Madres con dolor de patria

Según cifras de la Unidad para las Víctimas, 1.721 miembros de la Fuerza Pública fueron asesinados por grupos armados entre el primero de enero 1891 y  el 31 de diciembre de 2014. Todos dejaron padres, hermanos, viudas, huérfanos y familiares, que aún lloran su muerte. Lea la historia de cuatro madres de soldados asesinados por las Farc.

José Obdulio Espejo Muñoz
José Obdulio Espejo Muñoz
Especialista en Derecho Internacional de Conflictos Armados - Coronel retirado del Ejército
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16 de Agosto de 2017

A ellas se les fue la existencia, pero siguen aquí, vivas y dispuestas no sólo a perdonar sino a contar una nueva y mejor historia a su descendencia, para que esta no se repita, porque como ningún otro colombiano vivieron en carne propia las circunstancias dolorosas del conflicto armado.

Sus hijos, soldados que servían a la patria, fueron asesinados por integrantes de grupos armados al margen de la ley mientras desarrollaban actividades propias de su servicio militar.

Ellos eran demasiado jóvenes, pues ninguno pasaba los 23 años de edad. Todos querían sobresalir en la vida militar y, por qué no, sacar adelante a sus mamás, comprarles una casa y asegurar su futuro económico para que sus viejitas no pasaran más necesidades.

Esta es la historia de la mayoría de soldados de Colombia: jóvenes del común, del pueblo, con sueños, emprendedores, echados pa’ adelante, quienes deciden servir a la patria al punto de entregar partes de su cuerpo o hasta su propia vida, si es necesario.

Tras su partida, las madres de estos soldados libran una interminable y dolorosa lucha en sus almas y con la sociedad, buscando la manera de seguir sobreviviendo, pues esos hijos muertos eran su mano derecha y su sostén económico.  Sufren el estigma de diferentes asociaciones y grupos que les cierran las puertas, ya que consideran que ellas y sus hijos mutilados, desaparecidos o asesinados no son víctimas del conflicto armado.

Con la finalidad de resarcir los derechos de estas aguerridas mujeres y su resiliencia, la Fundación Dignidad, Respeto y Honor y la Jefatura de Memoria Histórica y Contexto de las Fuerzas Militares, aúnan esfuerzos para que ellas puedan superar su duelo y hagan realidad sus nuevos proyectos de vida.

Honrar la memoria de sus hijos caídos es una obligación moral de la institución y de Colombia para con estas madres, pues ellos también eran seres humanos y hacían parte de esta imperfecta sociedad en la que vivimos.  

Gladys Acevedo

Su hijo era el  soldado profesional Edwin Acevedo Carranza (q.e.p.d.).

23 años de edad.

Asesinado en una emboscada de las Farc el 12 de febrero de 2012 en La Uribe,  Meta, donde primero les tiraron cilindros y al caer aturdidos un francotirador los remató. Pertenecía al Batallón de Combate Terrestre 76. Llevaba cinco años en el Ejército.

“Él era todo risa y recocha, tranquilidad. En diciembre de 2011, estaba en vacaciones y pensó en retirarse;  dijo que estaba cansado de ver morir compañeros. El 16 enero regresó a Tolemaida, en Melgar, Tolima, y el 20 me dijo que había decidido seguir, pues sus compañeros lo  habían convencido. Yo le di la bendición. A los tres días lo sacaron para el área; cuando llegó a la zona, me llamó y me envió un video donde estaba feliz con todo su equipo de trabajo.

El 12 de febrero ya estaba en el monte. Me llamó y me dijo: “mami, bendición”. Le dije: “papito, cuídese mucho”. Cuando terminamos de hablar apagué el celular; eso nunca me lo voy a perdonar porque tenía una llamada de mi hijo a las 12 de la noche en punto; cuando me levanté, vi la llamada perdida; le marqué, pero ya no me contestó.

