Liderazgos truncados en tiempos de paz

Los líderes sociales y los defensores de Derechos Humanos siguen siendo asesinados ante los ojos indiferentes de un país entero. 

Julián Carrero
Julián Carrero
Investigador en temas de paz y educación
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21 de Febrero de 2017

“Nuestra generación no se habrá lamentado tanto de los crímenes de los perversos, como del estremecedor silencio de los bondadosos.” Martin Luther King 

Mientras yo dormía tranquilamente en mi casa anoche en Bogotá, atentaron contra la vida de otro defensor de Derechos Humanos; esta vez fue en Arauca. A pesar de que se habían hecho las denuncias necesarias ante diferentes instituciones y se había solicitado protección especial, no se tomó ninguna medida que evitara esta tragedia.  

Es absurdo que haya comenzado a escribir esta entrada ayer, hastiado de la sensación de impotencia y de la indiferencia del país -no solo de la sociedad civil, sino de los medios de comunicación que no hacen visible esta situación- y que unas horas después me haya despertado con un mensaje de WhatsApp que me decía que el número de muertos sigue aumentando.


En este link se puede oír la entrevista que le hacen a Juan de Jesús Torres Corredor, quien vive con él y lo encontró luego del atentado.


Es cierto que muchas de las cosas que han pasado en los últimos meses me han llenado de esperanza. Las imágenes de los miembros de las FARC dirigiéndose a las zonas de concentración, por ejemplo. Colombia ha comenzado un proceso de implementación de los acuerdos firmados entre las FARC-EP y el gobierno nacional. Dicho proceso, para muchas personas, entre las cuales me incluyo, no solo significa el final de una guerra de más de 50 años con esta guerrilla, sino también una oportunidad para comenzar el camino de la construcción de la paz y del país con el que tantas generaciones de colombianos han soñado. Ese país donde cabemos todos, donde aceptamos y somos capaces de convivir con la diferencia, donde las batallas son en el campo de las ideas y el Estado de Derecho; no en las calles, ni con las armas.

Sin embargo, no puedo hacer caso omiso a algo que ha estado manchando y opacando esos momentos de alegría y esperanza. Durante el año pasado, más de 90 líderes sociales fueron asesinados en el país. Los medios de comunicación no se ponen de acuerdo en las cifras exactas. Sin embargo, como pueden verlo en los siguientes vínculos, ninguna cifra está debajo de 80 homicidios:

En los 80 días que llevamos de implementación de los acuerdos de La Habana, ya van 20 homicidios. Es decir, en promedio ha muerto un líder social cada 4 días. No obstante, a pesar de que a simple vista puede notarse que es un problema importante, el gobierno nacional ha optado por decir que no hay nada que conduzca a deducir que estos homicidios son sistemáticos o que son una forma de implantar miedo en la sociedad civil para que deje de movilizarse, para que deje de luchar por sus derechos y para que deje de buscar transformaciones.

Si bien me preocupa la posición del gobierno, me preocupa mucho más que no se esté hablando mucho de esto. Me angustia la normalización del tema y el hecho de que, para nosotros desde la comodidad de nuestras casas, cada vez que escuchamos de un líder asesinado, es simplemente un muerto más en este país que de todas formas todos los días tiene muertos. Me preocupa inmensamente que no estemos movilizándonos por este tema y que no estemos buscando formas de decirle a los líderes sociales y, a la sociedad civil en las regiones, que estamos con ellos y que los apoyaremos para encontrar soluciones a esta situación.

Es necesario que seamos conscientes de que las víctimas no son simples números o cifras; son personas; son familias; son ideas; son sueños. Todos, ahora apagados ante los ojos indiferentes de un país entero, un país que está demasiado ocupado en otras cosas, un país en el que esto es tan “normal” que ya ni siquiera nos escandaliza. Sin embargo, no es normal que sigan siendo asesinados los líderes sociales en las regiones; no es normal que la muerte de estas personas nos siga pareciendo ajena o distante solo porque no somos nosotros.

Espero no ser el único, pero por lo menos yo me cansé de esa normalización. Ya no quiero decir “Este es el país que me tocó”, sino que quiero comenzar a decir “Este es el país que estoy construyendo”. “Este no solo es el país que estoy soñando, sino el país por el cual estoy trabajando todos los días”. “Este es el país que le estoy dejando a mis hijos y a las siguientes generaciones de colombianos”. Y no es porque ellos tengan que vivir y soportar ese país como una imposición. Todo lo contrario. Solo quiero dejarles un país distinto desde el cual ellos puedan seguir construyendo el país que sueñan, un país en el que sientan que pueden disentir, que pueden pensar diferente y en el que no tengan miedo de expresarse y movilizarse por lo que crean.

Necesitamos una sociedad civil que reaccione frente a esta situación, que sancione la falta de medidas por parte del gobierno nacional, que condene enérgicamente estos hechos y que genere la presión necesaria para que la institucionalidad se transforme y sea capaz de responder. Una sociedad que entienda que el asesinato de un líder comunitario o de un defensor de Derechos Humanos, no sólo tiene un efecto sobre sus proyectos personales y su familia, sino tiene un efecto devastador en las comunidades, resquebraja el tejido social y al mismo tiempo busca inmovilizar las iniciativas de la sociedad civil.

Para nosotros desde Bogotá, puede que la figura del líder comunitario o defensor de los Derechos Humanos, no signifique mucho, pero en el caso de las comunidades y de las regiones en las que estos homicidios y ataques se están dando, ellos cumplen un rol muy importante. Son los abanderados de las causas sociales más importantes, son quienes se han puesto la camiseta para luchar en contra de las injusticias, de los malos gobiernos, de las armas que hoy los siguen matando. Estos líderes se han encargado en muchas ocasiones de reparar el tejido social de comunidades que han sufrido de constantes violaciones de Derechos Humanos, y han apoyado los procesos de construcción de proyectos de vida de las personas en su territorio, a nivel personal y colectivo.  El ataque a ellos es un ataque a todo este rol que juegan en sus comunidades, es un intento por callar sus voces y terminar sus proyectos, diciéndole una vez más a la sociedad civil, que en este país la construcción desde las bases no es posible y que tiene que conformarse en silencio con lo que hay.

No somos responsables directos de la muerte de estas personas, pero si seremos responsables de lo que pueda seguir pasando si continuamos siendo indiferentes y optamos por la pasividad. Así que salgamos a las calles; hablemos del tema, pongámoslo en la esfera de discusión pública; presionemos al gobierno nacional para que tome medidas reales al respecto; hagámosle saber a las comunidades que estamos con ellos; usemos la creatividad que caracteriza a los colombianos para encontrar nuevas respuestas ante esta problemática. ¡Tenemos todo por hacer!

 

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