Desafíos que se van imponiendo al hacer la Paz

El Acuerdo no es fácil de implementar y sus retos más grandes están en el campo. 

Moritz Akerman
Moritz Akerman
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09 de Junio de 2017

¡Cuando la libertad amenaza el orden social, el orden limita o elimina la libertad! ¿Resultado? Se impone un gobierno de autoridad-seguridad. Tal es lo que sucedió en Colombia de fin del siglo XX y comienzo del XXI. Tal fue la respuesta social: eligió el gobierno de la seguridad democrática y luego, resuelta la situación esencial de seguridad y orden, eligió el gobierno del proceso de paz, que vendrá a lograrse si se implementa el Acuerdo de Paz.

Le meto cabeza al acuerdo y encuentro dificultades y un gran desafío: no hay un sólo aspecto fácil para su implementación, dada la confusión de intereses y teórica de los actores del mismo. La debilidad del Gobierno, la crisis fiscal, la debilidad del respaldo ciudadano, las confusiones y las calumnias de una campaña permanente contra el proceso de la oposición, la soberbia de las Farc y la avería de su ‘tensiómetro’ social, pues en realidad no entienden que tienen que lograr el perdón de la sociedad, para tener apoyo. Bueno, mil razones. 

Sin ser un especialista y sin pretender dar soluciones; mi objetivo en este documento es plantear mis preocupaciones a manera de puntos “relativamente independientes” o mejor, sin completa unidad entre todos.

El asunto agrario: democratización con productividad o fracaso.

En este sustancial tema se dirime posiblemente si el Acuerdo de Paz es una coyuntura para el cambio democratizador o la repetición del desarme de unos insurgentes y la felonía estatal en que se han convertido estos procesos en Colombia. Si no hay cambios reales para la democratización y la reparación de 7 millones de campesinos desplazados, las generaciones venideras no encontrarán paz y convivencia, sino la repetición del conflicto pero por el camino de la multiplicación de la delincuencia y la descomposición social.

Sí este proceso-coyuntura no se utiliza para, realmente, modernizar y transparentar las instituciones estatales (La corrupción en Colombia hay que escribirla con mayúscula y es más disolvente que la guerrilla y los paras juntos) y, si no se incluyen las minorías de afros e indígenas, los Lgbti y otras minorías, la frustración será terreno abonado para cualquier aventura política.  Y puede resultar como dijo ese poeta sobre Colombia: “en más de una ocasión, sale lo que no se espera”. 

No soy ni quiero ser pregonero del desastre, ¡no! Pero entre las bases de las guerrillas y las bases de “soldados” de los paramilitares quedarán cerca de 50.000 hombres conocedores del “arte” de la guerra y la delincuencia violenta. El tema de ‘cumplir con lo acordado’ no puede ser atendido como hasta ahora, ni puede repetir la frustración del proceso de entrega de los paras. Menos frustrar los compromisos de democratización y superación de la “corrupción-profesionalización” de la política, Se impone la ampliación e inclusión del campesinado y otros, en la vida nacional.

Un primer desafío podría estar en el hecho de que la dirección de la guerrilla no haya interiorizado aún, que “la distinción entre izquierda y derecha colapsó”. "La idea de una izquierda representante del proletariado y el campesinado oprimido contra el capital y la gran empresa, es cosa del pasado” (Ian Buruma, El Tiempo del 04/06/17). A la distribución del ingreso hoy, en Colombia, le compite la emancipación de las minorías étnicas, sexuales, de género, de cultura, etc. Y eso que, en nuestro país, la lucha por la distribución de la riqueza tiene todavía, el acicate para su vigencia e importancia, en el hecho de ser el segundo país (el primero es Haiti) de mayor concentración del ingreso en AALL. Sin embargo, la democratización política-cultural sigue siendo en Colombia, también hoy, el camino y centro de las luchas de todos los oprimidos. Eso impone “modernizar” la lucha por la cuestión agraria. 

Esta lucha en Colombia siempre ha sido muy complicada y violenta porque enfrenta intereses y concepciones cuyo antagonismo se ha resuelto con la eliminación del “otro”. Siempre el  agro, ha divido más que cualquier otro asunto al país. Algunos sectores, los más beligerantes, organizados y militantes de los campesinos (en general los más ricos, pero también campesinos pobres del norte y del país) y las capas medias urbanas, aupadas por neo-empresarios agroindustriales, plantean que se está entregando este país al comunismo, al castrochavismo, porque resienten que se vaya a reforzar y titularizar el campo y porque no se ha castigado con cárcel a la guerrilla; se la ha perdonado -aunque sea parcialmente-, y los guerrilleros no han pagado con la pérdida de sus derechos políticos.