Me fui a trabajar con zozobra, con ese vacío en el pecho, algo que me ahogaba. No me hallaba ese día. A las tres de la tarde llegué a las casa, me recosté y cuando desperté tenía seis llamadas perdidas de la novia. La llamé y me dijo lo que había pasado.

Es la peor noticia que uno recibe. Sólo sé que me pare de la cama y empecé a gritar que era un sueño y no era verdad; no me acuerdo de nada más.”

Ingrid Paola Romero       

Su hijo era el soldado profesional Brandon Orlando Romero Novoa (q.e.p.d.).

22 años de edad.

Cayó en un campo minado sembrado por las Farc, en hechos ocurridos el 28 de abril de 2016 en El Tarra, Norte de Santander. Pertenecía al Batallón de Combate Terrestre 147. Llevaba 8 meses en el Ejército.

“Lo que más recuerdo es lo cariñoso y amable que era, muy servicial. Él siempre ayudaba a los demás. Se hizo cargo de su hermano menor y fue la figura paterna que él nunca tuvo, asumiendo la responsabilidad de darle todo, de ser su papá. Siempre me decía: “no pasa nada cucha que salimos adelante”. Él se fue para el Ejército para darnos una vida digna, una vivienda; soñaba comprarnos una casa y ser felices los tres.

Me llamaron, me dijeron que acababa de pasar un combate, que mi hijo había pisado una mina. Yo tenía un niño de 1.90  de alto. Es demasiado duro recibir medio hijo, sin piernas, sin brazos.

A mí me desgarraron parte de la vida. Cómo explicarle a un niño de 12 años que su hermano, su todo, ya no va a volver. Tener que esperar a que el niño se duerma y salir a la ventana para poder llorar, porque hacerlo delante de él es más duro”.

María Raquel Alcaraz Ríos        

Su hijo era el soldado regular Carlos Andrés Hernández Alcaráz (q.e.p.d.).

23 años de edad.

Asesinado en emboscada de las Farc el 20 de abril de 2010 en Concordia, Meta. Le pegaron tres tiros por la espalda y lo remataron con otro en el lado izquierdo de la cabeza.

“Lo más bonito de él era como me colaboraba. Cuando yo me iba a trabajar, él hacía todo el oficio de la casa, me tenía comida hecha y me llevaba alzada para que yo no hiciera nada.

Ese día madrugué a trabajar; me llamaron mucho, pero yo no contestaba porque no podía. Entonces, llamaron a mi patrona, ella me dijo que me devolviera para la casa porque tenían que darme una noticia de mi hijo.

La vida sin él es muy triste. Esto no se lo deseo a ninguna mamá”.

Aidé Forero

Su hijo era el soldado regular David Sebastián Galvis (q.e.p.d.).

22 años de edad.

Asesinado en ataque de las Farc con tatucos, granadas y disparos de fusil el 24 de agosto de 2013 en Arauca. Ese día perecieron otros 13 militares: dos suboficiales, dos soldados profesionales y nueve soldados regulares.

“Él veía por mí y el niño pequeño. Lo más bonito era su amabilidad, la sencillez, la sonrisa, sus carcajadas. Sus ganas de echar para adelante. Yo hablaba con él todos los días, él me decía: “mamita, si llega a ocurrir algo, yo no estoy preparado”.

Ese día me llamó a las 12 del día y me dijo que estaba encargado del rancho; me contó qué estaba cocinando, hablamos otro ratico y nos despedimos. Ya a la 1:40 sucedió el ataque. A mí me avisaron a las ocho de la noche. Yo estaba sola con mi hijo menor y fue terrible. Uno entra en shock, uno quiere que se lo coma la tierra, a uno le arrancan las entrañas. Su muerte descompensó a mis otros hijos, todos se desubicaron, hasta mis nietas se la pasaban solas llorando por su tío.

Era el quinto de seis hijos, a todos los saqué adelante con una máquina de coser y tengo a mis otros hijos, todos excelentes, pero ninguno ocupa el espacio de él porque cada hijo es diferente.”