental de manera que se construya un pais en paz. 

Ana Cristina González Vélez
Ana Cristina González Vélez
Médica e investigadora feminista. Consultora internacional.
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23 de Diciembre de 2016

Después de intensos debates nacionales sobre los contenidos del nuevo acuerdo de paz, y tras reconocer que de manera tácita o expresa, unos y otros, señalaron la implementación como una fase fundamental para hacer ajustes, la participación se convierte en un elemento central para dar legitimidad a esta fase del proceso y sobretodo, al gran esfuerzo de, justamente, construir un país en paz.

Pero no se trata de una participación cualquiera. Se trata de dar la señal, desde el vamos, de una apuesta sincera que requiere para su concreción, la presencia de las mujeres. Se trata justamente de que la mitad de la población pueda participar de manera plena.

Se trata justamente, de asegurar los mecanismos para hacer a las mujeres parte activa del proceso en todas las instancias y en relación a todos los temas, y de que las condiciones que con frecuencia les impiden participar, puedan ser transformadas. Se trata justamente, que la participación sea cuando menos, paritaria.

Es decir, que el proceso de implementación del acuerdo de paz y la consecuente construcción de un país igualitario, no discriminatorio, sin armas, sin guerra, sin impunidad, sin violencia y con distribución, entre muchas otras aspiraciones, se haga de manera plena, con las mujeres.

No quiero listar acá todas las razones por las que la participación en el proceso de implementación debería ser paritaria, pero no por ello puedo dejar de mencionarlas. Que existen compromisos internacionales en materia de promoción de la participación de las mujeres y que al menos en las últimas dos décadas los gobiernos de América Latina y el Caribe en pleno han reconocido que la participación paritaria de las mujeres es fundamental para fortalecer la democracia, en todas las instancias y en todos los niveles.

Esto implica que se tomen todas las medidas que sean necesarias para lograrlo: transformaciones culturales que en el largo plazo hagan de este escenario uno realmente plausible, medidas afirmativas, asignaciones presupuestales, y sobretodo la voluntad política expresa de llevarla a cabo.

Estos compromisos culminan recientemente con la adopción de los objetivos de desarrollo sostenible (ODS) donde los gobiernos acordaron “velar por la participación plena y efectiva de las mujeres y la igualdad de oportunidades de liderazgo a todos los niveles”. Sin ir más lejos, Colombia tiene dos leyes que estipulan cuotas para cargos administrativos y para elecciones a cuerpos colegiados.

La paridad sigue siendo en nuestro país una aspiración y en la construcción de una democracia más sólida, parte de un horizonte con igualdad. Nada mejor que estos tiempos para lograrla.

Tampoco voy a decir que la razón para promover y lograr una participación paritaria, es que el Acuerdo se afianza en la idea de que todo se trata, al final, de construir una paz estable y duradera con la participación de todos y todas las colombianas.

Una participación que permita la diversidad y asegure la inclusión y que para ello el acuerdo expresamente indica que se promoverá la participación de las mujeres en todas las instancias, y que ésta deberá ser equitativa en los distintos puntos del Acuerdo.

El enfoque de género, el enfoque de derechos, la igualdad y la no discriminación son principios generales de la implementación del acuerdo y deben servir para asegurar una clara, fuerte, sólida y ojalá, paritaria participación de las mujeres.

Tampoco voy a argumentar que la razón por la que las mujeres debemos estar ahí, a lo largo de todo el proceso de implementación tiene que ver con que podemos ofrecer nuestras perspectivas como víctimas, como voceras de distintas demandas, como defensoras de derechos humanos, como académicas, como expertas.

Ni que la voz feminista puede ser un bálsamo a la mirada androcéntrica y masculina que ha sostenido la guerra, trayendo al centro de los debates públicos una perspectiva que propenda por la igualdad, la diversidad y la no discriminación.

