La docta ignorancia

A pesar de los avances de la humanidad en la búsqueda del conocimiento y la paz, debemos tener disposición intelectual para aceptar que nuestros esfuerzos transitan por una constante entre lo conocido y lo desconocido. 

Juan Ospina
Juan Ospina
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23 de Julio de 2017

Nadie tiene la fórmula para la paz, así como tampoco para alcanzar el conocimiento. Esta aceptación de ignorancia parecería conducir a una renuncia sobre lo que hemos alcanzado en el propósito de búsqueda, construcción y mantenimiento de la paz en nuestro país, pero no lo es, se trata de una conciencia de lo apocados de nuestros conocimientos y una constatación del desafío que tenemos con las futuras generaciones.

Al recibir un doctorado honoris causa por parte de la Universidad de Valencia, el profesor Ernesto Garzón Valdés, leyó el texto “Algunas reflexiones sobre la ignorancia”, en el cual realizó una clasificación con algunos tipos de ignorancia y aceptó que, en la búsqueda de conocimiento a él como a todos, le correspondió la misma fortuna: un contraste entre saber y no saber.

Uno de los tipos de ignorancia, siendo todos posiblemente aplicables a la situación de tránsito hacía la paz que vive nuestro país, es la denominada docta ignorancia que según el autor hace referencia a una disposición intelectual más que a un acervo de conocimientos.

Se trata de un planteamiento interno sobre el reconocimiento de la propia ignorancia, como aptitud intelectual para reconocer las limitaciones del saber y no como [no] cumulo de conocimientos. En este caso, retomo dicho bosquejo y lo aplico al Acuerdo Final, a las normas de implementación y a la búsqueda constante por la paz, reconociendo que como cualquier obra humana puede ser objeto de mejoras siempre y cuando exista un convencimiento claro en su búsqueda y una conciencia de buena fe sobre el propósito generador de cambios que persigue.

No se trata pues de caer en un dogmatismo frente al Acuerdo Final sino en reconocer que su contenido responde a un saber conjetural sobre la fórmula para alcanzar la paz, la cual sin duda puede ser disciplinada, pero a través de una crítica racional [tan ausente en tiempos pre-electorales].

Una de las frases que mejor recoge este propósito, fue reiterada en diversos escenarios por el Jefe Negociador del Gobierno durante el año 2016 “es el mejor acuerdo posible”, por tres razones: i) acepta la ignorancia frente a escenarios distintos, tal vez perfectos para los detractores, donde hubiera sido posible llegar a otros acuerdos; ii) reconoce que al ser un acuerdo es producto de la suma de intereses de dos partes, conciliadas bajo un escenario racional, y no de la imposición de una parte sobre otra; y iii) presenta la posibilidad del Acuerdo como respuesta conjetural, es decir, al juicio formado por indicios y observaciones [alternativas], sobre lo que debemos solventar para vivir en convivencia o, en los términos de la sentencia C-370 de  2006, luego recogidos por el Acuerdo, en una paz “estable y duradera que sustraiga al país del conflicto”.

Aún las críticas no han podido evidenciar que hubiera podido existir otro acuerdo posible, bajo el escenario y en el contexto de dialogo entre las dos partes. Es decir, a pesar de tachar las formulas planteadas, e incluso proponer otras posibles racionalmente [aunque no todas], no han podido demostrar que esa otra fórmula no hubiera sido considerada por las partes en su momento, identificando aptitudes y defectos, o aun siéndolo, hubiera podido ser la adoptada entonces. Esto mismo ocurre con cualquier norma jurídica, puede no ser la mejor, pero debería corresponder a la adoptada luego del dialogo racional bajo un determinado contexto.

Reconocer lo que no sabemos nos permite detectar donde están los problemas de nuestro saber, para concentrar allí nuestros esfuerzos. Esta fórmula puede ser adecuada en momentos de maduración de la implementación del Acuerdo Final, para concentrarnos sobre aquellos aspectos que requieren mayor atención de acuerdo con las necesidades ciudadanas [no las políticas].

Debemos entonces reconocer nuestra ignorancia, como una invitación a la discusión racional con los contraventores con el propósito de revisar las críticas y observaciones sobre el Acuerdo Final. Sin embargo, dicha invitación dirigida a quienes consideran que no debe existir un camino a la paz o que el camino debe ser distinto al que se ha tomado, debería tener unas condiciones: respetar al interlocutor; presentar argumentos sin mentiras, falacias, injurias o calumnias; retirar las apelaciones al odio, el resentimiento o la venganza; y renunciar al discurso paranoico, así como al maniqueísta. Si se rompen esas reglas lo que correspondería sería ignorar.