El círculo vicioso de la violencia y la corrupción

La violencia será sistemática, como de hecho está ocurriendo otra vez en algunas regiones, mientras sigamos eligiendo a los mismos.

Elvira Maria Restrepo
Elvira Maria Restrepo
Profesora, Universidad de Miami
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23 de Agosto de 2017

Decía el profesor Samuel Huntington que la violencia y la corrupción son dos síntomas del mismo mal.

En el caso de Colombia, también se puede afirmar que durante muchos años la guerra opacó la corrupción pues, a diferencia de esta última, los efectos del conflicto son casi siempre visibles e inmediatos.

En contraste, la corrupción es invisible o casi, hasta cuando se rebasa la copa y la situación es muy grave. Los casos recientes de corrupción en Colombia, tanto en las altas esferas del poder público, la política, la contratación y el sector privad no son nuevos, como tampoco lo son muchos de los involucrados.

El problema es que no habíamos visibilizado su magnitud ni la corrupción se había manifestado tan sistemáticamente en los más altos niveles del Estado: desde los políticos locales, hasta el mismo corazón de la justicia.

Muchas de las decisiones de nuestras altas cortes y tribunales se habían vuelto un referente nacional, y a veces regional, de imparcialidad y progreso socio-económico.

Piénsese en las decenas de decisiones de la Corte Constitucional sobre temas como el “estado de cosas inconstitucional” (T-025 de 2004) a raíz de la crisis humanitaria que generó el desplazamiento masivo de millones de víctimas del conflicto armado; las miles de tutelas que permitieron que muchos colombianos pudieran hacer realidad derechos fundamentales concretos en temas como el acceso a la salud, la educación, los derechos de las minorías, entre muchos otros; y claro, fallos históricamente trascendentales para la democracia del país como el que le impidió a uno de los presidentes más populares de Colombia perpetuarse en el poder, situación, esta sí, que hubiera llevado a Colombia a tomar el mismo camino que nuestra vecina Venezuela. Todos ellos son emblemáticos de los avances que logró la justicia colombiana.

Por ello, cuando la corrupción se destapa, y peor aún, cuando se ve claramente que no son unas pocas manzanas podridas sino muchas, y en especial en la rama del poder público encargada de vigilarla es imperativo tomar todas las medidas necesarias para controlarla sin recurrir a caserías de brujas, pero si atacando los síntomas de raíz.

El tema de cómo luchar contra la corrupción en Colombia, además, está sobre diagnosticado.

El progreso de la paz y del país, aun cuando muchos de los dividendos alcanzados hagan pensar que ya la paz no es el centro de la problemática del país, depende de que la corrupción no sea la regla, y de que quienes detentan el poder político y económico fortalezcan el estado de derecho, legislen para el bien de la mayoría, e inviertan los recursos donde deben ir, y no los usen para su propio beneficio o el de unos pocos.

La violencia será sistemática, como de hecho está ocurriendo otra vez en algunas regiones, mientras sigamos eligiendo a los mismos, o nos marginemos de nuestro derecho a votar, como ocurre con más de la mayoría de los colombianos que se abstienen de hacerlo. 

El 2018 es un año electoral, hagamos la tarea bien hecha.

En nuestras manos esta elegir bien a quienes nos gobiernan, pues estos a la vez elegirán al resto, y manejaran los recursos de un país que todavía no ha superado muchos de los problemas que perpetuó el conflicto armado durante años, entre ellos, opacar la corrupción que hoy nos invade.