Una mirada que logre desactivar todos los pactos en virtud de los cuales las relaciones de poder entre mujeres y hombres en nuestra sociedad, hacen que ellas terminen siendo la parte subordinada, excluida o marginada de la ecuación, para reemplazarla por una donde sus miradas, sus necesidades y sus afectaciones particulares sean reconocidas. Pero sobretodo, una en la que su voz tenga fuerza y una presencia, que como la paz, sea estable y duradera.

Las mujeres y la mirada feminista no sólo contribuirán a asegurar la atención debida y el cumplimiento total de cada una de las medidas del acuerdo que las involucran directamente sino que podrán contribuir a todos los puntos del acuerdo para que este nuevo país se construya con las mujeres desde su estatus de ciudadanas plenas.

Y no voy a argumentar tampoco que son muchas las instancias (Alta Instancia de género), las comisiones (de seguimiento, impulso y verificación, de la verdad, de garantías de seguridad), los consejos (para la reconciliación), las unidades especiales, los programas integrales, los nuevos cargos (más de 60 por ejemplo en el campo de la justicia entre magistraturas, investigadoras) y muchas las agendas (rural, drogas, jurisdicción especial para la paz, participación, víctimas, dejación de armas), los marcos normativos y la nueva institucionalidad que se va a crear, para insistir en que hay muchos espacios en los que nuestra mirada es fundamental no sólo para aportar en los temas que afectan a las mujeres sino sobretodo para permear con el enfoque de género la política y las políticas en torno a la implementación del acuerdo.

Sin embargo, y pese a todas estas razones, solemos encontrarnos con que las mujeres somos casi siempre, sino siempre, la imagen que falta en todas las fotos importantes de la política, la voz ausente en casi todas las altas instancias, y las que estamos representadas en bajísimos porcentajes en el gabinete ministerial, en las altas cortes, en el congreso, en los concejos locales, en las alcaldías y en las gobernaciones. La baja participación es la marca distintiva de las mujeres en la política.

Y no porque, como quiero expresar acá, no tengamos mujeres competentes, formadas profesional y académicamente, íntegras, comprometidas, con amplia experiencia y presentes en todas las esferas de la vida pública (además de ser casi las únicas presentes en la esfera privada), sino porque no nos nombran (literal y metafóricamente).

Podría empezar una lista a la manera en que en varios momentos la Silla Vacía (que ahora además tiene una Silla “llena” de mujeres) ha lanzado nombres de mujeres competentes para ocupar los más altos cargos de todos los poderes, pero no tengo espacio ni es la intención de esta columna.

Se trata sobretodo de que quienes tienen la potestad y gozan del poder de la representación, no olviden que la nuestra es una democracia participativa y nuestra constitución, una que afirma la igualdad entre mujeres y hombres, así como la no discriminación, como elementos centrales igual que lo hace este nuevo acuerdo de paz.

Así que hago esta pequeña lista para insistir sobretodo en que sí hay mujeres, y muchas: Magdalena León, Cecilia López, Donny Meertens, Angélica Bernal, Linda Cabrera, Catalina Díaz, Luz Marina Monzón, Catalina Botero, Mara Viveros, Beatriz Quintero, Ángela María Estrada, María Emma Wills, Luz Piedad Caicedo, Nora Segura, Isabel Cristina Jaramillo, Claudia Mejía, Marina Gallego, Olga Amparo Sánchez, Argelia Londoño, María Victoria Uribe, Carolina Vergel, Adriana Benjumea, Isabel Agatón, Piedad Córdoba, Gloria Cuartas, Marcela Sánchez y MUCHAS otras más.

Líderes de las regiones, mujeres negras, indígenas, académicas, activistas, expertas reconocidas internacionalmente, y MUCHAS otras más. Todas ellas deberían estar en las listas y muchas de ellas deberían ser elegidas. Al menos un 50% de todas quienes integren estas nuevas instancias. Con paridad, por una sociedad que le apueste a esa paz.