¡Deje de argumentar! Este plebiscito será un baile de narrativas y emociones

Recuerdo que una emoción no se transforma con un argumento, sino que únicamente se puede contagiar con otra emoción.

Ana María Araoz
Ana María Araoz
Investigadora en Cambio Cultural
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02 de Septiembre de 2016

María llegó un poco tarde al trabajo. Tras una semana sin vernos le pregunté si había visto lo de la paz.

­?No, en mi familia no vemos esas cosas. Yo hasta ahora me desayuno con que va a haber una votación y que nos van a preguntar si sí queremos o no queremos que nos gobierne la guerrilla -me dijo.

Abrí los ojos y tomé impulso: -No, pero no se deje engañar, la votación no se trata de eso sino que…-.

-Igual yo no voy a votar, yo no voto, yo nunca voto porque eso es corrupto -interrumpió subiendo la voz drásticamente.

Sorprendida vuelvo a intentarlo y apenas acierto a decir: -no, pero venga, déjeme yo le explico -sólo para ser interrumpida de nuevo con su fuerte acento santandereano que cantaba:

-¿Para qué vota uno si igual no van a cumplir nada? No ve lo del Bronx. Hoy bloquearon el Transmilenio en el Ricaurte y nos tuvieron quietos ahí como veinte minutos. Y ahora por mi casa la cosa sí que se puso peor. Hasta en Melgar están asustados porque llevaron 400 indigentes a un centro de rehabilitación y ya se escaparon 200 y andan por ahí sueltos…

-Pero eso no tiene que ver con lo otro.

-Es que todo es lo mismo, no hacen sino robar, por eso yo no voto.

La expresión de su cara y sus movimientos corporales dieron por terminada la conversación. Salí de la cocina caminando lentamente y me detuve frente a la ventana como un minuto eterno.

Pensaba en los infinitos debates de Facebook, los cientos de miles de artículos, memes, videos publicados y compartidos en un intento fallido por argumentar, debatir, informar.

Pensaba en todos los que se reunieron el martes en la plaza de los hippies a compartir la alegría de tener el acuerdo completo; en todos los que nos devanamos los sesos buscando estrategias de pedagogía de paz.

Y me sentí excluyente. Y me sentí ridícula.

Ridícula de compartir memes, artículos o el mismísimo acuerdo de trescientas páginas entre círculos concéntricos, mientras que ahí afuera aún hay una mayoría de colombianos que ni usan internet, ni leen o ni saben leer. 

Excluyente porque es como si la era de la información aún fuera un privilegio de unos pocos, como si la mismísima paz fuera un necesidad de las víctimas que han padecido la guerra y un pequeño placer de élites educadas que tienen los ojos puestos en el futuro. Excluyente por darme cuenta de que alimento esta sociedad fragmentada entre centro y periferia, la de los mismos con las mismas, las múltiples Colombias incomunicadas, esa sociedad que ha hospedado esta guerra. Porque incluso el desinterés político de la gente trabajadora también es un producto de nuestra incapacidad de enrolar, de unir, de acercar; y un rezago de esta larga guerra en la que abstenerse ha sido una estrategia de supervivencia.

Ridícula por creer que esta campaña se trata de explicar, informar, argumentar. Porque no hay argumento que valga para desmontar la profunda desesperanza que ha poseído a los colombianos por décadas (¿o quizás siglos?), la misma que permite que mentiras y absurdos florezcan como narrativas compartidas. ¿Para qué debatir sobre el suelo de la desesperanza?

Entonces me pregunto cómo decirle a María que Colombia cambió, que lleva décadas cambiando y que aunque le falta mucho por cambiar a uno ya no lo matan por votar (por lo menos en Bogotá), que un país sin guerra no sólo es posible sino conveniente para ella misma, para los suyos… que su voto, ahora y siempre, será la única manera que tenemos todos los colombianos de garantizar un país en paz.

Y recuerdo que una emoción no se transforma con un argumento, sino que únicamente se puede contagiar con otra emoción.