No abusemos de los del No

Pasar  los Acuerdos de La Habana por la aplanadora del Congreso sin el debido consenso nacional implicaría el desconocimiento del Estado de Derecho; de los resultados electorales democráticamente obtenidos; así como la certeza de que los mismos no serán ni estables, ni duraderos ni mucho menos sostenibles en el tiempo.

Rodrigo Pombo
Rodrigo Pombo
Abogado
218 Seguidores0 Siguiendo

1 Debates

21 Columnas

Columna

592

0

01 de Noviembre de 2016

El pasado 2 de octubre de 2016 el pueblo colombiano, como pocas veces en la historia latinoamericana y quizás solamente comparable con la derrota propinada a la dictadura de Augusto Pinochet, decidió de manera soberana, independiente y contra el discurso oficialista, NO aprobar los acuerdos celebrados entre las Farc y el Gobierno Nacional.

No se trataba de un mandato de arreglo, ajuste o adecuación; se trataba de negar soberanamente esos acuerdos, lo que conlleva, de suyo y porque así lo establecieron las Farc y el gobierno, la inexistencia jurídica de los mismos y de todo el andamiaje constitucional que los rodeaba como, por ejemplo, el acto legislativo 1 de 2016.

Así pues, no se puede hablar más de bloque de constitucionalidad ni de acuerdo especial internacional, ni nada de esos exabruptos fundacionales. No hay pues marchas que valgan (yo he marchado en todas las que invitan a la Paz) para desconocer el resultado democrático; ni comités, ni consultas populares ni cabildos como tampoco interpretaciones leguleyas y tramposas que pretendan hacerle el quite a la decisión popular.

Empero, si bien es cierto que los acuerdos son jurídicamente inexistentes no es menos cierto que resultan políticamente relevantes. El mandato jurídico del pueblo fue claro: no aprobar el acuerdo; pero el mandato político no lo fue menos: unidad y diálogo.

Hacen bien entonces los líderes del SI, del NO y de las Farc al dialogar; al tratar de convertir una política de gobierno en una verdadera política de Estado. Sin mermeladas y sin mayorías. Una verdadera política de unidad para que sea un pacto realmente estable y duradero.

Por eso a los demócratas no nos caen bien las fechas límites o perentorias o, las propuestas tendientes a aprobar el “nuevo acuerdo” por el Congreso, salvo que incluya a todos los del NO. En suma, no nos gusta que se pretenda un autogolpe de Estado, desconociendo el escrutinio popular o, que se descalifiquen a las mayorías democráticas llamándolas ignorantes, incultas o desinformadas.

El gobierno debe generar entonces puntos de encuentro y lazos de confianza y, en consecuencia, no debe jugársela a los dictámenes de los tiempos actuales en donde los opositores no estamos, ni de cerca, en la disposición de abrazar las armas y la violencia por más que se desconozca el mandato democrático de las mayorías.

Generar confianza y creer en ella es lo que corresponde, a contrario sensu, jugársela a que como los de la oposición no vamos a acudir a las armas para generar brotes de inestabilidad y violencia, es una pésima estrategia y un histórico error de cálculo político, amén de una medida antipática y dictatorial.

Gracias  a Dios no nos encontramos en aquellas penumbrosas épocas en las que quienes estaban inconformes con los resultados electorales y que se autodenominaban “minorías reivindicadoras” tomaban las armas para hacer valer sus tesis políticas y acudían a cualquier tipo de violencia como el secuestro, la extorsión, la muerte y el terror, para imponer su cosmovisión de vida. Ser revolucionario y “paraco” esta “out”, es cierto, pero no por ello se puede acudir impunemente al autogolpe de Estado y de esa manera imponer un acuerdo con los terroristas, sea cual sea su denominación, forma y origen.

De suerte que el Gobierno no puede abusar de la condición de pacifistas de los del NO para poner en marcha la aplanadora parlamentaria en aras de conseguir sus objetivos. Si ello ocurre, no creo que surjan brotes de violencia directa (a Dios gracias) pero estoy seguro que los acuerdos y su implementación nunca podrán alcanzar el calificativo de estable y duradero, menos aún, de sostenibles.