¡Adiós a las armas!

En nuestros corazones se debería albergar la esperanza de mejores días en el futuro. Y cómo no sentir alegría de ver a guerrilleras/os en las Zonas Veredales Transitorias de Normalización, capacitándose para su reincorporación a la vida social y recurriendo al arte para sanar heridas. Hoy tenemos más de 7.000 personas que han silenciado sus fusiles.

Olga Amparo Sánchez
Olga Amparo Sánchez
Feminista activista e investigadora colombiana
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14 de Junio de 2017

A la fecha, el 60% de las armas que durante 53 años las FARC-EP empuñó para hacer política y tomarse el poder, se encuentran en manos de la Misión de la ONU. Por ello, el 13 de junio de 2017, debió ser un día de fiesta nacional, un día para darle la bienvenida a la paz y despedir las armas. Motivo de fiesta por la entrega del segundo 30% de las armas en su poder; porque con acciones concretas las FARC-EP, le está mostrando al país y al mundo su voluntad política para cumplir con lo acordado; porque en los nueve meses de cese bilateral al fuego, “no se han presentado víctimas mortales ni heridos de la población civil en acciones de las FARC-EP”, tal como la afirmado el Centro de Recursos para el Análisis del Conflicto- CERAC-; y porque la entrega de 4.000 armas, según la Misión de la ONU, es un paso más hacia el ejercicio de la política sin balas.

Debió ser un día de fiesta porque desde el cese bilateral al fuego, no han perdido la vida más de 2.500 colombianas/os y no se han generado más víctimas. Fiesta porque en los territorios que han vivido la crueldad de la guerra hoy, con todas las dificultades que aún subsisten, pueden dormir y amanecer sin el temor a los bombardeos y enfrentamientos de la fuerza pública con los/as guerrilleros/as.

En nuestros corazones se debería albergar la esperanza de mejores días en el futuro. Y cómo no sentir alegría de ver a guerrilleras/os en las Zonas Veredales Transitorias de Normalización, capacitándose para su reincorporación a la vida social, recurriendo al arte para sanar heridas, haciendo posible maternidades y paternidades postergados. Hoy tenemos más de 7.000 personas que han silenciado sus fusiles, para buscar un espacio en la sociedad colombiana y para hacer política a través de la palabra y el debate democrático.

En lo personal el 13 de junio de 2017, marca mi historia y la de toda una nación. Ante las imágenes de las armas en los contenedores en la Zona Veredal de la Elvira, en el municipio de Buenos Aires (Cauca), emoción hasta las lágrimas y una plegaria para darle gracias a la vida por haberme otorgado el gran privilegio, de asistir a un hecho de gran trascendencia para las generaciones presentes y futuras, el paso de la guerra a la paz.

Desafortunadamente la indiferencia, la desidia de medios de comunicación y de políticos/as, los egoísmos y las pequeñeces de quienes no quieren dar el salto hacia la paz, no permitieron que este día fuera significativo para la mayoría de la población colombiana; quizá fue un día común y corriente en la lucha cotidiana por la sobrevivencia o en la carrera loca de odios, venganzas y violencias cotidianas en contra de mujeres y niñas. El día estuvo saturado de pequeñeces y mezquindades de las/os contradictoras/es del Acuerdo Final, de mensajes que pretendieron restarle importancia al paso que está dando las FARC-EP, en su tránsito hacia la dejación de armas y la reincorporación a la vida civil. Y los/as contradictores/as del Acuerdo, continúan hasta el cansancio esgrimiendo argumento, contra argumentos, verdades a medias, para tratar de arrebatarnos el derecho, la esperanza y la fe de vivir en un país sin guerra.

Los medios de comunicación tampoco estuvieron a la altura de lo que estaba sucediendo en la Zona Veredal de la Elvira (Cauca); para ellos era más importante el cubrimiento del partido Colombia-Camerún, los gritos de goooool y el estallido del nacionalismo por el triunfo de nuestra selección, que el registrar como el hecho más importante del día y que marca nuevos horizontes para el país, la entrega de armas por parte de las FARC-EP, como un nuevo escalón en la larga escalera para superar una de las etapas más cruentas de nuestra historia.

No me asisten posturas idealistas, acerca del Acuerdo Final y del largo, difícil e incierto camino que nos espera en la construcción de la paz. La implementación del Acuerdo apenas se inicia y se deben sortear una diversidad de retos como hacer realidad la presencia del Estado en los territorios que han sido olvidados, excluidos y postergados en la pobreza durante décadas; eliminar las estructuras paramilitares; garantizar la participación política, la seguridad y el goce de derechos de quienes se reincorporan a la vida civil; consolidar la paz con distribución de riqueza, ingresos y recursos; distribución de poder; reconocer de la otredad; eliminar las violencias públicas y privadas contra las mujeres y las niñas; desarmar los corazones y las mentes; lograr que en la sociedad quepamos todas/os y rescatar la política para el servicio de bien común.

La tarea no va hacer fácil, no podemos desfallecer en ella. Y el 20 de junio, día que las FARC-EP entreguen el 40% restante de las armas en su poder, deberíamos darnos la oportunidad de llevar a cabo el gran Carnaval para decir definitivamente: ¡Adiós a las Armas, bienvenida la Paz!