En realidad: este sector teme es a la justicia; estas capas temen también perder poder. Al tratar el Estado, de beneficiar al grueso del campesinado sin tierra, saben y temen también perder algunas tierras obtenidas por algunos de ellos, como resultado del botín de guerra acumulado durante todos estos años desde la muerte de Gaitán. 

Si se sinceraran, plantearían que lo que temen perder es su papel de contención de la democratización y el desarrollo capitalista moderno porque quedarían muy débiles: aducen, entonces, que se perderá el país.

En efecto, estas fuerzas que vemos ahora influyentes, en realidad están perdiendo influencia en el mediano plazo: Pero influyen sobre una gran parte de la sociedad. Con la terminación o transformación de las Farc, con la terminación del conflicto y con el debilitamiento del extremismo de izquierda (que pierde influencia mundialmente; se ha sustituido por un fundamentalismo religioso y derechista) pierden su razón de existencia.  Pero remanentes de ese extremo-izquierdismo quieren excluir de la política y si se quiere de la vida, a las fuerzas del orden. Aún, se los excluye o se los quiere excluir de cualquier diseño de futuro-país, cuando son una fuerza, hasta ahora, que representa la mitad del electorado; es decir, la mitad del país que participa. 

Me parece que esas fuerzas del CD han perdido y perderán más ¡cuando se consolide el proceso de paz, pues la obsesión de su líder en la derrota o humillación total de la guerrilla o la humillación total de Juan Manuel Santos, no es una política de largo plazo y terminará afectándolos negativamente a ellos mismos! ¡Ya no se sabe Uribe a quién odia y persigue más: si a los guerrilleros o a Juan M Santos! Esa misma obsesión de que hay que derrotar la guerrilla y/o a JMS, hace depender su vigencia de ellos. Su vigencia la liga estrechamente a la existencia de los insurgentes. Si estos desaparecen, pierde su programa político. Aquí, ¡sí que se cumple el refrán de “muerto el perro…muerta la sarna”!

Esto no se puede interpretar como que hay que desestimar a los del Centro Democrático. Hay que reconocer que son la única fuerza actualmente con pegamento de su militancia -un tanto sentimental, un tanto ideológico-; con disciplina; la única fuerza nacional con propósito nacional -coyuntural sí- pero político-nacional. Las otras fuerzas no tienen en realidad propósito nacional ni unidad nacional. El CD es la fuerza más organizada y cohesionada: por el caudillismo de su líder, la admiración de sus seguidores, que alcanza a influir en fuerzas no necesariamente de su partido, ¡como los conservadores y las iglesias evangélicas!    

No es fácil aceptar que hay que contar con fuerzas tan agresivas como el CD.  Conscientemente polarizan para ganar audiencia, aunque parezca contradictorio. Sí, es difícil con individuos que piensan en términos de agresiones racistas recurrentes. Sí, es difícil con gentes que se han expresado más o menos así: “Cómo sería de bueno dividir el campo colombiano para que esos malolientes campesinos, indígenas y negros vivieran en su lugar, separados de nosotros… Estudien primero, imbéciles, para que puedan entendernos a nosotros… Sucios y pretensiosos, deberían estar con García Márquez y Fidel Castro en el quinto infierno… ¡Igualados!”

Hay que encontrar un espacio a su participación en el proceso así mantengan su oposición. Pero si las Farc y muchos de sus amigos incondicionales, -en vez de tener como eje de su accionar, la polarización con el CD- y se centraran en estimular los diferentes sectores del campo, harían de la política su función: el arte de sumar “parados en los matices y en las buenas maneras del proceder político”, estarían acercándose a los sectores empresariales agrícolas que ven -o empiezan a ver- el campo como lugar y oportunidad para grandes inversiones, inscribiéndose en la satisfacción de las necesidades alimentarias mundiales, con cultivos de productos agroindustriales, crecimiento del mercado, de la producción capitalista y; por consiguiente, de su poder y visión. 

La visión de este sector social-agrario no es radicalmente diferente del CD. Hay también en ellos autoritarismo, no sólo frente a los campesinos sino frente a otras minorías, pero nunca han pisado el terreno de la exclusión del “otro” y menos de la eliminación del contrario, o la eliminación de la contradicción o el conflicto. 

