Las economías que quedaron de la guerra

Es impactante ver a los guerrilleros vestidos de civil, muchos con camisetas de equipos deportivos, construyendo su campamento y conviviendo con vecinos civiles, quienes quizás fueron víctimas de su guerra.

Elvira Maria Restrepo
Elvira Maria Restrepo
Profesora, Universidad de Miami
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25 de Julio de 2017

Tuve la oportunidad de pasar 3 días en el Caquetá, una tierra donde se combinan la majestuosidad de su geografía, su escasa población, si se compara con la extensión de su territorio y, claro, la tragedia de haber sido uno de los epicentros del conflicto armado y de la guerra contra las drogas en Colombia.

La transición de la guerra a la paz ha sido tortuosa y lenta en ese departamento. Sus habitantes han tenido que vivir muchas violencias recientes, comenzando por la de las Farc desde los años noventa hasta la firma del Acuerdo Final; pasando por la estigmatización que le impuso la Zona de Despeje a sus habitantes durante el Gobierno Pastrana (1999-2002); la sangrienta recuperación de San Vicente del Caguán a sangre y fuego por parte de la fuerza pública al finalizar el Despeje; y, el enfrentamiento entre grupos paramilitares y las Farc por el control del tráfico de drogas ilegales.

Hoy la Zona Veredal de Aguabonita, a unas dos horas de Florencia, es definitivamente un laboratorio de paz que llena de alegría a todos los que creemos en este proceso.

Es impactante ver a los guerrilleros vestidos de civil, muchos con camisetas de equipos deportivos, construyendo su campamento y conviviendo con vecinos civiles, quienes quizás fueron víctimas de su guerra.

También es conmovedor que mientras uno camina por el campamento, todos los exguerrilleros saludan de mano, a veces de beso, a los visitantes, además de ofrecerles siempre un almuerzo abundante y delicioso.

Con todos los exguerrilleros hombres con los que hablé, se nota una curiosa mezcla de esperanza y recelo; pero con las mujeres, particularmente, una felicidad sincera de que se haya acabado la guerra.  Volveré al tema de mujeres en otra ocasión.

Hoy es claro que la paz es palpable en la mayor parte del Caquetá, donde terminó la violencia del conflicto con las Farc. Pero también es evidente que subsiste una economía de guerra, todavía manifiesta, y con ella vendrán otras formas de violencia más o menos visibles.

Florencia y San Vicente del Caguán, por ejemplo, han sufrido recientemente un incremento de homicidios como lo ha reportado La Silla Vacía, aunque todavía no se tenga claridad sobre las causas de este aumento.

También, según 6 personas con quienes hablé, entre ellos 4 grandes y pequeños comerciantes de Florencia, un funcionario público y el conductor que me llevó a Montañita para ir a Aguabonita, la extorsión continúa.

La capital, caótica y ruidosa de día, no se percibe tan pacífica cuando entra la noche.

Se ha dicho hasta la saciedad que la paz es frágil mientras subsista el narcotráfico. Otras regiones de Colombia, muchas de los cuales coinciden con la ubicación de las Zonas Veredales, deben estar enfrentando la misma situación.

El problema es que al terminar el conflicto quienes vivían de la guerra necesitan seguir comiendo. Y por ello, como en la mayoría de los conflictos del mundo, cuando se negocia el fin de la guerra, lo último que se termina es su economía clandestina.

Peter Andreas , profesor de la Universidad de Brown, ha escrito bastante sobre los vínculos entre combatientes y criminales durante el conflicto y el postconflicto, como lo describe para el caso del cerco de Sarajevo durante la guerra en Bosnia 

La compresión de esta economía clandestina, como la llama Andreas, es fundamental para entender cómo manejar el postconflicto pero, desafortunadamente, en muchos casos esto se ignora cuando las guerras terminan.

En el caso de Colombia es contundente no olvidar los elementos criminales de la economía de guerra que hicieron que el conflicto se prolongara en el tiempo. También es importante establecer políticas y acciones sistémicas que busquen regularizarlas y darle verdaderas salidas a quienes llevan años viviendo de ellas.

Por eso no sorprende, aunque parezca una verdad de Perogrullo, que mientras no se resuelvan los problemas con los remanentes de la guerra (campesinos cocaleros, procesadores de coca,  Bacrim, y otras formas de crimen organizado) en las zonas que vivieron el conflicto con las Farc, la economía de guerra continuará y con ello, la violencia resurgirá nuevamente.