La terminación de un conflicto armado: vivir para contarla

Hacemos parte de la primera página, la portada, de un nuevo capítulo en la historia de nuestro país. Se trata de un nuevo hito no basado en la guerra sino en la posibilidad de escucharnos como integrantes de una misma nación que, a partir del dialogo y con base en las diferencias, encontramos la forma de convivir.

Juan Carlos Ospina
Juan Carlos Ospina
Coordinador de Incidencia Nacional - Comisión Colombiana de Juristas
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03 de Julio de 2017

Durante los últimos meses, a pesar de la dificultad, hemos sido testigos de momentos que llevábamos esperando durante varias décadas y que reviven aquellos surgidos durante el proceso constituyente de 1991.

En aquel entonces como consecuencia de varios acuerdos de terminación del conflicto con diversos grupos armados se contó con un proceso de creación constitucional en el que, como lo señaló el Presidente de la República de entonces al clausurar las sesiones de la Asamblea Constituyente, “Se ha construido una nueva legitimidad basada en un consenso pluralista para que continúe la lucha sí, pero la lucha democrática, no la confrontación armada. La Carta de 1991 es un valioso tratado de paz, el nuevo instrumento para la reconciliación”.

Desde aquel entonces diversas cláusulas de nuestra Constitución, incluyendo valores y fines, estaban a la espera de ser activados y ahora juegan un papel esencial en la construcción de convivencia pacífica y paz, pues como se dijo entonces “A la violencia, el odio y la impunidad, le hemos opuesto la transformación pacífica, la reconciliación y la justicia”.

Pasamos pues de una negociación de un Acuerdo Final que fijó una hoja de ruta para la terminación del conflicto armado y empezamos a presenciar la realidad que solo crea el dialogo y que solo niegan quienes consideran que tienen una verdad absoluta sobre lo bueno y lo malo.

El dialogo ha sido entonces la vía por donde se han conducido seis décadas de dolor, de odio, de resentimiento y de venganza, aquella vía por la que se hubiera evitado la continuidad de la guerra, y que precisamente nos permitirá tener una mejor sociedad, no sin conflictos, sino como decía Estanislao Zuleta* “capaz de tener mejores conflictos. De reconocerlos y contenerlos. De vivir no a pesar de ellos, sino productiva e inteligentemente en ellos.

Por estar presentes en esta época, y ser responsables por la existencia de nuestros descendientes, debemos crear una memoria que registre estos momentos, que no se circunscriben a la entrega de armas por parte de un grupo armado sino a un ambiente que permitió acordar para sentarse a dialogar y dialogar para levantarse a hacer realidad lo acordado.

Nosotros no somos responsables por los hechos de la historia, pero si del futuro, y por eso nuestra responsabilidad está asociada a la capacidad para extraer de este momento las mejores enseñanzas y compartir los aprendizajes con la humanidad, a la cual la experiencia de implementación de un acuerdo complejo y ambicioso le será muy útil. La memoria de este proceso es relevante en la medida que, como diría Gabriel García Márquez “La vida no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda, y cómo la recuerda para contarla”, eso quiere decir que los relatos futuros se pueden ver afectados por olvidos involuntarios sobre las condiciones que acompañaron este momento o voluntarios con el fin de imponer una posverdad.

De esta manera, el desafío que conlleva la implementación del Acuerdo Final es vencer, a través de la razón, el maniqueísmo al que convocan los opositores políticos del proceso de paz, y que solo conduce a afectar el dialogo sobre el cual se soporta cualquier solución a las diferencias, de tal forma que puede convertirse en un diálogo de besugos o de sordos.

 

* Colombia, democracia y derechos humanos.