Votemos libres, hasta de las “cadenas de “WhatsApp”

Debemos  seguir insistiendo en la formación ciudadana como blindaje a la polarización política y a una de sus armas: la difusión de mentiras en las redes sociales. Votemos libres, incluso de las cadenas de “WhatsApp.  

Mario Alberto Cajas Sarria
Mario Alberto Cajas Sarria
Jefe del Departamento de Estudios Jurídicos, Universidad Icesi,Cali.
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17 de Junio de 2018

Hoy es un día de definiciones, de votar libres, sin ataduras, incluídas las cadenas de Whatsapp. No es fácil hacerlo cuando la campaña por la presidencia de la república ha transcurido en medio de la polarización política y la difusión de noticias falsas con un amplio abanico: mensajes que denuncian presuntos fraudes electorales, que establecen falsas relaciones familiares de candidatos con personas de dudosa reputación; o que les atribuyen propuestas políticas que faltan a la verdad. A esas campañas difamatorias también se han sumado maniobras que pretenden confundir a los electores, como es el caso del video que invita a no votar en segunda vuelta por un candidato bajo la mentira de que ya no sería necesario acudir a las urnas pues el voto de la primera vuelta “ya estaría sumado”. Los canales preferidos para la difusión de estos mensajes han sido las redes sociales y las cadenas que viajan a través de los grupos de WhatsApp.              

Por supuesto que las noticias falsas o “fake news” no son un fenómeno totalmente nuevo, recordemos que se consagraron en la escena política colombiana en el plebiscito por la paz del 2016, aunque podría decirse que ya habían hecho una “aparición triunfal” en las elecciones presidenciales del 2010. Tampoco es un asunto exclusivamente local, pues ese tipo de noticias fueron influyentes en el referendo del Brexit así como en la última campaña presidencial en los Estados Unidos de América.

La actual campaña presidencial colombiana también comparte el mencionado fenómeno y otros elementos comunes a la que se lleva a cabo en México, país que dentro de dos fines de semana elegirá al sucesor del presidente Enrique Peña Nieto para el próximo periodo constitucional 2018-2024. Precisamente estuvimos analizando los dos casos en perspectiva comparada en un encuentro académico realizado en la capital mexicana hace dos semanas, cuando tuvimos la oportunidad de dialogar con colegas mexicanos bajo la sombrilla de  la  “polarización política y la pos verdad”. 

Tan pronto habíamos salido de aquel evento, que reflexionaba sobre los modos de garantizar la toma de decisiones políticas racionales, que  acepte con respeto la posturas divergentes; y cuando aún me encontraba en México en otra actividad académica, mi teléfono celular empezó a alertarme con decenas de mensajes sobre una noticia falsa relacionada con las elecciones presidenciales en Colombia, que mencionaba mi nombre. De repente, era como si se me estuviera obligando a contar con una “evidencia empírica” de esa “pos verdad” de la que tanto habíamos conversado.    

La noticia falsa que me “salpicaba” consistía en una nota de voz que parecía transmitirse infinitamente  gracias  a los mensajes que se reenviaban por WhatsApp. Como buena noticia falsa de “cadena” de grupo de amigos, se propagaba casi que en tiempo real y en breve ya había alcanzado a varias redes sociales. Para ser “creíble”, la “fake news” combinaba elementos veraces con mentiras: aprovechaba las noticias recientes sobre las preocupaciones de algunos sectores políticos acerca de presuntos fraudes que habrían tenido lugar en la primera vuelta de las elecciones presidenciales; que sin duda fueron incrementadas por la controvertida declaración de la Fiscalía General de la Nación sobre el tema. Lo falso empezaba con la afirmación de que el ganador de la contienda era uno distinto al anunciado por la autoridad electoral. Después le atribuía información mentirosa a una reconocida ONG, y por último vinculaba mi nombre como convocante de una presunta acción judicial en contra de los resultados electorales, con tufillo a “tutelatón” y que vinculaba a instituciones académicas.

En cuestión de minutos ya había recibido decenas de mensajes de amigos, colegas, familiares, periodistas y hasta de personas que no conocía. Había solicitudes de aclaración, preguntas por la veracidad del mensaje e incluso afirmaciones que daban por cierta la mentira. Lo más rápido que pude emití mensajes desmintiendo la información en redes sociales. La noticia se propagó con tal rapidez y amplitud, que despertó el interés de portales de internet dedicados a revisar noticias falsas, así como de periódicos nacionales y locales, que contribuyeron a desmentir la información. La preocupación regresaría pocas horas después cuando un colega me compartió una segunda noticia falsa que se transmitía en un video: se trataba  de un montaje del  mensaje  de voz de WhatsApp editado, que mezclaron con una nota verdadera emitida por un noticiero nacional, relacionada con denuncias sobre presunto fraude electoral. La edición del video era burda, pues superponía el  mencionado audio sobre imágenes de la nota verdadera, como tratando de hacer creer que este correspondía a la voz de una de las entrevistadas.

Así, de un momento a otro un ciudadano ajeno a la política saltaba a la fama de manera infame y por partida doble. Junto a las naturales molestias personales que produce el aparecer relacionado en una mentira, también parecía que se trataba de una lección para quienes no somos figuras públicas sino ciudadanos dedicados a la vida académica. Las preguntas que me hacía, desde ese lugar, eran varias: ¿Cómo responder a ese tipo de prácticas difamatorias?  ¿Cuál es la contribución al debate público que deberíamos hacer quienes nos dedicamos a la vida universitaria en tiempos en que las mentiras tienen capacidad de formar opinión?

Es difícil ofrecer respuestas satisfactorias a esos y tantos otros interrogantes. Por ahora, creo que es importante tomar con más calma y reflexionar acerca de lo que recibimos en nuestros teléfonos y redes sociales, tanto como solemos hacerlo cuando escuchamos a personas que conocemos y que no conocemos. Nuestro deber como ciudadanos sería comportarnos como periodistas profesionales y serios: al menos verificar la fuente, confrontar la información y ojalá preguntar a los involucrados. Estamos obligados a pensar primero y a preguntar antes de reenviar mensajes a todo el mundo (en sentido literal). Recordar siempre que una vez difundimos  mensajes  perdemos el control sobre lo que hemos emitido.   

Sin duda nuestro papel como miembros de comunidades académicas es seguir insistiendo en la formación ciudadana como blindaje a la polarización política y a una de sus armas: la difusión de mentiras en las redes sociales. Las noticias falsas crean percepciones que afectan nuestro voto: en tiempos electorales esto se facilita gracias a que perdemos la capacidad de hacer el trabajo de todo buen ciudadano comprometido con los bienes públicos: informarse ampliamente, escuchar al otro con tolerancia, respetar la opinión ajena y deliberar antes de optar.

Votemos libres, incluso de las cadenas de  “WhatsApp”.