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Una verdad construida entre todos es mejor que una verdad procesal

Existe una conclusión fundamental, la Comisión de la Verdad puede cambiar a Colombia reconociendo nuestras grandes enfermedades, pero para eso debe ir más allá de ejercicios como el “Basta Ya”.

Jean Carlo Mejía
Jean Carlo Mejía
Asesor y consultor en derecho internacional, derechos humanos y derecho humanitario"
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01 de Junio de 2018

Hace pocos días expusimos en este espacio algunos argumentos para sustentar porque la Comisión de Esclarecimiento de la Verdad, la Convivencia y la No Repetición es el epicentro de la justicia para la transición en Colombia.

En esta oportunidad trataremos el primero de ellos. La comisión como el escenario de una mirada integral y amplia sobre conflicto armado y su degradación.

En primer lugar, el diseño de la Comisión requiere ser entendido desde la evolución que han tenido este tipo de herramientas para superar un pasado violento, comenzando por los contextos de dictaduras como en Argentina, hasta terribles regímenes de represión como el de Sudáfrica.

Una Comisión de la Verdad busca comprender de forma amplia las causas de diferentes tipos de violencias, entre ellos las estructurales o de sistema. Eso no lo logra hacer el derecho penal, menos en una nación con una visión punitivista y populista del accionar criminal (como proponer reimplantar la pena de muerte para ciertos delitos, lo cual contraría normas de derechos humanos debidamente ratificadas por Colombia).
La Comisión colombiana puede describirse teóricamente como una evolución de las herramientas previstas en contextos totalitarios, de guerras civiles clásicas o incluso luego de graves violaciones a derechos humanos sin la existencia de dictaduras o conflictos  como los anteriores.

Éste se debe a su mandato y en virtud de aquel realizará una indagación sobre toda la sociedad y su papel en la guerra. La JEP y los demás mecanismos del Sistema Integral de Verdad, Justicia, Reparación y no Repetición deberán aportar insumos a la Comisión y su misión hoy constitucional y legal es más puntual.

Escudriñar cuál fue el papel de toda la sociedad en medio de la guerra, sus eufemismos  y complejidades, es una tarea mayor que por primera vez se asume estratégicamente en un país acostumbrado olvidar para “superar” guerras a través de amnistías y constituciones nuevas como verdaderos tratados de paz, incluso la actual Carta Magna es ejemplo de ello.

Ni el derecho penal, ni el constitucional tienen ese alcance, propio de la metodología de las ciencias sociales. Aquí el problema es que una mirada cerrada, ligada hacia la exclusiva responsabilidad del Estado, en nada ayudaría a generar un escenario de reconciliación.

Es esencial que se de una ruptura respecto  la experiencia comparada formulada en contextos descritos y que afortunadamente comienza a variar en casos como las comisiones de Perú y Brasil.

Para llegar a comprender modus operandi, prácticas criminales, patrones de comportamiento victimizante, que constituyen graves violaciones a los Derechos humanos y graves infracciones al derecho internacional humanitario la Comisión de la Verdad debe ir hasta lo más profundo de nuestra cultura, de toda la sociedad, para encontrar el ADN que identifica las causas de una guerra, llamada de diferentes maneras.

Todos los actores sociales desempeñaron un rol específico dentro de la ordalía que aún no acaba. No se trata de imputar, acusar, juzgar y sancionar como sucede en el ámbito penal, se trata más de entender, exponer, explicar para que no se repita la ignominia.

Hay que llegar a una mirada comprehensiva sobre la guerra, tantas veces negada, minimizada, o simplemente ignorada. La verdad histórica, la memoria, la narrativa de las víctimas y sus victimarios por fuera del proceso penal es mucho más enriquecedora para reparar integralmente a las víctimas.
Para lograr su cometido la Comisión de la Verdad debe escuchar con igual importancia a todos los actores del conflicto armado y a quienes intervinieron indirectamente; la Comisión debe entender que es una guerra y sus grandes diferencias con otros tipos de violencia y conflictos como Los socio políticos, socio económicos y culturales.

La Comisión debe tener una centralidad real y no formal en todas las víctimas, partiendo de lo que prevé el derecho internacional humanitario. Así quedó en el Acuerdo Final y en las normas de implementación.

Para ello debe utilizar mecanismos que le permitan a todo el país reconocerse en lo qué pasó, mirarse al espejo para reflexionar sobre la indiferencia, las omisiones estructurales, el por qué se llegó a este punto, el por qué la violencia se recicla en nuestros campos y ciudades con tanta facilidad. Aquí las estrategias mediáticas, de amplia difusión, con participación equitativa, serán la clave.

Hacer público lo que tanto se ha querido ocultar es esencial. Una verdad construida entre todos es mejor que una verdad procesal.

Existe una conclusión fundamental, la Comisión de la Verdad puede cambiar a Colombia reconociendo nuestras grandes enfermedades, pero para eso debe ir más allá de ejercicios como el “Basta Ya”, o el realizado en La Habana por petición de las Farc - EP todavía como grupo armado.

Los comisionados tienen un reto superior, no quedarse en los modelos de justicia Transicional extrajudicial de Argentina, Sudáfrica, Irlanda, Salvador o Guatemala. Si los integrantes de la Comisión superan sus propios prejuicios empezará a cambiar nuestra historia para bien de toda la humanidad.