Trump y el aleccionador legado de los ‘caudillos’

La llegada al poder de un caudillo como Trump era tan previsible que desde hace años fue planteada por 'Los Simpson'. Y es que quizás desde mucho antes, cuando ascendió Nixon al poder, hace casi cincuenta años, la sociedad había empezado a convencerse de la corrupción de su clase política. Sin embargo, desde el Watergate de Nixon, la política no recibía tratamientos asépticos. 

José Germán Zarama de la Espriella
José Germán Zarama de la Espriella
Consejero del SENA, periodista y ejecutivo gremial
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09 de Noviembre de 2016

"Nada va a ser más simple, muchas cosas van a ser más difíciles", acaba de  opinar el ministro alemán de Relaciones Exteriores, Frank-Walter Steinmeier. Se refería así el ministro a las implicaciones internacionales tras la consagración del caudillismo en EE.UU. con la elección de Trump.

Pero qué es un caudillo. Los caudillos son figuras políticas que concentran el poder dentro de una organización o toda una nación. Los caudillos no nacen generalmente en las cunas del poder. Son producto de la inestabilidad institucional y la inmadurez política. Este fenómeno se ha repetido en todo el mundo, que ha visto en el último  siglo aparecer caudillos en: Alemania, Italia, China y numerosos países latinoamericanos. Tanto Hitler, como Mussolini, Mao, Leonidas Trujillo o Hugo Chávez,  surgieron en épocas de conmoción social.

Y los EE.UU. llevaban demasiados años de perder la confianza en sus instituciones. Así  lo sabemos todos, por documentalistas progresistas como Michael Moore, o por la novela política de House of Cards. De otra parte, intelectuales como Noam Chomsky, habían  afirmado hace poco, respecto a la sociedad estadounidense actual: <<las personas se sienten aisladas, desamparadas y víctimas de fuerzas más poderosas, a las que no entienden ni pueden influenciar>>.

La llegada al poder de un caudillo era tan previsible que desde hace 16 años ya fue planteada por la serie cómica satírica de Los Simpson. Y quizás desde mucho antes, cuando ascendió Nixon, hace casi cincuenta años, la sociedad había empezado a convencerse de la corrupción de su clase política. Sin embargo, desde el Watergate de Nixon, la política no recibía tratamientos asépticos. Lo cierto es que por mucho tiempo, medios como ‘Wiki-leaks’ denunciaban la podredumbre por dentro del sistema bipartidista gringo.

A pesar de los previos signos de advertencia sobre su posible advenimiento, de manera inevitable llegó el caudillismo a la madre de las democracias, anterior a la Revolución Francesa. ¡América, qué conmoción!. Y qué podemos hacer nosotros, se pregunta el mundo con desconcierto. Muy poco, como quedó demostrado en la soberana decisión de ayer del pueblo americano.

Pero una de esas pequeñas cosas que podemos hacer es entender el problema y sembrar nuestra voz de alerta como parte de la opinión pública mundial. No podemos votar, pero sí opinar, aunque solo seamos ciudadanos del mundo, quizás ‘ciudadanos de segunda clase del imperio americano’. Por ello, porque es lo único que podemos hacer por ahora, tal vez nos convenga profundizar en la tarea de estudiar la trayectoria histórica de los caudillos, para saber cómo detenerlos.  Aunque al final no seamos nosotros, con nuestro Twitter y Facebook, quienes vayamos a detenerlos. Esto lo hará solo el pueblo americano.  

Mientras adelantamos esta tarea con todo el rigor intelectual posible, veamos alguna información preliminar sobre los caudillos antes mencionados como ejemplo. En un resumen muy breve debemos anticipar que tanto Hitler, como Mussolini, Mao, Trujillo y Chávez, lograron entusiasmar a sus seguidores desde el comienzo. Los buenos resultados de políticas nacionalistas audaces, y el manejo adecuado de la propaganda los convirtieron muy pronto en ídolos. Pero a largo plazo, sus políticas confrontadoras y aislacionistas destruyeron sus sociedades y afectaron a muchos otros países. La catástrofe de los caudillos siniestros la terminó pagando el mundo entero.      

Esto mismo puede ocurrirle con el caudillo Trump. Vale la pena leer a la reconocida revista ‘The Economist’ (), cuyo artículo de hoy sobre las posibles consecuencias económicas de Donal Trump´, se resume así:  <<If Mr Trump manages to keep America out of an immediate economic crisis, the long-run effects of his presidency will prove most profound. It is difficult to imagine new trade deals being completed, and old ones might be reopened or scrapped. The outlook for global trade growth has darkened considerably. Moreover, Mr Trump may not be especially interested in international co-operation to limit tax avoidance or restrain the power of global banks. He has also promised to reduce regulation. It is easy to see him as a corporatist, willing to give lots of room for manoeuvre to powerful firms. That could be good for profits, while also encouraging economic nationalism around the world, undermining the long-run growth potential of the American economy, and reducing the bargaining power of workers>>.

Trump, va a recurrir al gasto público y a descuidar la reducción del gasto público que aplicó Obama con cordura. Va a cerrar la economía, atacando los TLC con diferentes países del mundo, incluida Colombia. Esto arrojará resultados económicos tempranos, así no sean sostenibles en el largo plazo, como en la ‘Revolución Bolivariana’. Pero mientras tanto, así el mundo empiece a gritar de dolor, este impulso de popularidad inicial y el amedrentamiento de la oposición (Clinton irá a la cárcel en mi gobierno, mensaje indirecto para todos sus posibles opositores políticos), o su compra con diferentes prebendas, propiciará el inicio de su hegemonía.

Y la prensa americana, una pera en dulce que vive del sistema, se encuentra debilitada por la crisis de los medios masivos del Siglo XXI. Si por esto, la prensa americana, hoy tan opuesta a Trump, da su brazo a torcer, y si se suma la popularidad de quien, además de desafiar al sistema cuestionado arroja resultados iniciales, más el maquiavélico ‘Factor Putin’, completarán el ciclo hegemónico del caudillo.

Y es que, como si estuviera ‘libreteado’,   el presidente ruso Vladimir Putin felicitó casi de primero a Donald Trump con un telegrama en el que aboga por un "trabajo mutuo para sacar a las relaciones entre Rusia y Estados Unidos de su situación crítica".

Cuando Trump complete su ciclo, si lo completa como los otros caudillos, el pueblo americano llorará tantas lágrimas de sangre como el pueblo venezolano, así el caudillo americano sea aparentemente de ideología contraria al chavismo, por esas paradojas de la historia.

Ojalá el pueblo americano, su clase política y sus empresarios más éticos, impidan que el caudillo llegue a su estado de hegemonía. Todo es posible.