Sinceridad ideológica

Se trata de hacer caer en cuenta la importancia de la doctrina política en un sistema democrático de gobierno.

Rodrigo Pombo
Rodrigo Pombo
Abogado
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17 de Septiembre de 2017

Clamar una y otra y otra vez por la claridad ideológica es un intento que, aunque fallido en naciones políticamente inmaduras y cargadas de frenesí, es indispensable si de querer crecer y estabilizarse se trata.

En Colombia, naturalmente, estamos aún en una etapa embrionaria en ese sentido. A pocos, a muy pocos les interesa la ideología, y me refiero incluso a académicos, periodistas y opinadores; casi nadie conoce las doctrinas que acompañan a los candidatos y menos aún investigan sus posturas filosóficas, a las que consideran demasiado densas o lejanas “a los verdaderos problemas de la gente”; y, lo peor, es que eso conlleva a que los candidatos, los movimientos y los partidos adolezcan por completo de ellas pues resultan francamente prescindibles.

De allí al totalitarismo hay un paso. Una cosa son las alianzas entre partidos y líderes que representan facciones de una misma ideología y otra, muy distinta, agrupaciones coyunturales cuyo único propósito es alzarse con el poder antes que con la gloria de llevar a toda una nación a un mejor puerto.

En ese sentido es que desde la lejanía (al escribir esta columna me encuentro meditando en el oriente de China) percibo un absoluto grado de estancamiento en la manera como la gran mayoría de candidatos y coaliciones se sinceran. Las de los conservadores está del todo clara en cabeza de los ex presidentes Pastrana y Uribe, lo que les ha valido antes que un reconocimiento una serie de ataques, -unos justos y otros bajos-, que desincentivan la sinceridad en la política.

Lo más grave, sin embargo, es que la gran mayoría de los precandidatos no lo hacen. Primero, por temor a que los ubiquen en el espectro, lo que significa, de entrada, afectar el derecho fundamental al voto que demanda identidad, claridad y coherencia doctrinaria. Segundo, porque primero está la estrategia antes que la filosofía, lo que atenta contra cualquier ética pública sana. Tercero, porque quizás no la tengan y solamente se limiten a hablar de un “programa” de gobierno que bien pueden mandar a escribir 3 meses antes de la elección, o de sus ejecutorias o de cifras frías y arrogantes. Y eso, a lo mejor, es lo más preocupante porque en ese contexto ya no vemos estadistas en el horizonte, sino que nos limitamos a contar con líderes de momento que no saben y no quieren saber qué hacer con el poder y con ello, con el país.

Total, más allá de proponer un cambio legal que obligue a declarar patrimonios, programas e ideologías, lo que propongo es no votar por aquellos y aquellas que se escudan impune y vilmente en un discurso de momento y coyuntural en vez de contar con sólidas posturas ideológicas que aun cuando distintas las unas de las otras, resultan indispensables para el correcto debate democrático.