El aporte del Consejo de Estado a la Paz

En algunas ocasiones conviene leer textos de las altas cortes judiciales para comprender de mejor forma el fenómeno de la violencia, el terrorismo doméstico y la cultura del diálogo con los criminales.

Rodrigo Pombo
Rodrigo Pombo
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17 de Abril de 2017

El mejor aporte que le puede hacer la administración de justicia a la convivencia ordenada y libre de los seres humanos es aplicar pronta y cumplida justica. Esa justicia que implica neutralidad, imparcialidad y, si cabe, conocimiento concienzudo ya no digo solamente del caso puesto a su disposición sino de uno más general, más global, más elevado, en términos platónicos, uno que pueda llegar a la Noésis.

Por eso conviene enarbolar la obra más reciente y quizás una de las más significativas y útiles para la construcción de Paz.

Me refiero a esa Paz tantas veces criticada no por su sustrato sino por sus límites. Al fin de cuentas Gómez Dávila acertó cuando sentenció con inconmensurable precisión que “la sabiduría no consiste en el temor al exceso sino en el amor al límite”. Pues bien, no ha habido límite en el concepto de Paz que nos acompaña por estos días y por estos pagos. Esa noción que ha servido para remover nuestro ordenamiento jurídico hasta los tuétanos y que ha servido también para acomodar en el ejecutivo el poder constituyente, el legislativo y el judicial sin que mucha gente se preocupe demasiado. Todo lo cual se ha hecho gracias a que nadie ha definido “La Paz” o, cuando menos, limitado.

Por eso encuentro emocionado el texto “Graves violaciones a los derechos humanos e infracción al derecho internacional humanitario” publicado por nuestro Consejo de Estado. A propósito de la celebración de los 200 años de su existencia dos connotados consejeros se dieron a la tarea, con sus equipos y con sus colegas de la sección tercera, de recopilar infinidad de providencias que se han venido produciendo de marras en su seno y a favor de la civilidad.

Al amparo de un fabuloso índice y con unos resúmenes de sentencias tan claros como útiles, los lectores se pueden forjar la idea de que el Consejo de Estado ha existido para limitar el poder, para alcanzar la civilidad de las naciones y para hacer valer conceptos ancestrales como la proporcionalidad, la razonabilidad y la motivación de las decisiones administrativas. Es la arbitrariedad su gran enemigo y las vías de hecho el verdugo de la justicia al que hay que eliminar sin tapujos y resquemores: ese parece ser el lema implícito de la obra. Todo eso se encuentra en cientos de providencias resumidas y cuidadosamente explicadas a sus lectores y usuarios pues baste con añadir que esta publicación no solamente está dirigida a la comunidad jurídica sino a todos aquellos que como las víctimas de los terroristas quieren encontrar saber, conocimiento e información útil para sus respectivas causas.

Quedé maravillado, -casi que estupefacto-, cuando encuentro en sus primeras líneas el espíritu de la obra: “la mejor contribución a la Paz es la justicia”. Algunos creen que es la verdad (aun cuando reconocen que ésta es subjetiva y relativa); otros consideran que el componente fundamental de la Paz es la reparación de las víctimas (aun cuando no sepamos de qué víctimas estamos hablando con exactitud, si las más de 10 millones de víctimas directas o las cerca de 50 millones de víctimas indirectas), y no faltan las voces de quienes creen que lo fundamental del contemporáneo concepto de Paz es la verdadera y efectiva garantía de no repetición.

Sea lo que fuere, haciendo gala de su nombre y de su condición, los magistrados del Consejo de Estado elevan la voz de la justicia; gritan silenciosamente con convicción y amor académico en favor de la Paz a través de la justicia y lo hacen con una obra que recoge prácticamente todo lo que se debe conocer a propósito de lo que más sienten y sufren los ciudadanos, a saber, los derechos humanos y sus violaciones.

Celebrar el onomástico del Consejo de Estado a través de publicaciones como ésta es digno de felicitación. Felicitación de una nación que entiende que es en la justicia donde encontramos el verdadero espíritu de la Paz y felicitación de unos jueces que comprendieron que entre más clara, publicitada, estable y común sean sus decisiones más garantías tendremos los asociados frente al poder y menos tendremos que acudir a jurisdicciones extrañas a nuestra historia, a nuestra tradición jurídica y a nuestra jurisdicción.

A manera de colofón y no por ello menos importante, subrayo la notable labor de sus editores, los Magistrados Guillermo Sánchez Luque y Ramiro Pazos Guerrero quienes en su “tiempo extra”, ese que deberíamos llamar por su real nombre, “el tiempo de sus familias”, han utilizado para sacar adelante este vasto compendio que no por vasto es grandioso, sino que lo es por su extrema utilidad.