Aquí aparece una "nueva” dificultad. Radica en que la guerrilla y un tanto en la izquierda colombiana, son en sus maneras políticas y en la ausencia de distinción de los matices, bastante parecidos al proceder de la extrema derecha. La verdad: todo, hasta "la combinación de las formas de lucha, de allí lo aprendieron”. Su contribución: ¡teorizarla!

Del otro lado, está la concepción que ha representado hasta ahora al campesinado con 'hambre de tierra’, pues este sector del campesinado -desde la Asociación de Usuarios Campesinos creada en el gobierno de Carlos Lleras Restrepo del 66 al 70- no ha tenido expresiones independientes, ni organizativas, ni menos expresiones y organización  nacional que lo representen y, sólo unos pocos agraristas urbanos o intelectuales universitarios se han dedicado a estudiar el tema.

Esas teorizaciones con bastante reduccionismo, son las que han enarbolado y continúan enarbolando la guerrilla, como la esencia de su programa: ven en la propiedad privada de la tierra por los campesinos, la reivindicación social y la superación económica, no sólo del campesinado, sino de la sociedad. 

Al extender la propiedad privada de la tierra en unidades de múltiples granjeros, prevén el crecimiento de la demanda agregada, con el correspondiente crecimiento del mercado interior. Pero y fundamentalmente, con una redistribución del poder. Al fin y al cabo, el poder es producto de la propiedad y su redistribución en nuevos y abundantes propietarios en condiciones privadas, de campesinos, redistribuye también el poder, aunque no en la misma proporción. Pero al des-concentrar el poder, ese y otros actores ingresan en la economía de mercado y; por supuesto, a la política. Esto debería producir una democratización del conjunto de la vida nacional.

El desafío está en que ese tipo de reforma es un tanto anacrónica, pues hoy la producción para ser competitiva requiere de tecnología, economías de escala y montos de inversión que los campesinos solos no podrían realizar. Pero vaya y convenza a la dirección de los insurgentes colombianos, que todavía reivindican como un éxito el “madurismo” y se empeñan en un nacionalismo, que los hace parecer “robledistas”. La gran tarea de actualización de pensamiento de estas personas debía haber sido paralela a la negociación, si esta se hubiese realizado de manera más cercana a la sociedad: se confundió la confidencialidad con el aislamiento y aún hoy se sigue confundiendo e impidiendo, el intercambio político de ellos.

Se ha avanzado, hay movimientos de indígenas, de pobladores del Pacifico, de minorías Afro, etc. que reclaman reformas que hubiesen sido impensables, con la guerrilla actuando. Como objetivo del desarrollo de una democracia que permite la protesta y la movilización ciudadana, se corresponden estos movimientos al fortalecimiento y profesionalización de las instituciones militares y del aparato de seguridad del Estado: el fortalecimiento entonces de la misma vida ciudadana y su reformismo, disminuye el riesgo de que los movimientos sociales y políticos de la izquierda, confunda o re-interpreten estas libertades como debilidad dado su ‘maximalismo-histórico’ abusen nuevamente de la libertad, y la sociedad termine añorando el pasado de orden y seguridad. Algo, algo de esto se ve en la debilidad del espíritu transaccional de los paros actuales. 

Se me podrá contra argumentar que algunos de los empresarios agrícolas toleraron esa suerte de ‘ejercito Gratuito de Despojadores’. Los paras. 

Es cierto. Un aliado que no se le reconocía, pero que no se perseguía ni se condenaba realmente. El “acompañamiento” de los carteles de las drogas y otras clases de criminales, se tradujo en el ‘dirty work’, en el trabajo sucio, de eliminar el hambre de tierra de los campesinos, eliminando físicamente a 250.000 campesinos y desplazando alrededor de 7 millones, desde el año 48 hasta que triunfó el proceso de paz actual. Nos convirtieron en el segundo país en el mundo, con el mayor número de desplazados. 

También algunos de los jefes de los ejércitos privados de paramilitares, los usurpadores iniciales que vendían o compartían la tierra despojada, a través de generalizar el crimen, optaron por la propiedad de la tierra como forma de ostentación y reconocimiento social. 

