Si Fidel no se hubiera dejado tentar por el caudillismo...

Al recordar a Fidel cito una vieja columna de Juan Gabriel Vásquez: “Stalin nunca entendió por qué Churchill se dejaba derrotar en las urnas, por qué pacíficamente abandonaba el poder después de haber ganado la Segunda Guerra Mundial. Churchill sabía algo que Stalin nunca supo: que el caudillismo y la democracia no son compatibles”... ¿Y, si Fidel no hubiera sido un caudillo?  

José Germán Zarama de la Espriella
José Germán Zarama de la Espriella
Consejero del SENA, periodista y ejecutivo gremial
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28 de Noviembre de 2016

Todavía está muy fresca una de las más impactantes noticias de 2016, año que muchos analistas coinciden desde ya en señalar como el final de una era. Me refiero, desde luego, al suceso tanto tiempo esperado por algunos y temido por otros: la muerte de Fidel Castro.

Y yo considero que este acontecimiento amerita una seria reflexión histórica, lejana al ridículo de celebrar con champaña o de decretar ocho días de duelo. Admito, eso sí, que esto que para mí puede ser ridículo, para otros es sencillamente una expresión de sentimientos profundos. Y quién soy yo para juzgar a otros seres humanos por la manera de expresar sus emociones. Trataré de referirme entonces a esta figura casi mística, casi demoniaca para otros, con imparcialidad y respeto.

Sin embargo, si de historia se trata, siempre es importante escuchar todas las versiones y atenerse a los hechos. Eso nos ubica en la naturaleza de los librepensadores, a la manera del burlesco Rabelais ("la ignorancia es la madre de todos los males") o del genio crítico científico de Bertrand Russell. Interesante, por ello, contrastar la columna de Santiago Montenegro, en El Espectador de hoy, con el comunicado del MPLA, Movimiento Popular de Liberación de Angola.  

Mientras Montenegro recuerda las atrocidades históricas del caudillo, los angoleños, dicen que ‘Castro será una fuente inagotable de inspiración’. Más aún, invocan los africanos su ‘ejemplo de determinación internacionalista y progresista’ para la educación de sus generaciones venideras. El debate, post-mortem, recién comienza, y en él los colombianos podemos incluir con memoria fotográfica  imágenes de Castro con Uribe y de Castro con Santos. Ambas imágenes absolutamente explicables y comprensibles, aunque sean utilizadas a discreción por los proselitistas de Facebook, siempre prestos a la manipulación política de hechos ciertos.  

Por ahora, repito, ya hay suficiente información histórica en los medios y queda claro entonces que los inicios del régimen cubano nunca fueron comunistas. Es muy probable que si las políticas de la guerra fría no hubieran empujado a Castro a los brazos del Kremlin, Cuba y Latinoamérica no habrían sufrido tanta barbarie. Pero culpar al ‘americano feo’ (recordando a Burdick y Lederer), de la tragedia guerrillera del subcontinente, sería demasiado simple. El problema no es que hubiera sido tan comunista como el hoy admirado Pepe Mujica.

Tampoco sería problema que, hipotéticamente considerado, en los años sesenta hubiera tomado el camino de una social-democracia. El problema no era de ideologías, no, sino de talante humanístico. Fidel demostró tempranamente su espíritu de caudillo, que se justifica en su propia conciencia, en su visión íntima del bien y del mal, para gobernar. Esto, su caudillismo, reñía con el sistema democrático, un sistema lleno de fallas quizás, pero según alcanza uno a revisar en la historia, el menos malo de los sistemas hasta aquí inventados.

Posiblemente un gobierno de un Fidel no comunista, amigo de los Estados Unidos y de la libre empresa, no habría dejado de ser el gobierno del caudillo. Y, como tal, dudo mucho de que hubiera sido un gobierno menos lamentable.

Así como lamento que la revolución cubana haya sido conducida por ‘un caudillo’, que giró a  la izquierda, temo los gobiernos de los caudillos de derecha. Solo el espíritu de los gobernantes que se acogen sin ardides a liderar proyectos colectivos de poder, como en Suiza o los países nórdicos, parecerían asegurar un mejor vivir colectivo. Liderar y separarse del poder, al cumplir ciclos más o menos cortos, como en el vuelo de los gansos, es la utopía democrática que quisiera ver.         

Al recordar a Fidel, en fin, encuentro aleccionadora una vieja columna de Juan Gabriel Vásquez. Según este escritor: “Stalin nunca entendió por qué Churchill se dejaba derrotar en las urnas, por qué pacíficamente abandonaba el poder después de haber ganado la Segunda Guerra Mundial. Churchill sabía algo que Stalin nunca supo: que el caudillismo y la democracia no son compatibles. Que el caudillo sea elegido democráticamente es, en la práctica, lo de menos”.  

 

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