Las guerrillas -que en su origen fueron autodefensas campesinas de defensa de los colonizadores de la frontera agrícola- sirvieron al mismo propósito: al pretender convertir esas autodefensas en un ejército de campesinos, la guerrilla, buscando derrotar el Estado y tomar el poder. No se sabe -en caso de haber tenido éxito- que hubiese sido peor: conocida es la rudeza e ignorancia de un gobierno campesino, agravado por los niveles de violencia, descomposición y pérdida de la valoración de la vida humana, en que han sostenido el campesinado colombiano, por casi un siglo.   

La evolución del campo colombiano y sus empresarios-terratenientes recuerdan la vía y los “Junkers” de la Alemania Prusiana. ¿Por qué se puede afirmar esto? Porque dan más énfasis a la expansión de la propiedad de la tierra, que al crecimiento del mercado interior, que al desarrollo tecnológico y la productividad y prácticamente nada al comercio internacional. Podríamos decir, que la gran mayoría de propietarios del campo son antiguos terratenientes venidos a más desde que se han hecho y duermen como empresarios agrícolas sobre un campo que más parecía un cementerio.

Sólo algunos, los actualmente ya vinculados al mercado exterior, por sus productos de exportación, ven la demanda creciente de alimentos y materias primas de la industria. Sin embargo, pretenden tal acaparamiento de tierras, que han bordeado el código penal con espurias formas de apropiación, constituyendo una serie de “sociedades” en el exterior por una persona,  para sumar ‘unidades familiares’ y acaparar los baldíos. Si los meta-relatos que han agenciado uno u otro de estos sectores se asumen como posición del Estado, se repetiría la guerra. Y ya no como efecto de la Guerra Fría. No. Es porque se mantendrían las condiciones económicas que harían débil el Estado y el campo no se privaría de los ejércitos de mercenarios, que no permitirían desarrollarlo de manera homogénea y sostenible. Hay diferentes:

1.- La del terrateniente agrícola, que piensa el campo como un lugar sólo limitado por las fronteras nacionales. Ese “ilimitado" campo sería dedicado o se dedicaría para sus inversiones en las distintas plantaciones y/o como la alcancía de esos capitales. A medida que los colonos o temporeros expanden o expandieron la frontera agrícola, los latifundistas -y en cierta forma El Estado- utilizando la violencia, realizaron varias guerras, para desplazar el campesinado y extender la ganadería y ahora las plantaciones, como la palma de aceite y la caña.

2.- La de los campesinos o granjeros. Han sido los colonizadores de la frontera agrícola desde la colonización antioqueña (o la economía de ladera) que rompió la estructura de la propiedad de la Iglesia y los herederos de la “Independencia”. Esa historia del colonizador agrario está ligada a la resistencia frente a la violencia del latifundio y el régimen político. Fue la razón histórica de la autodefensa campesina o “el movimiento” que dio origen a las Farc. Cuán diferente hubiera sido si hubiesen porfiado en las organizaciones agrarias que hubo y que tuvieron influencia y relación con el “movimiento”, pero que privilegiaba las acciones reivindicativas como las de ‘Viotá la Roja' con Juan de la Cruz Varela. 

Equivocadamente de resistencia; lo convirtieron en un “ejercito” con el propósito de tomarse el poder.

3.- La de los empresarios propiamente de materias primas para alimentos, que relativamente nuevos en su vinculación y producción al campo, podrían ser los mejores aliados y socios del campesinado granjeros. Podrían constituir no sólo una alianza política que aísle la violencia en las relaciones y luchas sociales, sino un socio para los proyectos y propósitos productivos. Estos socios y posibles aliados podrán ser nacionales o extranjeros, pues ya es hora de abandonar el nacionalismo. Dejémoslo para Trump y sus adláteres.

Pero como “todo cambia… cambia todo”: la expansión de la frontera agrícola cambió: se “sofisticó” por efecto del cambio de destino, de las pequeñas fincas o parcelas: antes era para la economía natural o de supervivencia, o sea para producir los productos de pancoger de la familia campesina y solo algún excedente,(perdonen la redundancia: si algo sobraba se “sacaba” al mercado del pueblo) al mercado interior o nacional.

Ahora, esa colonización del campo que queda en baldíos, tierras sin propiedad básicamente, como las selvas húmedas de los Andes o las selvas tropicales del Chocó y Amazonas, se colonizan pero para establecer “sucursales” de la más importante trasnacional latinoamericana, la de las drogas. Ahora los colonos y trabajadores cosecheros, son eslabones-esclavos de la acumulación violenta de capital, que convive, remoza y amplia -ayudó a superar el raquitismo casi crónico- con el capitalismo nacional.

Los terratenientes-empresarios  piensan esencialmente en sus ganancias. Sus actividades, particularmente la minería y la ganadería son altamente destructivas del ambiente, siendo poco probable que sea de ellos de donde salga la superación del desafío ambiental. Tampoco podemos esperar mucho de los campesinos, en tanto su labor sea el narco-cultivo, que los obliga a internarse y destruir, cada vez más, las selvas amazónicas y pacíficas. O la minería artesanal o ilegal. 

Antes, ninguno de los temporeros y/o colonos pensaba en nada más que sobrevivir y levantar sus hijos, tanto como dice el “garrote y el trabajo que se chuparan". Hoy, piensan algunos, en cómo varía la cotización del petróleo, porque afecta la conversión de sus pagos en monedas duras a pesos colombianos, o hace aumentar la cantidad de base de coca o polvo  de oro, necesarios para el intercambio de comprar su mercado familiar o pagar la prostituta, “esfera de la distribución y el consumo” donde terminará su cadena productiva. 

No se trata de demeritar esas fuerzas del cambio democrático. No, tenemos que ver las dificultades del acuerdo para asegurar que sí conduzca a una democratización del campo y del país, pues es diferente la acción de las Farc armadas y con su capacidad coactiva y de constreñir esa masa social, que un partido campesino que tendrá que elaborar un programa de desarrollo agrario para la persuasión. Si el narco-cultivo no se reduce (o legaliza y de eso estamos todavía lejos) la pacificación del campo será quimérica. Si la minería artesanal e ilegal no se coacciona y se reduce, tampoco se sentirá la paz en el campo. Este es el primer desafío, en el corto plazo, pero no el único. 

La mayor diversificación y el desarrollo económico del agro sigue estando en la economía de ladera y de valles entre las tres cordilleras. Extrañamente nuestro desarrollo se inició en la Costa Caribe. “Por allí -como dicen los férreos defensores del indigenismo- llegaron los ‘asaltantes’, con Colón, con el idioma y la religión Católica”.

Pero, sin embargo, su desarrollo fue esencialmente la zona andina y los valles interandinos. Si ahora no se integran el oriente y el sureste colombiano al mercado interior y ese territorio al Estado, (y el Estado a ese territorio) con tecnología y al mercado nacional y mundial, repetiremos el conflicto con grandes riesgos para la unidad nacional.

Se desarrollaría más un 'trapecio’ noroeste del país con tecnología y vinculación al mercado nacional e internacional, con buenas vías de comunicación y exportación, con unos empresarios-terratenientes de gran poder y, con toda seguridad, con grupos de mercenarios para su seguridad y orden. Y, con grandes inversiones en la tierra y en la economía agrícola. Sería la Colombia de la Ocde. 

Si en el ’trapecio’ orinoco-amazónico (Este y Sureste) se impone exclusivamente la visión  de la economía campesina (¿fariana?), sin articulación con los empresarios agrícolas, lo más seguro, en algunos pocos años estaría agotada esa economía granjera (farmer). Los campesinos nuevamente empobrecidos y aislados geográfica y económicamente. ¿Por qué? La economía de granjeros es hoy sólo sostenible ligada a una economía de fuerza empresarial, tecnológicamente solvente y articulada al mercado. Preferente al mercado mundial antes que al pobre y estrecho mercado nacional. Las vías y medios de comunicación y comunicabilidad (tecnológicos) no tienen posibilidad de desarrollo y sostenibilidad, sino hay una economía privada, boyante, que los sustente. 

No hay, hoy día, estado con capacidad financiera y menos fiscal de proveer un desarrollo infraestructural y de comunicación tecnológica -esencial- para articularse al mercado mundial y a la competencia de regiones y países, que respondiendo adecuadamente a las necesidades y obligaciones estatales primarias y esenciales (educación, salud, seguridad, desarrollo de la infancia y protección de la vejez, pensiones, etc.) pueda sin el concurso de la empresa privada y de una economía fuerte de la región, hacer la integración infraestructural y comunicativa. Terminaríamos, al cabo de unos años, repitiendo el conflicto en condiciones más delincuenciales y degradadas, ¡con riesgo de ruptura de la unidad territorial! Se consolidaría, las dos Colombia de que hablara Montaña Cuéllar.

¡El resto pa’ Don Ernesto…Ernesto Guevara!